How you cuddle in the dark governs
how you see the history of the world.
—Julian Barnes
“El mundo”, escribe Borges en cierto manuscrito apócrifo, “es unas cuantas tiernas imprecisiones”. Nuestra experiencia en él está mediada por los sentidos y por ello, nos recuerda el lugar común —siempre más sabio que silvestre—, estamos condenados a experimentarlo fragmentariamente; mejor todavía, a recordarlo de la misma manera.
Las palabras que aquí importan son “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta.” Quizá uno de los inicios de novela más icónicos de la literatura del siglo XX. Y uno de los mejor trazados, sin duda, si se vale la exageración. Es imposible no escuchar el eco que las mismas palabras producen, aunque no sean repetidas: “light of my life, fire of my loins”. El corazón de uno se agita. La lengua de quien las lee requiere repasar sus labios, como para comprobar que así suenan, corroborar que así saben. El universo completo se cae de bruces. La vida y la existencia, por algunos segundos pequeñitos, adquieren sentido.
No suelo recordar mi relación con el inicio de la mayoría de lo que leo. Por lo general, apenas en la página 20 de alguna novela debo regresar al principio para ver cómo se llama tal o cual personaje, para ver cómo fue que llegué al punto en el que estoy. Pero frente al comienzo de Lolita, guardo, robándome palabras de Julian Barnes para decirlo, “algunas memorias aproximadas que el tiempo ha deformado en certezas”.
La primera vez que me topé con estas palabras —o parte de ellas, al menos— habrá sido a los once o doce años, en primero o segundo de secundaria. La adaptación al cine de Adrian Lyne formaba parte de la programación de los canales de pago por evento de mi sistema de tele por cable. Sin importar el canal o la hora, los comerciales para contratar el servicio para ver la película invadían la televisión.
No los recuerdo a detalle, pero recuerdo haberme enamorado, como muchos intuyo ahora con mayor claridad, de Dominique Swain instantáneamente. Lo tenía todo: a diferencia de la mayoría de las mujeres que aparecían en televisión, era “cercana” a mi edad, tenía trenzas y belleza, una sonrisa paralizante, y vestía siempre de ombligueras. Estas últimas quizá las más importantes para mi yo de los noventa, que se asoma feliz en estos días que las ombligueras vuelven a estar de moda. Se pregunta un personaje de La fiesta de la insignificancia de Kundera: “¿cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina concentrada en mitad del cuerpo, en el ombligo?”. Desconozco la respuesta, pero debe parecerse al ombligo de Dominique Swain.
En la escena que predominaba en el anuncio se veía a Lolita leyendo sobre el pasto, bajo el aspersor (¿o aspersores?), en un vestido blanco, empapado, pegándose a su silueta, cartografiando y exhibiendo su ropa interior.
Así también, por cierto, se puede mandar de boca a la existencia.
Los canales de pago por evento permitían en aquel entonces —desconozco si sea igual ahora, si acaso existen aún— ver los primeros veinte minutos de la película, para decidir si querías pagar por ella. Eran suficientes para masturbarme ferozmente frente a la imagen de Swain o Lolita, da un poco igual, cerrando los ojos para pensar en ellas cada que salían de cuadro. No sé cuántas semanas estuvo la película en la programación, pero estoy seguro que cada uno de esos días me senté frente al televisor, impaciente —y tembloroso, no fuera a ser que mamá o papá salieran a ver qué pasaba en la salita de tele— porque comenzara la película para poder expectorar mi obsesión y juventud frenéticamente.
Pero la película no iniciaba con Lolita bailando, ni con Lolita leyendo, ni con Lolita siendo adorable; vaya, ni siquiera con Lolita en ombliguera, que ya hubiera sido más que suficiente. La película iniciaba, lenta, con un automóvil zigzagueando, y un Jeremy Irons desconsolado al volante, sosteniendo un pasador con una de sus manos. Luego, las palabras: “She was Lo, plain Lo, in the morning, standing four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita: light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lolita”.
La voz de Jeremy Irons, hasta la fecha, me retumba a ratos para recordarme la belleza de una obsesión.
Por error de navegación llegué a la Lolita de Kubrick. Una tarde sin qué hacer, como acaso son todas las tardes de la pubertad, que se van entre vicios y siestas, revisaba la teleguía, con esperanza de encontrar algo que ver. Se puede adivinar la alegría que sentí al ver la palabra “Lolita” en la programación de uno de los canales de películas. ¡Por fin! Por fin vería más allá de los primeros veinte minutos. Por fin vería si Dominique Swain saldría desnuda en algún punto de la película, sin importarme tener que ver a Jeremy Irons igual, sin importarme lo en realidad desgarrador y abominable de la historia. Poco podía importarme todo lo que no estuviera relacionado con Lolita o Swain o ambas, o lo mucho que estaba a punto de correrme viéndolas.
Mi sorpresa fue enorme al ver la falta de colores, mayor todavía al no escuchar la musicalidad de las palabras “light of my life, fire of my loins” en voz de Irons, y ver, en cambio, un pie en blanco y negro con algodoncitos entre sus dedos. La película se llamaba Lolita también, y había sido adaptada de la novela de un tal Nabokov —fue en ese momento que descubrí el apellido y el origen de la historia—, y comenzaba con un diálogo rarísimo, entre un detective y un borracho.
