Publicada en octubre de 1996, La muerte de un instalador (Joaquín Mortiz) es el inicio de la carrera literaria de Álvaro Enrigue (Ciudad de México, 1969). Su ópera prima, ganadora del Premio Primera novela, cumple 25 años de su aparición. Obra que va de la crítica social al análisis del arte contemporáneo, visto por sus dos personajes, el efebo artista plástico Sebastián Vaca y el millonario aristócrata Aristóteles Brumell.

Hay un priista enterrado en todo esto
Escribir una novela anclado en el año de 1994, entre la guerrilla zapatista, la devaluación del peso y la muerte de Colosio, sirvió a Enrigue para articular su acerbo discurso hacia la modernidad interrumpida que supuso el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.
“México-país se fue desarmando a partir de enero de 1994. En ese entonces era un joven periodista que escribía reseñas, pues me gustaba escribir sobre eso que leía, con lo que podía pagar la renta mensual y mantener a mi familia y mi hijo recién nacido. En ese contexto, de pronto, me quedé sin los veinte mil trabajos que hacía, como sucedía a todos los jóvenes mexicanos. Entre ellos quedó el de ABC radio, un programa que se transmitía tres veces por semana donde hablábamos de cultura. Entonces, sin tantos trabajos, de pronto y por las noches, tuve tiempo para leer y escribir como nunca desde que salí de la Universidad. Bajo esas condiciones adversas escribí esta novela.
Debido a la atmósfera en la que fue escrita, La muerte de un instalador era crítica, pero también estaba cegada por el proceso de cambio que supuso la apertura de México. Creo que esta novela es producto directo de la globalización a chingadazos que representó el Tratado de Libre Comercio. También es el resultado del impacto de esos procesos globales que comenzaron a emerger en el mundo editorial, del arte, de los negocios, pero sin que los entendiéramos del todo. Me parece que la novela refleja el miedo y el deslumbramiento de un chico que creció en el mundo hiperprovinciano del México del nacionalismo posrevolucionario”, reconoce Enrigue.
El burro que tocó la flauta
Charlar con Álvaro supone pasar de un tema a otro, rescatar de la memoria sus años como universitario y sus inicios como ávido lector, pésimo estudiante e incipiente escritor. El ganador del Premio Herralde de Novela por Muerte súbita (2013) reconoce que no tuvo oportunidad de releer la novela para la charla: “qué terrible es ser ese tipo de escritor que se lee a sí mismo”.
“Yo llegué a la literatura —admite— como el burro que tocó la flauta. Recuerdo que alguien me ayudó a publicar en El Nacional, que tenía una sección de cultura y un suplemento dominical súper buenos. Medios como éste eran parte del ogro filantrópico, del nacionalismo revolucionario que tenía luces y sombras, y una de sus timidísimas luces era el tema del apoyo irrestricto a la cultura, que por supuesto era un sistema de cooptación intelectual, pero de algún modo producía un vivero de talento. Terminé escribiendo en Vuelta y nexos. Por entonces, era un chavo que escuchaba a The Clash en mis walkman, y andaba con lo que llamábamos botas de trabajador, pero yo no tenía conexión con nada de eso, y al mismo tiempo siempre quise ser escritor.
“Cuento todo esto porque usaste una palabra que es clave y que creo que hay que articular y rearticular, y que es ‘profesionalización’, la cual aún no hemos podido terminar de resolver. Es decir, saber si un escritor es un profesional o no, olvídate de encontrar el momento justo en que se profesionalizó; como editores, sí, como periodistas, como profesores, sí nos profesionalizamos, pero me cuesta trabajo pensar en el concepto de escritor profesional, aunque tal vez sea el hecho de que soy el producto de ese nacionalismo revolucionario que había abrevado en las aguas del romanticismo decimonónico tan temido después de la revolución, el tema del brillo único, del artista, que es en algo que ya no creo de ninguna manera. En este momento entiendo perfectamente que el trabajo de un escritor está insertado en una serie de discursos sociales y que no están solos, siempre trabajamos con otros, también cuando trabajamos solos”.
¿Qué siglo está por comenzar?
El engranaje de La muerte de un instalador funciona por los rotores que son el artista y el mecenas. En una dinámica de master and servant, la articulación de esta novela avanza gracias a la codependencia, el sometimiento y la dicotomía entre el pasado revolucionario en el que está anclado Aristóteles y el futuro imposible que ve Sebastián.
