Un artesano que fabrica libros.
Entrevista con Michel Tournier

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Michel Tournier murió el pasado 18 de enero, un mes después de haber cumplido 91 años de edad, en su casa de Choisel —una pequeña comunidad de poco más de 600 habitantes, cerca de Versalles—, en la que vivía desde mediados de 1954.

Se definía como un escritor parco, porque sólo publicó nueve novelas. Pero si contamos sus libros de cuentos, de ensayos y de entrevistas, su obra suma 33 títulos publicados en un lapso de 48 años.

Sus novelas son fascinantes pero no lo son menos sus ensayos, escritos siempre con gran elegancia e imaginación. Hasta donde sé, sólo se han traducido cinco o seis de los libros que hizo en ese género, entre ellos, El vuelo del vampiro, que el Fondo de Cultura Económica publicó en 1988 en versión de José Luis Rivas.

No obstante, me parece que lo primero que leímos de Michel Tournier en México fueron unas palabras suyas transcritas por Jorge Aguilar Mora, quien en 1975 le hizo una notable entrevista publicada en noviembre de ese año en La Cultura en México, el suplemento del semanario Siempre!: “Michel Tournier, un bastardo de la literatura” (recogida en 1986 en La otra Francia, otro libro impreso por el FCE). Luego David Huerta y Adolfo Castañón publicaron en ese mismo suplemento traducciones y reseñas con las que avivaron la curiosidad del público.

Hoy, la obra y el nombre de Tournier le son tan familiares a los lectores mexicanos que el anuncio del premio Nobel a Patrick Modiano sorprendió a más de uno, pues si de premiar la obra de un escritor francés se trataba, la obra de Tournier se antoja más relevante que la de su compatriota.

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Desde hace tiempo pienso que es posible que Michel Tournier haya venido a México de manera privada en 1978 acompañando a su amigo, el fotógrafo Edouard Boubat, que ese año hizo aquí una memorable serie de fotografías. Pero en lo que hasta ahora he leído de Tournier no he encontrado una sola página acerca de una visita suya a nuestro país. Acaso mi especulación carece de sentido. Sin embargo, en Petites proses, libro publicado en 1986, se encuentra el siguiente párrafo, en el que la comparación sugiere una experiencia directa:

Mentiría —y no me creería nadie— si dijera que el Cairo es una ciudad idílica en la que uno desearía pasar el resto de sus días. Ay, esta ciudad es presa del mismo mal de otras grandes metrópolis del Tercer Mundo —México, Calcuta o Argel—: su infraestructura material ha sido hecha pedazos por el insoportable crecimiento de la población.

Ojalá —cavila uno— que ese crecimiento de la población se viera reflejado en el crecimiento del número de lectores entre nosotros. Cuando uno lee, en palabras del propio Tournier, que su primera novela ha vendido siete millones de ejemplares (sin contar las traducciones) en menos de 40 años, no puede dejar de pensar con melancolía en el tamaño de nuestro mercado editorial, en el que uno de los libros mexicanos de mayor circulación —Los de abajo, de Mariano Azuela, publicado por primera vez hace cien años— aún no alcanza la cifra de dos millones de ejemplares vendidos.

La siguiente entrevista, conducida por el crítico y periodista literario François Busnel para la revista francesa Lire (Leer), se publicó el 1º de junio de 2006, cuando Michel Tournier tenía 82 años. Tiene la virtud de abrir el apetito por la lectura de la obra del gran narrador a la vez que brinda un somero perfil de su persona.

Nacido en 1969. Busnel es historiador y filósofo y ha hecho importantes reportajes de corte político sobre África y el Medio Oriente para Radio Francia Internacional. Desde 1996 se ha dedicado a la divulgación de la literatura a través de la radio y la televisión. En el 2008 empezó a escribir artículos de corte editorial para la revista L’Express y es jefe de redacción de Lire desde el 2004.

