A propósito del ocio

Para algunos afortunados, el ocio veraniego permite desembarazarse por unos días de la grisura urbana y cambiar el asedio mercantil de las ciudades por el asedio mercantil de las playas. Tumbados al sol, los vacacionistas podemos enfrascarnos en el productivo ejercicio de darnos cuenta de que convivir con nosotros mismos no es tan divertido como se piensa en las horas de oficina: con un manojo de tiempo libre entre las manos, lo más probable es que concluyamos que es mejor ensimismarnos en el trabajo que enfrentar la evidencia de que somos aburridos, una conclusión que desde luego puede hacer felices a nuestros empleadores.

Los cuerpos bajo el escrutinio del sol me hicieron recordar Club Sandwich (2013), el último largometraje de Fernando Eimbcke. En ella, como en sus cintas previas, no pasa nada. El director no parece contar historias, no nos ofrece tramas que podamos referir con facilidad y quizá por ello sea difícil responder a quienes, en relación a sus películas, formulen la pregunta temeraria: ¿de qué tratan? Si me viera forzado a aventurar una respuesta, diría que tratan de nuestros infructuosos intentos por romper las murallas de soledad que nos sitian, cercos que la mayoría de las veces ni siquiera percibimos aun en esos escasos momentos en que tenemos tiempo de sobra para hacerlo.

Los protagonistas de sus tres películas son adolescentes. Todos ellos tienen relaciones inexistentes o distantes con sus padres, siendo la madre de Club Sandwich la excepción de la regla, aunque en ese mismo caso el padre ausente la confirma. En general, este sólo hecho ubica a las cintas con semejantes personajes en el género conocido como coming-of-age, en donde precisamente esos adolescentes se ven sometidos a ciertas situaciones que los harán "crecer" y encaminarse de algún modo a la adultez; es decir, a la responsabilidad y a conocer su lugar en el mundo. Sin embargo, la filmografía de Eimbcke se aparta de la convención al no asumir esa “maduración” como un hecho, como un camino que ha de llegar a buen puerto antes de la aparición de los créditos finales. Por el contrario, sus protagonistas lucen más bien como carritos chocones (Juan, el protagonista de Lake Tahoe, incluso choca el tsuru familiar de forma anodina), cuyas acciones desprovistas de racionalidad resultan más bien una especie de tumbos emocionales. De esta forma, su obra constituye un mejor retrato de la vida adolescente; una vida que para muchos de nosotros, inmersos aun en la indefinición existencial, se ha prolongado hasta la tercera o cuarta décadas.

Por otro lado, los espacios de sus películas reflejan también un aislamiento ajeno al hacinamiento urbano. Temporada de patos (2004) transcurre en un departamento y Club Sandwich en un pequeño hotel semivacío. Aunque en Lake Tahoe (2008) acompañamos los andares de Juan por una ciudad portuaria, ésta hace gala de un abandono casi metafísico que nos hace recordar los cuadros de Giorgio de Chirico. Como sucede con las plazas del pintor italiano, las calles desérticas dan testimonio del afán por imponerse a la naturaleza, por cooperar para construir y derrotar a la intemperie, a la nada. Al mismo tiempo, sin embargo, dan cuenta de la inutilidad de ese mismo esfuerzo colectivo que desemboca en una comunidad ausente. La soledad circunda a los personajes, es su hábitat.

En semejante entorno se vive también el despertar de la sexualidad, uno de los puntos neurálgicos de la adolescencia. En las tres cintas los acercamientos de este tipo entre los muchachos surgen en medio del ocio, como alternativa al tedio: un domingo por la tarde, una salida nocturna cancelada, las vacaciones. Aunque esto se enmarca dentro de una cultura occidental traspasada por una sexualidad que se asume como mero entretenimiento, la representación fílmica no marcha por este camino, pues los tanteos y conatos sexuales visibles en las cintas, más que una forma del placer, son otra cara de la confusión.

Pero si los adolescentes del universo de Eimbcke apenas saben qué hacer con sus cuerpos y lo que éstos demandan, son menos aptos aún para saber qué hacer con sus emociones. En este sentido, resulta particularmente apropiado –como recurso cinematográfico– que la cámara casi nunca se mueva, pues se espejea así el aterimiento emocional de los personajes. Los diálogos son escasos y aunque algunas verdades se revelan, tienden más a ocultar lo que pasa por las cabezas de los personajes que a evidenciarlo. Respecto de ciertos personajes, en El desfile del amor Sergio Pitol apunta  que: "la verdad, hablaban sólo por cumplir un ritual, con un propósito único, no decir nada". Esto mismo parece ocurrir en la obra de Eimbcke, en donde los intercambios verbales son un ejercicio no sólo de la banalidad, sino hasta del recelo y el miedo: hablar es abrirse, pero también es descubrir los propios vacíos. La "acción" de las tres películas transcurre en un solo día, haciendo patente que sus "héroes" están más cerca del Ulises de Joyce que del de Homero. A la vez, se antoja más cercana la posibilidad de derribar las murallas de Troya a derribar aquellas que los separan emocionalmente de los otros.

Los anteriores elementos me parecen suficientes para justificar mi hipotética respuesta, aunque ésta desde luego sería insuficiente para resumir la punzante obra de un cineasta que a estas alturas merecería una mayor estima pública. Si el verano nos regala unos días para estar con nosotros mismos, hacerlo acompañados de una filmografía tan lúcida es una oportunidad que conviene no dejar pasar. Después de todo, los ratos de ocio pueden, al menos, forzarnos a cuestionar al adolescente que fuimos o seguimos siendo, y a reevaluar nuestro quehacer en el mundo.

Erick López Serrano
Twitter: @eLoseRR

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Publicado en: Cine