A cien años de Trilce:
la vanguardia personal de César Vallejo

Para festejar uno de los libros de poesía más importantes de la vanguardia hispanoamericana, este texto recoge las lecturas e impresiones de tres poetas radicados en México: David Huerta, Jeannette L. Clariond y Eduardo Milán.

Primavera de 1922. Se publica Trilce. Silencio absoluto. César Vallejo, para la historia un hombre apesadumbrado, escribe en una carta:

los vagidos y ansias vitales de la criatura en el trance de su alumbramiento han rebotado en la costra vegetal, en la piel reseca, yesca de la sensibilidad literaria de Lima. No han comprendido nada. Para los más, no se trata sino del desvarío de una esquizofrenia poética o de un dislate literario que sólo busca la estridencia callejera.

El peruano, que muy joven trabajó en las oficinas mineras de Quiruvilca, cae en la oquedad del incomprendido. Poco vivió Vallejo, muerto a los 46 años en París, para ver cómo la crítica o más bien el tiempo sacó del agujero a Trilce, un clásico, celebrado pese a su hermetismo, que cumple un siglo.

1922 o el año de las luces que alumbraron el pensamiento: La tierra baldía, de T. S. Eliot, y Ulises, de James Joyce; pero también Trilce; Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo; Desolación, de Gabriela Mistral; y Andamios interiores. Poemas radiográficos, de Manuel Maples Arce. Habría que añadir los estrenos de El doctor Mabuse, de Fritz Lang, y Nosferatu, de F. W. Murnau. También es el año de otro evento emblemático de la vanguardia, la Semana de Arte Moderno de San Pablo en Brasil.

Con Trilce, sin embargo, Vallejo logra algo muy diferente a sus contemporáneos. “Aunque se lo puede encuadrar dentro de una lógica poética de búsqueda formal, Trilce no aparece con el signo rompedor de las vanguardias —dice el poeta, ensayista y crítico literario uruguayo Eduardo Milán en entrevista— y eso es, me parece, porque Vallejo personaliza la búsqueda expresiva, vuelve la experiencia su búsqueda personal. La vanguardia tiene algo coral. Vallejo busca pero se mantiene en Vallejo”. Con ánimos de explorar la unicidad, la extrañeza, y el misterio poético de Trilce, además de Milán, hemos recurrido al poeta, ensayista y traductor David Huerta, y a la poeta Jeannette L. Clariond, fundadora y editora de Vaso Roto, casa editorial especializada en poesía.

Abrirse paso en Trilce

A cien años de su aparición, sigue siendo complicado entrar en un libro como Trilce: demandante, hermético y pionero aunque incomprendido en su tiempo. “Conozco pocos poetas que hayan sido bien leídos en su tiempo —apunta Clariond—. Me gustaría diferenciar el momento y el tiempo. Si a alguien se le lee de inmediato, se leerá mal. A un poeta le lleva años trabajar su obra; esos mismos años le tomará al lector entender y asumir lo dicho”. “Por mi parte —dice Huerta—, me he dedicado a leerlo a mi gusto, con entera libertad, para contagiarme lo más que pueda de la libertad soberana de los versos vallejianos, resplandecientes de oscuridades, desafiantes, gallardos”.

Aunque forma parte del canon de la poesía latinoamericana, Trilce, publicado en los Talleres Tipográficos de la Penitenciaría, no le habla a todos. Sus temas son el dolor de la muerte de la madre —“la madre juega un papel esencial, la madre como la lengua, el seno, la escucha, el dolor de alumbrar, el dolor de no recuperar lo que se ha ido para siempre”, apunta la editora de Vaso Roto—, pérdida que tumbó a Vallejo, y la melancolía por la libertad, producto de su encarcelamiento, restricción desde la que escribió una parte del poemario. En el estilo pedregoso de este Vallejo está el signo de la extrañeza, que no es el mismo del modernismo tardío del que parte Los heraldos negros (1919) o Poemas humanos (1939), cuyo signo es, asegura Milán, el de la corrección de la extrañeza. En Trilce hay una hondura formal, marcas de experiencia aquí y allá que son reflejos, en versos sueltos, que acercan más al poema que al poeta. “A Trilce, como a cualquier obra de arte, hay que entrar con apertura sin pensar en el dolor del poeta, sino en el nuestro. La poesía trata de que aprendamos a leernos, y no de leer al otro”, aclara Clariond.

Para el crítico colombiano Rafael Gutiérrez Girardot “en el libro los tiempos verbales viven en discordia, en la que los abundantes sustantivos parecen moverse como adjetivos”, como en este ejemplo:

XXXIII
No será lo que aún no haya venido, sino
lo que ha llegado y ya se ha ido,
sino lo que ha llegado y ya se ha ido

En otros poemas, como afirma Eduardo Hurtado, “hay giros coloquiales o una simple exclamación familiar”:

XLI
En tanto, el redoblante policial
(Otra vez me quiero reír)
se desquita y nos funde a palos.
dale y dale,
de membrana a membrana
tas
con
tas. 