—Nota y traducción de Rafael Vargas

Quería ser filósofo, se convirtió en novelista —uno de los mejores de la lengua francesa. Michel Tournier vive atrincherado en una casa parroquial del Valle de Chevreuse, cuyo jardín, al lado del cementerio, está impecablemente mantenido. Tratando de huir del mundanal ruido, Tournier apenas sale de su guarida, excepto para comer con sus camaradas de la academia Goncourt, o para acudir a las escuelas donde se enseña a los niños los rudimentos de la lectura y de la filosofía. Este verano, publicó un estimulante libro, Les vertes lectures (Las lecturas verdes), que es al mismo tiempo un respetuoso reconocimiento a los escritores que lo han influido y una formidable invitación a la lectura tanto para niños como para adultos. En la mañana en que se realizó esta entrevista Tournier me leyó un párrafo de Chateaubriand que le encanta: “Sale, pues, de su retiro, construido a junto a la morada de los muertos. […] Se ha apostado en su presbiterio como un centinela de avanzada en las fronteras de la vida para recibir a todos los que entran y salen de este reino de dolores. Un pozo, unos álamos, una parra alrededor de su ventana componen toda la herencia de este rey de los sacrificios”.1

En Las lecturas verdes se lee: “Me convertí en escritor por compensación.” ¿Para compensar qué?
Yo nunca habría escrito si hubiese aprobado el examen para ocupar la cátedra de filosofía. Mi objetivo era enseñar filosofía en la escuela secundaria. Fallé lamentablemente en el examen para convertirme en profesor y acabé en la calle. Entré a trabajar en la radio donde todas las mañanas, de ocho a nueve, me encargaba del programa “La hora de la cultura francesa”. En 1954, cuando se creó “Europa Nº 1”, me degradaron y me encargaron hacer los anuncios publicitarios. Escribía anuncios para vender pañales y lavadoras. ¡Algo apasionante! Pero yo cultivé mi jardín secreto: Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant. Mi idea era elegir un asunto altamente filosófico (algo que abordara los problemas del tiempo, el espacio, las relaciones con el prójimo, etc.) y, a la vez, escribir una historia popular que interesara a todos. Incluidos los niños. Elegí Robinson Crusoe y así surgió Viernes o los limbos del Pacífico. En la historia de Robinson hay por lo menos dos asuntos eminentemente filosóficos: la soledad (Robinson pasa veinte años solo en su isla) y la relación con el prójimo (cuando Viernes llega a la isla). Téngase en cuenta que se trata de dos temas de gran actualidad. Robinson Crusoe me permitió abandonar los comerciales de lavadoras y escribir sobre Hegel. Yo escribía, pero no lo sabía nadie. Luego empecé a trabajar para la editorial Plon.

¿Qué hacía usted en Plon?
¡De todo! Eso sí que fue apasionante. Fui el primer lector de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Ella estaba contratada por Gallimard, pero quería cambiar de editor y fui yo quien recibió el manuscrito. Hice un dictamen muy entusiasta. También me tocó leer a Simenon. Su llegada a Presses de la Cité (de la que entonces Plon formaba parte) fue como un trueno en el mundo editorial. También él estaba contratado por Gallimard, pero deseaba ocuparse personalmente de sus derechos conexos, en especial los relativos a adaptaciones cinematográficas (que, su caso, representaban ingresos considerables ). Sin embargo, Gallimard se negó a ceder. Y Simenon dejó Gallimard por Presses de la Cité, que accedió a dejarle manejar sus propios derechos conexos. Por lo demás, esta anécdota debe servirnos para denunciar tal escándalo.

¿Qué escándalo?
¡El de los derechos conexos por supuesto! No existe razón alguna por la cual un editor se embolse la mitad de los derechos conexos de un autor. El editor hace un trabajo secretarial. De manera que está bien que cobre el diez por ciento, pero ciertamente no el cincuenta.