“La novela empieza en un abismo. El primer personaje que aparece en la novela se cae y desaparece para siempre. Con esta imagen, creo que claramente tenía la impresión que estábamos frente a lo nuevo, pero no teníamos ninguna claridad de qué era eso nuevo. Indudablemente, el personaje de Aristóteles Brumell está mirando hacia atrás y el personaje de Sebastián Vaca está mirando hacia adelante, y yo no sé si sabía eso en ese entonces, no sé si yo lo tenía así de claro en ese momento, pero Aristóteles es precisamente el destilado del proceso revolucionario y el proceso de instalación del nacionalismo criollo que produjo el PRI.
“Por su parte, Sebastián Vaca es alguien que está tratando de salir de ese esquema, pero sin éxito, o si tiene éxito no es como agente del nuevo arte, sino como sujeto mismo del arte. El cuerpo de Sebastián termina formando parte de una obra artística, pero todas esas cosas las tendría que leer otro, es decir, es la lectura de los otros lo que produce los libros. Ya sé que suena a populismo del Pink wave latinoamericano, pero lo creo seriamente y, en términos conceptuales, en la literatura el arte es leer, no escribir, el verdadero artista es el que lee una novela, el que compone la novela es el artista, el escritor sólo codifica en frases compuestas con los 36 caracteres del alfabeto, es el lector el que genera la obra”, apunta.
Perseguir fantasmas
Un leitmotiv de la novela, sin duda, es el resentimiento, ir detrás de los fantasmas que recorren el mundo interior del autor. Ya sea la clase posrevolucionaria o las dificultades para crear arte, la inconformidad y el desasosiego son un rencor vivo.
“En La muerte de un instalador estaba escribiendo con el fantasma de mi resentimiento de clase media. Siempre abominé a las clases altas mexicanas y latinoamericanas y ahora que tengo otra experiencia, gringa, también. El hecho de que los amos de la política y el dinero formaran un equipo tan cerrado, y sospecho que lo siguen formando, en ese entonces me parecía insoportable, y en ese sentido la novela es una forma de la acción política. Sin duda el resentimiento y la ansiedad de que cambien las cosas están presente en un mal humor expresado como sentido del humor.
“Por otra parte, pero igualmente importante, está el territorio. Otra forma de resentimiento. A mí lo que me interesa, desde la literatura, es ese Jalisco mítico, en el que creció mi padre. Es una mitología importantísima sólo para mí, es decir, para poder escribir de masculinidades tóxicas en decadencia, nada se presta como el mundo de los rancheros y los charros del que viene mi familia, y en el que se inscribe Aristóteles Brumell. Tengo una fuente directa y el hecho de que mi memoria abreve de esas mismas aguas hace muy divertido para mí escribir. Sin embargo, hace mucho que no escribo novelas con base en ese banco de imágenes, el cual tal vez se agotó en Decencia, que es, de todas las versiones de la vida familiar que escribí, la más honesta. Los personajes de Decencia sí se parecen mucho a mi abuelo y a sus hermanos, a diferencia del abuelo de Aristóteles, que es un personaje importantísimo para mí”.
“Fuentes alzó mitos; a mí me tocó derribarlos”
Dentro del mundo de La muerte de un instalador es imposible no pensar en sus diálogos invisibles, las intertextualidades que atraviesan la obra. Fija en la tradición mexicana, la que hoy vemos como respuesta directa a la novela de la Revolución, esta obra de Enrigue se compone de las esquirlas de diversos autores nacionales de diversos pulsos.
“Definitivamente, la lectura de Carlos Fuentes fue fundamental en mi formación. Desde el título mismo de la novela, La muerte de un instalador, dialoga con La muerte de Artemio Cruz. De los libros que he escrito, Decencia y La muerte de un instalador son los que dialogan de manera más franca con la tradición mexicana. Están en conversación con eso y quieren ser eso. También hay un tema estadístico: a Fuentes le tocó alzar unos mitos y a mí me tocó derribarlos, no poso de escritor importante, estoy diciendo lo que creo que quería hacer el joven Álvaro Enrigue en su escritorio en Coyoacán, cambiándole los pañales a su hijo; es decir, creo que a nosotros nos tocó la decadencia absoluta del PRI, y en ese sentido no podías escribir sobre el proceso del siglo XX más que con inocencia o con ironía, y yo opté por la segunda.
“Creo que una constante absoluta de Onetti a Fuentes, pasando por Donoso, por Márquez y Vargas Llosa es que crecieron pensando que la literatura era algo que se leía en traducción; es decir, la literatura era algo que se hacía en Francia, en Alemania o en Estados Unidos, no en América Latina. Sí, claro, está Fuentes, Martín Luis Guzmán, Pepe Revueltas, Garro, Castellanos, pero también José Agustín, quien fue fundamental en mi formación. Era un vaso de agua, precisamente en el desierto del nacionalismo revolucionario. La muerte de un instalador es tan descendiente de Agustín como de Fuentes”.
