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Presentamos el prólogo de Cuentos completos (Malpaso) de E. L. Doctorow. El libro inicia con una nota editorial: “E. L. Doctorow murió el 21 de julio de 2015 cuando se corregían las pruebas de este volumen. Durante las semanas anteriores colaboró generosamente con Malpaso para perfilar los detalles de una edición (la primera de todos sus cuentos en cualquier lengua) que esperaba con enorme interés. Ya no podrá verla, pero sirva este libro de homenaje póstumo al gran escritor norteamericano”.


A Patricia Escalona

Desde siempre, en Estados Unidos se ha prestado una extraordinaria atención al relato corto, circunstancia no tan frecuente en otras latitudes. Los grandes novelistas norteamericanos, desde Hawthorne y Melville hasta Henry James, más adelante Faulkner y Hemingway o, ya en nuestro tiempo, J. D. Salinger, John Updike o Richard Ford, por señalar algunos de los casos más conspicuos, han invertido buena parte, si no lo mejor, de su energía en la escritura de relatos breves. La importancia del cuento en la literatura norteamericana es tal que no resulta exagerado decir que el tono y el nervio de la narrativa de aquel país, sus señas de identidad mismas, hunden directamente sus raíces en la tradición del relato breve. Dejando aparte a los cuentistas que cabría calificar de puros (Edgar Allan Poe, O’Henry, Ambrose Bierce, Raymond Carver, etc.) es llamativo que resulte difícil dar con narradores de fondo que no hayan medido sus fuerzas en la distancia corta. También resulta llamativa la existencia de un elevado número de narradores de talento cuya producción novelística palidece en comparación con la altura, infinitamente superior, que logran alcanzar sus cuentos (piénsese en John Cheever, Richard Ford, Eudora Welty o el mismísimo Hemingway). La pauta dominante, en todo caso, es de signo anfibio: la inmensa mayoría de los grandes novelistas norteamericanos son cuentistas de primer orden, desde Mark Twain hasta David Foster Wallace, pasando por autores de la talla de Carson McCullers y Flannery O’Connor, además de los nombres ya citados. Como narrador, Doctorow reproduce el signo anfibio que caracteriza a la gran literatura singularidad. Hasta ahora, la doble hélice de su escritura era poco menos que un secreto. Ello se debe en parte a que para el autor del Bronx no siempre estuvo muy claro qué diferencia hay entre escribir un cuento y escribir una novela. Maticemos esta observación.

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En un intento de explicar en qué consiste exactamente la diferencia entre la distancia corta y la larga a la hora de narrar, Doctorow puntualizó que en tanto que una novela es el comienzo de una prolongada exploración, el cuento es un organismo vivo que cuando llega al terreno de la imaginación lo hace de manera súbita y con sus rasgos ya perfectamente formados. La distinción, con ser sugerente, no alcanza a explicar la elusiva magia inherente a la manera de fabular de Doctorow, cuyos entes narrativos nunca parecen tener del todo claro lo que son. La publicación de un volumen como el que el lector tiene ahora entre sus manos es de una importancia superlativa por dos razones. La primera, que los cuentos de Doctorow, con ser de una calidad excepcional, jamás habían sido reunidos en un solo volumen, ni siquiera en inglés. La segunda, que el escritor del Bronx goza de un inmenso prestigio como autor de algunas de las mejores novelas norteamericanas de las últimas décadas, pero su labor como cuentista ha pasado prácticamente desapercibida. Resulta inevitable pensar que su destino como cuentista lo marcó su padre, febril lector de relatos, quien se empeñó en que su hijo llevara el nombre del patriarca del cuento norteamericano, Edgar Allan Poe. Sin embargo, la clave del hacer de Doctorow como cuentista no se encuentra en Poe, sino en alguien de talante muy distinto: Jack London, por quien el autor de los cuentos que ahora presentamos sintió siempre una adoración sin límites. Los seres solitarios que pueblan las narraciones de London tienen una íntima afinidad espiritual con los personajes modelados por la imaginación de Doctorow: el paisaje social en que se mueven, la profundidad de su trazado psicológico, su asombrosa capacidad para hacerse a sí mismos, la forma que reviste la lucha por la vida en que se ven envueltos, la misma que entraña el difícil trabajo de dar cuenta del mundo en el que viven por medio del poder de la palabra, reflejan una concepción muy similar de la escritura.