Usted es uno de los pocos escritores que también negocia con fiereza sus derechos de autor y sus derechos conexos. ¿Cómo fue que adoptó tal postura?
Cuando firmé mi primer contrato con Gallimard, yo todavía era dictaminador en Plon. Gallimard me había propuesto un contrato clásico: un anticipo, y luego el 8, el 10, el 12 o el 15 por ciento dependiendo del tiraje que alcanzara la novela. Y 50-50 por los derechos conexos. Tomé mi mejor pluma y, en una hoja con el membrete de Plon, le respondí a Gallimard que rechazaba por completo cualquier anticipo. ¡Jamás habían visto eso! Un escritor joven que empieza y no quiere nada de dinero… Fue algo novedoso para ellos. Todo lo demás ocurrió gracias a ese rechazo a todo anticipo.

¿Por qué lo rechazó usted?
Porque no tenía ningún sentido. Y porque además se trataba de una cantidad miserable… Mi postura era una manera de pedir más: el 15 por ciento de las regalías de los primeros ejemplares vendidos y, sobre todo, el 80 por ciento de los derechos complementarios en lugar del 50. Pero hay que añadir que la lógica de los anticipos es desastrosa para la edición: conozco a un gran número de autores que viven a golpe de anticipos y cambian de editor en función del cheque editorial que se les promete sin preocuparse por la calidad de su texto. Yo hago exactamente lo contrario: cuento con el paso del tiempo. Le puedo mostrar mis cifras de ventas: todos mis libros se venden, incluidos aquellos que escribí hace treinta años. Se venden año tras año. La cantidad de dinero que un libro me puede traer no me interesa; Lo que me interesa es que mis libros vivan. Que sean leídos.

¿Cuántos libros ha vendido?
La cantidad varía si integramos las ediciones de bolsillo. Eso es lo que me interesa: las ediciones de bolsillo. Gracias a los libros de bolsillo, en lugar de vender 10 mil ejemplares se venden 100 mil! Uno recibe menos dinero porque el precio de venta es más bajo, lo mismo que el porcentaje de regalías, pero es mucho más leído. Mis libros se venden fundamentalmente en ediciones de bolsillo. Alcanzan un flujo de aproximadamente 300 mil ejemplares por año. De los cuales 100 mil corresponden a Viernes o la vida salvaje [la versión revisada y abreviada de Viernes o los limbos del Pacífico, t.].

Que a lo largo de treinta años ha vendido más de siete millones de ejemplares…
Sí, pero es el único que tiene tal éxito. Mis otros libros apenas llegan a uno o dos millones de ejemplares. Bueno, El rey de los alisos lleva 4 millones.

Parece que el lanzamiento de esta novela, pese a que había sido coronada con el Premio Goncourt, no resultó muy bien. ¿Es correcto?
Exacto. Apenas vendió 150 mil ejemplares, una cifra muy mala para un Goncourt. ¿Sabe por qué pasó eso? Porque De Gaulle acababa de morir. El Premio Goncourt tiene una repercusión muy tenue frente a otras noticias de actualidad: un ataque, la muerte de una estrella o de un presidente y, listo, uno se va al sótano. Al enterarse de la muerte de De Gaulle Gallimard me dijo,: “Viejo, eso significa 200 mil ejemplares menos.” Pero eso nunca me molestó. Lo que importa es que ahora se venden de 30 a 40 mil ejemplares cada año gracias a la edición de bolsillo. Sin contar las traducciones…

¿El éxito ha cambiado en algo su manera de escribir?
Escribo para ser leído. Soy un artesano que fabrica libros como un zapatero hace zapatos o como carpintero fabrica muebles. Quiero decir que necesito contar siempre con un cliente. No hago esto por placer.

