Alan Turing. Malus domestica o la fruta prohibida.

Es bien sabido que la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas o figuras que se repiten en diferentes tiempos y espacios. El caso del genio Allan Turing no es excepción a esta sentencia. Su historia repite la historia del héroe justo que muere por la injusticia de los hombres. En ese sentido, este breve bosquejo de la vida del pensador deberá tener dos partes troncales, los grandes actos de Turing y su injusta muerte.

Entre los logros más sobresalientes del inglés nacido en 1912,  se encuentra el haber solucionado uno de los problemas matemáticos más interesantes del siglo XX: el Entscheidungsproblem, o “problema de decisión”. Este problema fue una de las famosas preguntas que el prestigioso matemático alemán David Hilbert lanzó al mundo a principios del 1900 marcando el desarrollo programático de la disciplina. Dos de las preguntas de Hilbert aún no han sido resueltas y forman parte de los problemas del milenio: una lista de seis problemas matemáticos que permanecen abiertos y prometen una recompensa de un millón de dólares por pregunta a quien logré resolverlos.

Aunque la formulación moderna del “problema de decisión” fue redactada por David Hilbert, los orígenes del problema se remontan al padre del cálculo moderno y filósofo alemán, Gottfried Leibniz, quien después de haber construido una de las primeras calculadoras, se preguntaba si sería posible hacer una maquina que pudiera decidir si una operación matemática cualquiera es verdadera o falsa. La idea detrás de esto es profundísima pues se pregunta si el pensamiento racional es reducible a un sistema formal cuasi matemático.

En concreto, de lo que se trata es de lo siguiente: nosotros sabemos con certeza que ciertos enunciados matemáticos son verdaderos, por ejemplo, “2+2=4” o “(a+b)2 = a2+2ab+b2”. Esto porque lo aprendimos de memoria o porque somos capaces de ensayar una serie de pasos intermedios que conectan la primera parte del ecuación con la segunda. Pero ¿qué hay de enunciados más complejos como la conjetura de Goldbach o la de Riemann? ¿podemos saber con certeza que existe una serie de pasos intermedios, un algoritmo, que nos permita decidir si el enunciado es verdadero o falso? Este es el Entscheidungsproblem. Y la respuesta es un claro y contundente no.  La máquina imaginada por Leibniz es simplemente imposible. Y la prueba de esta tesis es unos de los pilares de la computación moderna.

Curiosamente -como en el caso del teorema fundamental del calculo- la respuesta a este problema fue propuesta por dos individuos de forma independiente pero casi al mismo tiempo. Por un lado, Alonzo Church resolvió el problema aludiendo a lo que es la primera concepción formal y clara de un algoritmo y por el otro lado Allan Turing solucionó el problema de forma intuitiva a través de la concepción de una maquina que hoy en día se conoce como Turing Machine y que es la madre conceptual de todas las computadoras, desde la primera de IBM hasta el iPad en el que seguramente leemos este texto.

Además de esta, Turing tuvo otras aportaciones que no es exagerado tildar de heroicas: contribuyó notablemente al campo de la biología matemática, creó el primer programa capaz de jugar una partida de ajedrez, cimentó la disciplina de la inteligencia artificial, discutió e influyó a grandes pensadores como Wittgenstein y Von Neumann.  Pero Turing no sólo contribuyó al mundo de las ideas y desarrolló las bases tecnológicas de nuestra sociedad moderna, también fue responsable de salvar miles de vidas en la guerra contra el nacionalsocialismo al descifrar mensajes secretos que le permitieron a los aliados ganar varias batallas contra los alemanes.

