El martes próximo, los restos de Umberto Eco serán trasladados a los jardines del Castillo Sforzesco de Milán, un lugar que al semiólogo piamontés le gustaba mirar desde la ventana de su casa, mientras fumaba el primer cigarrillo del día o sostenía el último whiskey de la jornada. La laboriosidad rigurosa de este escritor, filósofo y maestro, con más de medio centenar de ensayos publicados y ocho novelas, fue interrumpida por los malestares del cáncer el martes pasado. Se levantó de su mesa de trabajo y se retiró a sus aposentos, donde permaneció hasta que finalmente ayer, viernes 19, murió. Se ha anunciado que la próxima semana será presentado el libro en el que se encontraba trabajando, al lado del editor Mario Andreose: Pape Satàn Aleppe. Crónicas de una sociedad líquida, que reúne las columnas que realizó durante quince años para el semanario L’Espresso.

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El tema central de varios de sus libros (desde los de ensayos como Apocalípticos e integrados, 1964, La estructura ausente, 1968, o Nadie acabará con los libros, 2010, hasta novelas como Número cero, 2015) es la cultura de masas y la comunicación. Umberto Eco fue un hombre de libros con los ojos abiertos al presente, e incluso al futuro; su erudición no le impidió ver las necesidades de comunicación contemporáneas con rigor, ironía y sumo interés. Fue muy criticado por una declaración que hizo cuando se le otorgó a mediados del año pasado el diploma honoris causa en Comunicación y Cultura por parte de la Universidad de Turín. Dijo: “El drama del Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad” y “Las redes sociales le otorgan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban tan solo en el bar después de tomar un par de copas, sin dañar a la comunidad. Entonces rápidamente eran silenciados, pero ahora desde su palestra anónima tienen el mismo derecho de hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. Aunque esta declaración puede ser leída como un atentado al derecho democrático de la comunicación, lo único que puntualiza es la absoluta falta de respeto y rigor que destaca en las redes sociales, cuya banalidad atenta contra el peso de las palabras y nuestra herencia cultural de siglos, que se ve mancillada a cada momento por la ignorancia.

De alguna manera, su última novela, Año cero, sobre un perdedor honesto que se enfrasca en el proyecto de un periódico perverso que dirá las noticias de “mañana”, y la primera, El nombre de la rosa, un thriller medieval en torno a las muertes que se suceden en una abadía de los Apeninos a causa de un libro prohibido cuyo tema es la “pecaminosa” risa, tratan de lo mismo: el peso de las palabras, que es algo que Umberto Eco defendió por sobre todas las cosas. En uno de los momentos cruciales de El nombre de la rosa, el joven Adso de Melk cuestiona a su maestro, que se niega a interceder por una aldeana inocente condenada a la hoguera por la Inquisición, siendo que ha entablado fuertes discusiones filosóficas con sus superiores e incluso con los inquisidores. Adso, a quien mueve el amor por la aldeana, reprocha a su maestro Guillermo de Baskerville: “¿Son entonces más importantes los libros que las personas?”. La importancia de las personas, parece responder Guillermo en su afán por preservar y fomentar la transmisión del tesoro que guarda la formidable biblioteca imposible de esa abadía, radica en las palabras, y cuando las palabras son prohibidas o banalizadas, las personas desaparecen. La última línea de El nombre de la rosa es una frase en latín que significa algo así como: “es el nombre desnudo de la prístina rosa todo lo que al final nos queda de ella”.