¿De veras?
¡Oh sí! Si no tuviese lectores, créame, no escribiría. Leería. Rechazo por completo la típica perorata de: “ La escritura es una necesidad… así me expreso…” Yo no tengo ninguna necesidad de expresarme. Y en mis novelas, no expreso a Tournier, hago una novela. Me daría vergüenza expresar a Tournier…

¿Pero no hay, de todos modos, un poco de usted en sus novelas?
No. Podemos dividir la literatura en dos: la de aquellos que cuentan su vida y la de aquellos que inventan novelas. Para los primeros, hacerlo da resultados tremendos: las Confesiones, de Rousseau, o las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand. Pero Rousseau y Chateaubriand son novelistas muy pobres. ¡Sus intentos son malísimos! ¿Cree usted que los verdaderos novelistas, como Balzac, Stendhal y Flaubert, se valieron de su vida privada? ¡Era lo que menos les importaba! No les interesaba en absoluto. Lo que querían era inventar una historia, no contar su vida. Yo añadiría que hay una tercera categoría, un híbrido: la novela autobiográfica. No me gusta. Hice la prueba con El viento paráclito. Ese libro es mi patito feo.

Entonces, ¿por qué apoyó Tres días con mi madre, de François Weyergans para el premio Goncourt? Es una novela autobiográfica, ¿no es cierto?
No soy un fanático. Y no me gustaba el libro de Houellebecq… Hay cosas muy buenas dentro del género autobiografíco. Una vez más: las Confesiones, de Rousseau. Ese es el clásico que él debería haber leído.

¿Y quién es el autor contemporáneo que él debería haber leído?
A Julien Gracq. Todos sus libros.

Un clásico…
¿Sabe usted qué es un clásico? Un autor al que se lee en las aulas.

¿Entonces Michel Tournier es un clásico?
Bueno, sí, ¡soy leído en las aulas! Este es mi mayor orgullo.

¿Por qué menciona a Balzac como su novelista favorito?
¡Porque es inmenso! Devorado por una ambición sin límites, lo cual es muy saludable cuando se es un artista. Hacer un pequeña obra maestra nada tiene de interesante. Uno puede citar muchos libros que son irreprochables. Yo prefiero a Balzac: escribe como un cerdo glotón pero no importa sobre qué escribe, todo es genial.

Y usted, ¿tiene esa ambición sin límites?
Es curioso que me lo pregunte. ¿Sabe que ése es el término empleado por Raymond Queneau para describir mi primera novela, Viernes o los limbos del Pacífico, en su dictamen para Gallimard? Yo le debo mucho: fue él quien impuso mi novela, aunque con algunas reservas. Yo hago lo que puedo. Mi fortaleza es mi lentitud.

¿Cómo puede ser la lentitud una fortaleza para un escritor?
Puedo pasar años enfrascado en un asunto. Soy un corredor de maratón, no un velocista. Aquello que se construye lentamente suele ser más fuerte que lo que se hace con rapidez… He publicado muy poco. Apenas quince títulos, mientras que muchos escritores de mi edad hacen alarde de haber escrito cincuenta.

¿Reniega de alguno de sus libros?
De ninguno. Generalmente uno reniega de sus libros de juventud. Pero yo empecé a publicar muy tarde, a los cuarenta y tres. No tengo obras juveniles.

¿Ni en sus cajones?
No, todo se perdió. Pero todo era muy malo. Por supuesto que escribí antes de publicar. No lo publiqué porque no era publicable.

¿Es necesario haber vivido bien para escribir buenos libros, como sugiere usted a propósito de la condesa de Segur?
No lo creo, no. El de ella es un caso especial. Ha habido muchos novelistas precoces y excelentes. Pienso en Roger Nimier, mi compañero de estudios del Lycée Pasteur. Nimier era terriblemente precoz. Yo era todo lo contrario: era un absoluto idiota. Él me miraba como tal y tenía razón. A los 17 años lo había leído todo, lo había entendido todo y todo lo había desbordado. Al revés de mí. ¡Piense usted que Nimier publicó su primera novela a los 18 años! Y la última a los 28 años… Fue precoz hasta el final: se suicidó a los 33 años al volante de su coche de carreras. Creo que prefiero mi modesto camino feliz.2

¿Perdurar mejor que brillar?
Sí. Sin duda.