A punto de cambiar el canal, decepcionado, escuché, en voz del personaje de Quilty la línea: “…let’s have a game, a little lovely game of Roman Ping-Pong… like two civilized senators. Roman ping… —le pega a la pelotita, ignorada completamente por el detective— You’re supposed to say, ‘Roman pong’”. Comencé a reír y vi la película completa. Así fue como vi por vez primera la historia de Lolita, seguida después por la desasosegadora de Lyne —para nunca más poder verla con el sexo en la mano de nuevo.
La película de Kubrick no me llevó a la novela. Sin embargo, me llevó a repasar a Kubrick completo y, posteriormente, a leer a Burgess. Me llevó, también, al mal llamado cine de arte y discusiones y tertulias preparatorianas de horas, cervezas, cigarros y dominó.
Leer involucra casuística. Por más conocimiento, dioptrías o experiencia que se tengan, todo texto lleva en sí, en potencia, la posibilidad —no siempre probable— de sorprender a quien lee. Por ello es que en teorías literarias y de lectura se recurre con frecuencia a la metáfora del contrato inicial de lectura; es decir, en el pacto implícito (aunque con frecuencia explícito) que hacen lector y autor —o narrador o voz poética o voz narrativa— al comenzar un texto. Amos Oz, en su libro dedicado a los principios de textos literarios, La historia comienza, equipara el acto de leer con diversión y explica que:
El juego de leer exige al lector que tome parte activa, que aporte su propia experiencia vital y su propia inocencia, así como prudencia y astucia. Los contratos iniciales son unas veces como el juego del escondite y otras como el de “Simon Says”, y otras se parecen más a una partida de ajedrez. O de póquer. O a un crucigrama. O a una travesura. O a una invitación a entrar en un laberinto. O a una invitación a bailar. O a un galanteo de mentira que promete pero no entrega, o entrega lo que no debía, o entrega lo que no había prometido, o entrega sólo una promesa.
Remarco las palabras “su propia inocencia” porque en esa inocencia —ya sea “real”, ya sea fingida, ya sea construida— radica lo casuístico de leer. Y en medio del caos, nos gusta siempre asirnos de algo medianamente inamovible, pensar que tenemos la capacidad de navegar por letras bajo nuestros propios términos.
A la Lolita de Nabokov llegué tarde, por incauto. A pesar de ser lector desde niño, después de ver las películas de Lyne y Kubrick no se me ocurrió acercarme a la novela. Pasaron años, sino es que una década antes de me atreviera a sacarla del librero.
El día que abrí Lolita había terminado apenas una novedad editorial para reseñar, y estaba cansado. Francamente, no esperaba mucho. Ya estaba en cama con taza de té en mano, listo para leer, pero con la intención de quedarme dormido rápidamente.
Abrí la novela en una edición horripilante —que hasta la fecha no me he podido convencer de cambiarla— y el comienzo me tumbó de bruces: “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta”. Tuve que leer las palabras una vez más. Otra. Luego otra. Las tuve que escribir y guardar en mi “commonplace book” —una cajita de zapatos—. Las tuve que tuitear. Las quise guardar, imaginando lo hermosísimo que sería sentir algo así por alguien; imaginando esas palabras ancladas a una persona específica. Sentí escalofríos a granel: “the tip of the tongue taking a trip” brincaron entre mi lengua y mis dientes, entre mi paladar y mi corazón.
Dice Julian Barnes que cuando eres joven esperas que la literatura vuelque tu mundo, que cada libro cree y redefina tu realidad. Por fortuna, eso no termina en la juventud, sino a cada palabra digerida. Esa noche, con esas palabras, la existencia y la vida se fueron de espaldas frente a mis ojos. Pocas veces uno se siente tan agradecido de que la literatura exista, de que la casualidad y causalidad te llevaran a esa combinación específica de letras.
Hace algunos días —¿qué días?, no sé—, E. y yo estábamos en cama. Jugaba con su espalda, jugaba con sus nalgas, trazando un territorio impreciso: mapas que lentamente devienen en cosmogonía. La plática, de todo y nada, encalló en la lectura. E. empezó a hablar sobre los libros que tiene empezados, al parecer desde hace años. Desde su lista se asomó Lolita. Lo empezó a leer hace mucho tiempo, en la copia prestada de un ex novio, que tuvo que devolver al terminar la relación— E. no conoce esa máxima de “tonto el que presta libros y más tonto aún el que los devuelve”— y se conformó con una traducción feísima que nunca la atrapó. No pude contener el entusiasmo. Cogí su mano, lleno de emoción, y mis palabras empezaron a tropezarse para tratar de explicarle, entre resbalones, lo maravilloso del inicio de la novela.
Corrí desnudo al librero de la sala por el libro. Volví a la cama con él.
Miré a E., leí las primeras oraciones: “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta”. Me toqué el pecho, entre suspiros. La volví a mirar, en busca de algo entre sus ojos. Volví a leer: “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul.” Hice eco: “light of my life, fire of my loins. My sin, my soul”. Volví a suspirar, con una lágrima atragantada a medio camino. Continué: “Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta”. Me pidió ver el texto, para ver si “Lo-lee-ta” estaba separado, como yo lo leía. Volví a leer: “the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth”. Exageré el sonido de la aliteración, “the tip of the tongue taking a trip”: una manada de tes cabalgaron entre las sábanas.
“Me gusta más que me lo leas, a leerlo”, dijo. Cerré el libro. Lo coloqué sobre la mesita de noche. “Sospecho que ese libro no va a estar mucho tiempo más en tu casa”. Sonrió. Le acaricié la espalda. Puse la mano sobre el libro, y luego la abracé.
Pero el libro sigue allí. A la espera de algo, quizá.