En la lectura de Clariond, el fragmento fija nuestra atención, la brevedad amplifica: “sucede con Trilce: acota, modifica, amplía el sentido con menos. Todo el universo de Vallejo se revela en un trazo. Él, propositivamente o no, trabajó desde la falta y nos sumió en su dolor, lo llevamos con nosotros, y descendemos con él a sus infiernos”. “A veces ponemos nuestro entendimiento antes que la experiencia directa, que no es discursiva, por lo menos en un primer momento. Entender una obra no es lo más importante en el momento de encontrarla: es ese mismo encuentro —dice Huerta—, y nuestro encuentro con Vallejo dura ya más de una vida”. Comenta Milán que en Trilce se oscurece a voluntad la significación cuya sintaxis tiene que ver con la búsqueda de la materialidad significante. Agrega: “además, es también un poema de época. 1922 es el año del significante, en el que tantos autores empiezan a despuntar. Como diría Claude Chabrol, es la década prodigiosa”.

Una semilla romántica

El Romanticismo en la poesía castellana (1915), tesis con la que obtuvo el título de bachiller en Filosofía y Letras, es el primer libro publicado de César Vallejo. Aunque rompa tantos moldes en Trilce subsiste cierta semilla romántica: la de la crisis. “El romanticismo es, desde mi ver, el movimiento más importante después del Renacimiento —comenta Clariond—, en él confluyen las grandes mentes, voces, pensadores, músicos de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania… Chile y Perú son dos países, junto con Argentina, profundamente vinculados a las corrientes europeas. El romanticismo une a Nietzsche, Schopenhauer, Hölderlin, Carlyle… todos buscan desentrañar su soledad desde sí mismos. Entienden que el alma está sola a pesar de que esté acompañada”.

Milán considera muy importante la reflexión sobre Vallejo y el romanticismo: “la línea problematizante en la poesía occidental está en el eje romanticismo-simbolismo-vanguardias. El romanticismo es el despuntar conflictivo. ¿Cómo se puede encontrar que Hölderlin en 1800 en “Pan y vino”, una de sus grandes elegías, se pregunte ‘¿y para qué poetas en tiempos de penuria?’. Heidegger leerá como indigencia esa penuria. Hölderlin ya estaba en la pregunta, muy de nuestra época, del sentido. El romanticismo, sobre todo el alemán, está ya en la crisis del sentido (sentido completo pero también sentido poético) porque parece que ciertos poetas ganan la salvación del sentido por el simple hecho de escribir poesía. Al margen del romanticismo en que se detiene Vallejo y de que existan distintas vertientes dentro del movimiento romántico, romanticismo es igual a sí mismo, valga la rima”.      

Centuria editorial

El centenario de Trilce se festeja con más novedades. Este año se publicaron cantidad de textos periodísticos y también libros, sobre los cuales aún habría que valorar si desvelan facciones inéditas de Vallejo o recodos inesperados para llegar a su obra, por ejemplo ¿Quién tropieza por afuera. Trilce: cien años después (Universidad Autónoma de Querétaro y Ediciones el Tucán de Virginia, 2022), de Carlos Aguirre y Bill Fischer, y El hombre más triste. Retrato del poeta César Vallejo (Universidad Diego Portales, 2021), del periodista Daniel Titinger, editado por Leila Guerriero. En Perú también se organizan ciclos de cine en torno a Vallejo e incluso se estrenó la película De todas las cosas que se han de saber (2021), en la que la directora Sofía Velázquez indaga cuál es la relación de los habitantes de Santiago de Chuco, el pueblo de Vallejo, con el poeta.

A 100 años de su publicación, ¿cómo leer el arcano vallejiano? “Que cada quien lo lea como quiera, como pueda, como el libro mismo y sus versos se lo vayan pidiendo. Leamos Trilce a contrapelo, a contracorriente de las maneras adocenadas y conformistas de leer, que es lo menos que el libro se merece”, expresa Huerta. “Cada poeta tiene su extrañeza, si por ello entendemos su genio: decir las cosas como no han sido dichas. Los lectores de Vallejo somos una suerte de nahuales. A veces el dolor es lo único que da paz. Morir, muy dentro del árbol que llevamos dentro para que florezca nuestra pequeña verdad”, dice Clariond. Milán apunta que “el coro disonante de las vanguardias necesita actuar en bloque a costa de la individuación”. De ahí quizá el valor señero de Trilce.

 

Carlos Rodríguez
Traductor y periodista cultural

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Publicado en: Resurrectorio