Descendiente de inmigrantes judíos, nacido en el Bronx en los momentos más duros de la gran depresión económica que padeció su país, el primer escrito de relieve salido de la imaginación de Doctorow, publicado originalmente en 1968, figura en la edición que aquí se presenta como “Glosas a las canciones de Billy Bathgate”. Se trata de un texto híbrido que estaba incómodo consigo mismo, situación que sólo se resolvería cuando más de dos décadas después su autor logró convertirlo en la novela titulada Billy Bathgate (1989). Al margen de su carácter profético, es un privilegio seguir la insólita peripecia del texto aquí incluido, sin duda fascinante en su misteriosa imperfección.

En 1971, Doctorow publica El libro de Daniel, su tercera novela, incisiva radiografía de la época del macartismo con la que el autor situaría su nombre a la altura de los narradores de mayor calibre de su país. Cuatro años después, en 1975, llegaría Ragtime, un pastiche histórico del Estados Unidos a caballo entre los siglos XIX y XX, generalmente considerada su obra maestra. Desde el punto de vista técnico y estilístico, todo está presente ahí, y por lo que se refiere a sus rasgos esenciales no evolucionaría demasiado, básicamente porque no era necesario. Tras la publicación en 1980 de la enigmática y audaz El lago, Doctorow se decide a revelar al mundo su faceta como cuentista. Vidas de los poetas(1984) es un conjunto de seis relatos rematados por la novela corta que da título al volumen. Los cuentos son síntoma de una extraña pulsión consistente en que apuntan a algo que queda fuera del relato mismo, como si tuvieran cierta urgencia por explorar otros ámbitos. “Vidas de los poetas”, la narración que cierra el volumen, resume de manera magistral el proceso enhebrando las trazas que plantea de manera independiente cada relato en lo que constituye una epifanía final apoteósica. Tras el alarde técnico cae el telón y el cuentista desaparece entre bambalinas a fin de que el novelista pueda continuar la marcha, considerablemente triunfal, en que consiste su carrera más pública (todas las grandes novelas de Doctorow han sido bestsellers). Hay varios cuentos magistrales en esta primera colección: “El escritor de la familia”, con su conmovedor descubrimiento del poder redentor de la escritura, o el elusivo relato titulado “El cazador”, que abandona a su merced al lector en la última página. Poe (esta vez sí) deja su impronta en el escalofriante relato titulado “La depuradora”, mientras que “Willi”, en su trágico trazado, permite al autor conectar con sus raíces centroeuropeas. Leer un cuento de Doctorow es una experiencia estética un tanto desasosegante. No falta nada en estos relatos, y sin embargo dejan en el lector una desazón muy profunda, como si exigieran que ocurriera algo más, cosa que de hecho sucede, sólo que, extrañamente, fuera de la página.