La importancia de la contribución de Turing a la historia de la Segunda Guerra Mundial puede hacerse notar a través de una anécdota. Turing, en ese entonces director de Hut 8, el grupo especialista en criptografía del gobierno británico, le escribió una carta al mismo comandante en jefe, Sir. Winston Churchill, pidiéndole más recursos para desarrollar y construir varias computadoras que fueron diseñadas por Turing y su equipo. El acto de Turing no sólo fue desesperado, sino una falta grave en protocolo y casi un acto de insubordinación contra todos los mandos medios y altos que mediaban entre el primer ministro y él. Aún así, Churchill contestó escribiendo el siguiente telegrama a uno de sus generales “ACTION THIS DAY. Make sure they have all they want on extreme priority and report to me that this has been done.» Años más tarde, el galardonado Primer Ministro Británico reconoció que Allan Turing hizo la contribución individual más importante a la victoria de la Segunda Guerra Mundial. Lo que Allan Turing y su equipo lograron fue descifrar los códigos secretos que una maquina alemana llamada Enigma producía para transmitir mensajes cifrados entre las fuerzas alemanas. El método, aunque complicado en ejecución, es de una belleza interesante y se basa en una idea poco intuitiva pero completamente fascinante: el hecho de que es completamente válido y lógico deducir cualquier cosa de una contradicción.

Después de tremenda contribución, que permaneció en secreto mucho tiempo, y de ser celebrado con diferentes medallas, en 1952 Turing fue declarado enemigo del pueblo y sentenciado criminal por sus tendencias homosexuales. La nación que él algún día salvó de la guerra, lo condenó a decidir entre la cárcel o ser sometido a la castración química a través de un tratamiento de inyecciones hormonales. Turing aceptó la segunda. Dos años después, poco antes de cumplir 42 años, se quitó la vida.

Es sin duda irónico, que el padre de la inteligencia artificial, aquella disciplina que busca hacer las maquinas seres racionales haya sido victima de un prejuicio de esa índole. Es irónico, porque en retrospectiva parece un acto barbárico e irracional pero también porque ese tipo de comportamientos sociales y creencias culturales son prácticamente imposibles de replicar en una computadora, por más sofisticada que sea.

El hecho de que Allan Turing haya decidido quitarse la vida mordiendo una manzana cubierta en cianuro es casi una contribución poética a la metáfora mencionada al principio. La misma manzana que –cuenta la leyenda– Sir Isaac Newton observaba mientras hipotetizó por vez primera que todos los cuerpos con masa se atraen, la misma que la diosa Griega Eris arrojó causando las gran discordia que devino en la fatal guerra de Troya, la misma que Adán y Eva muerden para ser expulsados del jardín del Edén y abandonados a la fatal condición humana de saberse conscientes y libres. Pero también la misma que sentencia al sueño eterno a la princesa cuyo único pecado es encarnar la belleza, como relatan los hermanos Grimm en su cuento, y que tanto gustaba a Allan Turing, como apuntan sus biógrafos.

Mientras su legado se perpetua día con día, su tumba reza callada en Manchester: «Father of computer science, mathematician, logician, wartime codebreaker, victim of prejudice».

Alan-Turing

 

A propósito de Allan Turing, a finales de este año se estrenará la película The Imitation Game sobre la historia de Turning y su trabajo en el proceso de descifrar el código de Enigma.

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Publicado en: Ensayo literario

3 comentarios en “Alan Turing. Malus domestica o la fruta prohibida.

  1. Excelente artículo. La verdad es que ignoraba mucho de la historia de Turning. Gracias por difundir la información de su vida, y sobre todo por hacerlo en un tono y un ritmo narrativo tan amable. Felicidades, Max.

  2. Más allá de la falta de un par de acentos, es un buen artículo del funcionario Canseco. Rescato su cariño por las dobles adjetivaciones («belleza interesante»). Amigo de Borges, la de Canseco es, sin duda, una «inteligencia artificial».

    Felicidades.

    PS1: Nadie le cree a Canseco que haya leído la historia de Eris en La Iliada. ¿En que pastín la habrá encontrado?

    Ps2: Que no los engañe. Eso de la conjetura de Goldbach se lo leyó en wikipedia.

    ps3. Y además tardó más lo debido en solucionar (a+b)2

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