¿Y la instalación?
“No, no era fácil hallar libros de crítica de arte en 1990 en nuestro país”, dice Enrigue entre sarcástico e inconforme. Reconoce que el proceso de escritura de esa novela fue muy complicado debido a lo difícil que era hallar material de investigación, sobre todo si estabas escribiendo una novela sobre arte.
“La instalación no era una forma nueva del arte, pero eso lo descubrí haciendo la investigación para la novela, que otra vez era muy difícil de lograr, pues para conseguir libros de arte o de crítica de arte contemporánea en el México de los 90 era impensable, tenías que venir a Nueva York a comprar libros a la tienda del Museo de Arte Moderno. El proceso de investigación antecede al proceso de escritura, y en ese caso no era tanto, pero yo no sabía cómo se escribía una novela, nunca antes había hecho una, entonces iba comprando libros y los iba leyendo e iba escribiendo y me fui dando cuenta que mi postura era anticuada y reaccionaria: es decir, criticar el arte de la instalación, como era el proyecto original de la novela, es una estupidez, era enternecedor; está mal por donde se vea.
“En la novela también hay el descubrimiento de que contra lo que estaba escribiendo no era contra el arte contemporáneo per se, sino contra las interpretaciones rápidas de las que yo también era culpable porque no teníamos idea de nada. Es decir, el gran arte contemporáneo mexicano, influyentísimo, en ese momento estaba en gestación, y lo estaba en espacios alternativos que están ahí descritos, y que quede claro que no eran nada cool, pues era una guerra de guerrillas que se hacía en la calle con ladrillos contra el mercado mundial. Espero que la novela retrate ese momento de inocencia, pero también ese momento heroico en el que una generación de artistas y escritores se enfrenta a la apertura, lidia con ella con los cinco lápices y el rollo de diurex que tiene para batallar”.
Paradójicamente, hace hincapié Enrigue, su ópera prima nació con la agria crítica contra el sistema de becas. “Cuando hicimos la segunda edición la hice con una beca, entonces había que poner una nota ahí, este fue un libro escrito que criticaba el sistema de becas y que fue corregido con una beca del Estado. Más pronto cae un hablador que un cojo. Me parece que, afortunadamente, el futuro me ha desmentido en muchos sentidos, hoy soy un gran defensor del sistema de becas, la internacionalización de la literatura mexicana pasa por muchos lugares, incluido el talento, el cambio en los mercados globales, la necesidad de absorber, pero definitivamente pasa por un sistema de becas que respaldó las traducciones de los escritores mexicanos y que le dio a los escritores mexicanos espacio para ponerse escribir. Ésa es una de las miles de cosas en que he estado equivocado”.
A veinticinco años, un espacio nada efímero
“Francamente, no tengo idea ni por qué alguien debería o no de leer La muerte de un instalador. Es un libro caro para mí pues fue simultáneo al nacimiento de mi hijo mayor, porque fue un libro que escribí en una circunstancia muy difícil, totalmente cuesta arriba, y porque fue una novela que me permitió decir ‘cumplí con la mayor ilusión de mis abuelos y mis padres, que es ser escritor’.
Además, lo publicó Joaquín Mortiz, lo que ya era un privilegio altísimo, y que me sigue pareciendo inmerecido. Creo que he tenido muchos privilegios, sobre todo el de la buena fortuna. Cómo se lea este libro, no hay manera de saberlo; cómo conecta con un lector contemporáneo, no tengo ni la más remota idea”, reconoce Enrigue.
Hashtag pandemia
Profesor de literatura en la Universidad de Hofstra, Álvaro Enrigue pasa su tiempo entre autores del siglo XVI y XVII. En estos tiempos de pandemia, el autor asegura que se ha dedicado a leer a Sor Juana. “Actualmente, estoy trabajando en dos libros, uno de ficción y uno de no ficción, y ambos demandan investigación tremenda. Uno sucede en el siglo XVI y el otro estudia temas del siglo XVII, entonces tengo poco tiempo para lecturas contemporáneas. En febrero empezó el curso y voy a dar uno monográfico sobre Sor Juana. Tuve que dedicar las vacaciones de invierno a sumergirme en Sor Juana; qué suerte tengo”, culmina.
Alberto González
Periodista, narrador y poeta. Editor del sello Ediciones del Lirio, es autor del libro de poesía Nebde.