A efectos de esta edición, la ordenación de los relatos completos de Doctorow la estableció el propio autor poco antes de morir, y no coincide exactamente con la de los volúmenes en que aparecieron de manera originaria, sino que obedece a una lógica superior que sólo su creador fue capaz de ver. En este sentido resulta altamente significativo que se respete la profunda unidad que constituyen los relatos integrantes de la segunda colección de cuentos de Doctorow, uno de los volúmenes más perfectos salidos de su pluma. Publicada en 2004 con el soberbio título de Sweet Land Stories [historias de la tierra dulce], esta recopilación de cuentos constituye, de por sí, un hallazgo editorial extraordinario. “Jolene: una vida”, “Bebé Wilson”, “Una casa en la llanura”, “Walter John Harmon” o “Niño, muerto, en la rosaleda” son cinco estampas de extraña factura que buscan reflejar la no menos extraña textura de la realidad norteamericana. Desde el punto de vista de la poética del cuento, tiene aquí lugar un quiebro interesante. Como constató el propio Doctorow en la época en que publicó estas historias, el relato breve norteamericano se empezaba a alejar del fértil modelo chejoviano, que se resuelve en una epifanía que produce una revelación, para crear historias mucho más oscuras, firmemente urdidas en torno a argumentos que se adentran en la oscuridad misma a la que se asoma la imaginación extraordinariamente sutil, grotesca unas veces, perturbadora otras, de Doctorow. Salvo el anhelo estético que mueve el lenguaje no hay en estas historias despiadadas e inquietantes el menor ánimo de redención moral. John Gardner arremetió contra el autor de estos cuentos por este rasgo, supuestamente desolador, que caracteriza en general a la escritura de Doctorow, no sólo aquí, mientras que un crítico tan frío y riguroso como John Updike llegó a hablar de sadismo narrativo.

Doctorow volvería a las andadas, es decir a la novela, un año después, con La larga marcha (2005), una épica de la Guerra Civil Norteamericana que sigue los pasos del general Sherman en su larga marcha hacia el mar, durante la cual va acumulando una serie de catástrofes personales. Cuatro años después vería la luz Homer y Langley, obra que ejemplifica perfectamente la tensión entre cuento y novela que caracteriza tantas veces el hacer de Doctorow. La trágica historia de los hermanos Collyer, que perecieron sepultados en la basura que fueron acumulando durante décadas en su mansión de un Harlem que había dejado de ser un barrio señorial (la historia es real y Doctorow se ciñe rigurosamente a los hechos al contarla) fue seguida, muy recientemente, por un libro que tampoco es exactamente una novela, sino quizá un diálogo dramático en clave de relato, El cerebro de Andrew (2014).

El Doctorow de los cuentos es un escritor distinto del novelista capaz de fabular los grandes frisos históricos que el mundo lleva décadas celebrando porque el ingrediente central de esas novelas, la Historia con mayúscula, no dispone en los cuentos (ni en los relatos híbridos) del tiempo y el espacio suficientes para que el autor lleve a cabo los juegos malabares que son la marca de identidad de sus grandes títulos. Sea como fuere, la (H/h)istoria (con o sin mayúscula) del Doctorow cuentista no termina con Sweet Land Stories. En 2011 el autor publicaría su tercer y último volumen de relatos, Todo el tiempo del mundo. La recopilación recupera varias narraciones breves recogidas en los dos volúmenes anteriores e incluye media docena de cuentos que cabe considerar “nuevos” aunque en su mayoría habían aparecido en revistas como The New Yorker. En este volumen es donde se recogieron las “Glosas a las canciones de Billy Bathgate”, que en la edición española de los cuentos completos aparece mucho antes, así como “El atraco”, relato que también se resistió a ser lo que aparentaba y acabó por convertirse, veinte años después, en la novela, que aparecería bajo el título de La ciudad de Dios (2000). Por voluntad expresa del autor, la novela corta titulada Vidas de los poetascierra el recorrido. El encuentro con los relatos breves de Doctorow supone una verdadera revelación: en ellos hay algo que no se manifiesta de la misma manera en las novelas mayores. Para decirlo de manera sumaria, como autor de relatos breves, Doctorow fue un escritor más directo, poético y fugaz; más emotivo y cercano; más íntimo y elusivo; más profundo y misterioso; y, a la postre, mucho más desconcertante. Como se ha recalcado, nunca antes había existido en ningún idioma la posibilidad de adentrarse sin restricciones en lo más hondo del lado secreto de la imaginación de un cuentista excepcional que da la casualidad de que se llama exactamente igual que un novelista a quien llevábamos muchos años leyendo con admiración: Edgar Lawrence Doctorow.

Hydra, Grecia, 21 de julio de 2015.

 

Eduardo Lago
Escritor y traductor. Ha publicado: Llámame Brooklyn, Ladrón de mapas y Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. Ha sido traducido a numerosos idiomas.