Sin embargo, usted tiene una gran admiración por Jack London, que también fue como un cometa: murió a los 40 años…
¡Pero es que London lo hizo todo! Fue un vagabundo, un gambusino, un escritor… ¡Y qué escritor! Soy, en efecto, un gran lector de Jack London.

Las lecturas verdes son una evocación de “sus” escritores. ¿Cuáles va usted a añadir cuando aparezca la edición de bolsillo?
Dejé fuera, por olvido, a James Oliver Curwood, un gran escritor norteamericano al que se puede leer desde la infancia. También debo añadir a E.T.A. Hoffmann y a los hermanos Grimm. Hay dos tipos de narradores: los que inventan historias y los que las buscan en el folclore. Ese fue el caso de los Grimm, y también el de Charles Perrault.

¿Agregará narradores más contemporáneos, como, por ejemplo, Tolkien o J.K. Rowling?
Leí Harry Potter y confieso que me pareció un libro aburrido y sin interés. Sin embargo, tiene que haber algo en él para que haya llegado a ser tan universal. ¿Pero qué? No lo veo.

¿Por qué no incluyó a Alexandre Dumas?
Hago una distinción entre escritores inspirados por la historia y escritores inspirados por la geografía. Yo estoy completamente del lado de los geógrafos. En Homero se conjugan los dos: la Ilíada se inspira en la historia y me aburre profundamente; sin embargo, la Odisea, se inspira en la geografía y me subyuga. Jules Verne es la geografía, pero Alexandre Dumas, es historia. La historia de Dumas es oscura, cruel, sombría; la geografía de Jules Verne es entusiasta, juvenil. Verne nos lleva a descubrir la belleza del mundo.

Este libro, Las lecturas verdes, plantea una pregunta crucial: ¿se puede inculcar el amor por la lectura a los niños?
¡Por supuesto que podemos inculcárselos! Leyéndoles en voz alta, en primer lugar. Cuando voy a las clases y lo digo a los niños: “ Les voy a contar una historia”, de inmediato se hace el silencio. ¡Los tengo! Pero no debemos defraudarlos. Creo que a los niños les interes a que les cuenten historias. Pero para que se las apropien, es necesario que las lean ellos mismos. Hay una pregunta muy interesante que abre dos de las obras capitales de la literatura francesa, El Rojo y el negro, de Stendhal, y La fortuna de Gaspar, de la  condesa de Ségur. Ambos libros empiezan con una escena muy similar: en el seno de una familia de campesinos o de leñadores, hay un niño de inteligencia excepcional que lee. Cuando se le sorprende leyendo, es decir, sin hacer nada, el padre le da una paliza. ¿Acaso el hombre que lee es un holgazán? ¿O es un creador? Yo respondo: es un creador. En lo personal, yo creo que la mitad de mi novela se debe a mi lector.

¿Qué quiere usted decir?
Que yo creo que él escribe la otra mitad en su cabeza durante la lectura. Eso es lo que hace que un libro cambie con cada lector y con las diferentes generaciones de lectores. No leemos a Balzac en el 2006 de la misma manera en que se le leía a mediados del siglo XIX. Hoy se ha convertido en otra cosa. Si usted toma La fortuna de Gaspar, de la condesa de Ségur, se encontrará con un libro que nadie se atrevería a imaginar hoy. A propósito de este libro, adopto una de las reglas del juego dadas por Flaubert al comienzo de su Diccionario de ideas recibidas: La regla del juego, dijo, es hacer que el lector se pregunte a cada página si uno se está burlando de él o si le está hablando de manera seria —y que jamás encuentre la respuesta.

¿La radio y la televisión son una mala competencia para lectura, especialmente en lo tocante a los jóvenes?
No, para nada. ¡Es al contrario! La radio y la televisión abren el espíritu, nos obligan a interesarnos en cosas de las que de otro modo jamás habríamos oído hablar. Nos fuerzan a ir más allá, a aprender más. Y tampoco hay que olvidar que la televisión está en el origen de la creación de los noticieros: Télérama, Tele 7 días, etcétera. ¿Y eso qué prueba?, se preguntará usted. Simplemente que los espectadores quieren leer, contar con información sobre los asuntos tratados por la televisión. Y luego están los programas literarios. En Francia, Bernard Pivot ha desempeñado un papel considerable en el interés por la lectura. Ha hecho leer a muchos. Ha hecho mucho por la inteligencia y la cultura de la gente.

¿El gusto por la lectura depende del gusto por la escritura?
No, se trata de dos cosas diferentes. Usted debería hacer un estudio en su revista sobre las lecturas de los grandes escritores: Estoy seguro de que encontrará que un gran número de grandes escritores nunca abre un libro. ¿Qué lee Simenon? Tengo una gran admiración por lo que ha escrito, pero no tengo la impresión de que su biblioteca haya estado bien provista… También es cierto que la obra de algunos escritores es una destilación de todo lo que han leído. Por ejemplo: Anatole France. Era una biblioteca ambulante. Igual que André Gide.

A menudo usted ha dicho que Viernes o la vida salvaje es su obra principal, pero se trata de un libro para niños…
¡De ninguna manera! Se trata de un libro para adultos que también los niños pueden leer. Reescribí Viernes o limbo del Pacífico porque era una novela demasiado gorda, demasiado pesada, demasiado filosófica. El poeta siciliano Lanza del Vasto escribió unos versos sublimes que resumen todo: “En el fondo de cada cosa nada un pez / Le arrojaré un manto de imágenes / Para cubrir su desnudez.” Versos que yo traduzco así: “En el fondo de cada cosa hay una verdad metafísica / Para cubrir su desnudez / Le arrojaré un manto narrativo.” Allí está: mi manto de imágenes es la historia que invento. En el caso de Viernes o los limbos del Pacífico, el manto de imágenes no había cumplido bien su papel: se podía ver a través de él. Así que la reescribí. Y creo que quedó mejor. Así nació Viernes o la vida salvaje. Y resultó tan buena que también los niños la han leído. Pero Viernes o la vida salvaje no fue escrita como un libro para niños. Para mí, el niño no es un objetivo sino un criterio de calidad. Con base en esta distinción he escrito dos historias que sí se dirigen a los niños: Amandine o los dos jardines y Pierrot o los secretos de la noche.

¿Qué implica un criterio de calidad?
Escribir algo de la manera más sencilla y a la vez más profunda en términos filosóficos. Pierrot o los secretos de la noche ilustra la Ética de Spinoza: la oposición entre sustancia y accidente. Son dos conceptos muy difíciles de comprender. Por tanto, los he ilustrado lanzando sobre ellos mi manto de imágenes: el cuento. Pierrot el panadero representa la sustancia: viste todo de blanco, trabaja duro. Pero es soso. Arlequín, de traje multicolor, representa el accidente. Irrumpe en la vida de Pierrot y de Colombina que se dejará seducir por sus colores y su retórica y dejará a Pierrot para lanzarse a la aventura con su Arlequín. El accidente es seductor, pero no es sólido ni constante. ¿De qué lado se encuentra la verdadera felicidad? ¿Del lado de la sustancia (Pierrot) o del lado del accidente (Arlequín)? La oposición entre sustancia y accidente nos remite a la oposición entre el agua y la leche (que son insípidas y están en el lado de la sustancia) y los alcoholes (que están llenos de sabor, pero del lado del accidente —¡en todos los sentidos de la palabra!) Uno encuentra todo eso en la Ética, sin duda uno de los mejores libros jamás escritos: Spinoza demuestra que Dios, que es un ser perfecto, no conoce ni el amor ni el odio ni la piedad. Es uno de los tratados de filosofía más brillantes.

La mayoría de los escritores de los que usted habla en Las lecturas verdes —Julio Verne, Lewis Carroll, la condesa de Ségur— tienen estampado en la frente el sello de “juvenil”, etiqueta que todavía tiene una connotación peyorativa: no son autores serios. ¿Cómo luchar contra esa creencia?
Es absolutamente idiota. ¿Sería mejor que fueran autores oscuros para valorar sus obras? Lo interesante de esos escritores es su locura. ¡Cuando uno lee La fortuna de Gaspar, uno piensa que la condesa de Ségur está loca! Lo mismo ocurre con Jules Verne. Tómese, por ejemplo, Las Indias Negras, su mejor libro. Es de una actualidad candente dado que las últimas minas de carbón en Francia fueron cerradas hace sólo unos pocos años y eso representó una tragedia para todos los que vivían de esa fuente de trabajo. Las Indias Negras es la historia de un grupo de personas que decide vivir en las profundidades de una mina en vez de vivir al aire libre, y su lectura transmite la siguiente idea: para vivir feliz, vive oculto. Pero es una idea delirante: viven en una suerte de absoluto filosófico, en un mundo en el que no hay ni calor ni lluvia ni viento…

Todos los libros que usted menciona, al igual que los que ha escrito, giran en torno a la resolución de un enigma filosófico. ¿Significa esto que un libro debe abordar la filosofía para ser universal?
Sí, eso es lo yo que creo. Pero una novela filosófica no es una novela de tesis. Es lo mismo pero a la inversa: se trata de formular preguntas más que de brindar respuestas. Y se trata de abordar asuntos de verdadera trascendencia.

¿Qué es un “asunto de verdadera trascendencia”?
Seamos claros: si el señor y la señora discuten y se hacen caras a la hora de la cena, eso no da para una novela. Sin embargo, si uno sigue el itinerario de los trabajadores migrantes argelinos en Francia, y lo conjuga con el problema de las imágenes (prohibidas en los países musulmanes y judíos, pero omnipresentes en el mundo occidental), ahí encontramos un asunto de verdadera trascendencia. Es decir, no sólo un tema de actualidad, sino también un tema que ilustra un conflicto entre dos conceptos aparentemente anodinos: el conflicto entre la imagen y la prohibición de la imagen. Es un asunto inmenso y yo no pretendo haberlo agotado, pero es el asunto que sirve como telón de fondo en mi novela La gota de oro. Otro ejemplo: Los Reyes Magos. Ese es un episodio apasionante de los Evangelios. Es sin duda uno de los episodios más representados desde un punto de vista artístico. Desde el punto de vista filosófico, plantea el problema de la riqueza. Los Reyes Magos abordan la idea de la imagen, la idea del extranjero pero sobre todo la idea de la riqueza: ofrecen tesoros al recién nacido. Siempre me he preguntado qué podría haber hecho Jesús todo el oro que recibió como regalo al nacer… Y escribí una novela: Los Reyes Magos.

¿Cuál es el papel del escritor: imaginar, o interpretar la realidad?
Hay valores. E indudablemente un valor literario. Kant escribió un libro entero sobre el tema: la Crítica del juicio. En los libros que he leído, al igual que en los que he escrito, busco el valor literario tal como Kant lo definió. La belleza, dice Kant, es lo que agrada universalmente aunque no lo podamos justificar intelectualmente, es una finalidad sin fin y una necesidad subjetiva. Me parece que el valor literario cabe en esta definición kantiana. El papel del escritor es crear valores literarios. Nada más.

A sus lectores les encantarán Las lecturas verdes pero hay una gran novela por venir de la misma magnitud de El rey de los alisos o de Los Meteoros?
Ya no tengo la fuerza. Soy viejo, ¿sabe usted?…

Usted me habló hace algunos años de una novela sobre vampiros…
¡Ah, sí! Para mí es un gran tema. Filosóficamente, es apasionante. Bueno, no he avanzado… Ya no tengo la fuerza física para hacer estudios de campo. He investigado siempre para escribir mis novelas. Para La gota de oro fui tres veces al Sahara. Para Los meteoros, le di la vuelta al mundo, desde Japón hasta Islandia, pasé una noche en un depósito de basura en Marsella… Para escribir esa novela sobre vampiros necesitaría pasar varias noches en un gran cementerio como el Père-Lachaise. Y a mi edad ya no tengo fuerzas para eso…

Sus lecturas no son sólo los grandes libros que también pueden leer los niños. Usted lee nuevos libros para discernir el Premio Goncourt. ¿La Academia Goncourt se ha corrompido?
No lo sé. En todo caso, nunca nadie me ha ofrecido nada. Ni siquiera sé si soy corruptible. Jamás he enfrentado un intento de corrupción.

¿Y de veras se lee en la Academia Goncourt?
Yo sí leo. Devoro. No es por nada que ahora publico Las lecturas verdes, un libro acerca de mis lecturas. Los otros miembros de la Academia harán lo que quieran…

¿Cuál es el premio Goncourt del que está más orgulloso?
El amante, de Marguerite Duras. De ese premio puedo decir que se debe a mí. Sin mi intervención Duras jamás lo habría tenido. En la primera ronda, El amante obtuvo tres votos y seis en la segunda, pero todo el mundo se opuso porque Duras sería la persona más vieja en la historia del Premio Goncourt. A lo que respondí: “Sí, pero estaremos enmendando las tonterías de nuestros predecesores que debieron haberle dado el premio hace quince años por Un dique contra el Pacífico… Y además El amante es su mejor novela.” Con eso se desechó la objeción con respecto de su edad.

¿Por qué se prefiere sentarse en la Academia Goncourt en lugar de en la Academia Francesa?
Porque la Academia Goncourt le ofrece a uno ingresar a ella, mientras que para ingresar a la Academia francesa hay que solicitarlo. Odio tener que pedir algo. Y esa cosa de hacer sonar unas campanas me parece detestable… Yo obtuve el Gran Premio de la Academia francesa antes de recibir el premio Goncourt por lo que no estaba tan mal colocado. Pero ese uniforme, y la espada, y los discursos… ¡Ah, no! En la Academia Goncourt uno se encuentra entre compañeros, y en el más preciso sentido de la palabra, comemos juntos. La comida juega un papel determinante. Podemos sentarnos alrededor de una mesa pues sólo somos diez y no cuarenta, de manera que nadie puede ignorar al otro. Y luego está la bola negra…

¿La bola negra?
Sí. De ahí la frase: echar una bola negra. Cuando hay una elección, si uno de nosotros dice “bola negra” en contra de un posible reemplazante, se elimina a éste automáticamente. Esto quiere decir: no quiero compartir una comida con Fulano. Y todo el mundo debe respetar esa elección. Como usted ve, la Academia Goncourt es un grupo de amigos. No hay trucos sucios como en la Academia Francesa. ¿Sabía usted que tal convivialidad casi le costó su ingreso a Emmanuel Robles? Cuando hubo que decidir si entraba, alguien se acordó de que él no bebía vino. ¡Eso hizo que de inmediato se le restaran votos a su favor y fue elegido apenas con los votos suficientes! La literatura y el vino, créame, hacen muy buena pareja.

—Traducción de Rafael Vargas


1 El párrafo pertenece a El genio del cristianismo. Cito la traducción al español de Torcuato Torio de la Riva, en el tomo IV de dicha obra, impresa por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M., Madrid, 1818. [t.]

2 En realidad, Roger Nimier, nacido en 1925, publicó su primera novela, Les Épées (Las espadas) a los 23 años de edad, aunque a los 18 escribió una novela, plenamente autobiográfica, que se publicó de manera póstuma: L’Étrangère (El extranjero). Y no murió a los 33, sino a los 37 años, conduciendo un Aston Martín. Aunque su nombre no nos resulte familiar, en México muchos espectadores de cine hemos disfrutado de un excelente trabajo suyo: el guión de Ascensor para el cadalso, la película que su amigo Louis Malle realizó en 1958. [t.]

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Publicado en: Ciudad de libros