El escaldo Egill Skallagrímsson es uno de los pocos antihéroes en las sagas de familia, que son la más popular expresión literaria islandesa. En la Saga que protagoniza, en medio de hachazos fallidos y brujas que echan maldiciones, Egill pierde a dos de sus hijos: el predilecto muere ahogado en una tormenta mientras que el otro, un joven enfermizo mucho menos apreciado por el padre, es víctima de una fiebre mortífera. Uno de los descendientes restantes de Egill (los historiadores dicen que su hija) lo apremia a escribir Sonatorrek. Este lamento, cuyo título en nórdico antiguo se traduce al español como “Pérdida de los hijos” o “Venganza negada”, es uno de los más antiguos registros sobre los deshijados en la literatura universal.

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Cualquier cadáver de Geney Beltrán Félix, que obtuvo el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima por Obra Publicada 2015, es una novela que se inscribe en esta dolorosa (e irónicamente redentora) temática. Beltrán Félix nos coloca en un país donde la provincia es la “tierra podrida” y la memoria es un espejismo. Emarvi, el abatido protagonista, es el vivo retrato de la violencia interiorizada en un país hecho pedazos que hace pedazos a todos los que habitan en él: “Esta tierra no existe. Es una ficción ominosa, nos vomita, y aprisiona, y escarnece. Nos da nada, nos aplasta. Y con ella hacemos lo mismo: rencor, desdén, mentira de ida y vuelta. Somos demasiados malviviendo en un país que no existe”. Vencido por el asco, Emarvi se debate entre la maravilla y el horror de ser padre en un país de padres sin hijos por extinción obligada porque se los roban, los desaparecen, los matan. Y, un mal día, le toca a él. Su hijo de siete años es secuestrado y, como muchos de sus compatriotas, se convierte en un deshijado. Los datos biográficos empeoran. Emarvi ha sufrido el suicidio de su padre y la muerte reciente de su hermana, la Arinde. Es un hombre cautivo en una prisión que todos reconocemos: los eternos anhelos que no aventajan a nuestra realidad. Emarvi especula morboso que, ya sin un hijo, puede cumplir los planes que construyó detenidamente a lo largo de varios años antes de ser padre. Sus sueños, de pronto y por mano ajena, ya no tienen impedimento alguno. Desde la extrañeza ante su propio nombre, Emarvi no es un ser colectivo: es un individuo con rasgos de sociópata. 

Cualquier cádaver es una novela incómoda. Emarvi se descubre como un ser mezquino. La muerte del hijo ha convulsionado su aburrida vida. Llora desconsolado por esta muerte, pero también se alegra por haber escapado de la vida vegetal a la que son reducidos los padres con y por los hijos. Quiere ser un macho, pero se escuda en las faldas de su madre como si fueran un refugio sagrado. Se muestra cobarde, pero celebra su vileza. Dice que es indefenso sin dejar de ser sumamente cruel. Se revela apático pero se venga de lo sucedido con otros, los no culpables. Ya no es un padre ausente sino un padre sin hijo. Emarvi, deshijado, tiene un nuevo destino: enfrentarse a la vida y eso implica un largo viaje hacia lo que más odia: él mismo.

La escritura es una compensación por el hijo fallecido. El desencuentro de Emarvi con las palabras expresa su pena pero no logra reconciliarse consigo mismo. Las palabras que escribe lo retratan como un ser frío y más de una vez presentan una brutalidad inusual: este es el retrato de una conciencia moral que, sin libertad, no puede asumirse como responsabilidad. Emarvi se enfrenta con el proceso culpígeno de la escritura y la hoja en blanco es su juicio sumario: “El día que todos callen, cuando nadie piense ni fabule, el día del silencio: ese día la raíz quedará limpia, y los hijos nacerán con altos cuerpos invictos. Y no habrá nadie”. El impostor, ese enemigo del país que Beltrán Félix nos hace imaginar, es Emarvi, quien compadecemos y nos desagrada también porque no hay exoneración para él y mucho menos para el país que habita, a menos que ambos desaparezcan de la faz de la tierra.

Emarvi es un personaje que insistimos en desconocer porque le tememos. Emarvi es cualquiera de nosotros y él no es precisamente una víctima. Más que un recurso literario, este es un nombre impropio que declara que Cualquier cadáver es una ficción valiente que construye sus propias reglas. Beltrán Félix conjuga magistralmente diversos estilos narrativos para alcanzar tonos que se perciben como el estado mental continuamente alterado del protagonista. Esta estructura compleja pone en evidencia a Beltrán Félix como un narrador inteligente y arriesgado, que no se permite concesiones.

Cualquier cadáver es la historia de una pérdida irreparable que no es solamente la de Emarvi, sino la de un país que nos pierde a nosotros, sus hijos. En la medición de los hechos, el país de Cualquier cadáver es un escenario contrafactual. Acaso una estimación de lo que pudo haber sucedido en 2005. Pero, al terminar mi lectura, me cuestiono si hablamos de un país imaginario. Considero que Cualquier cadáver es una novela con tintes realistas del apocalipsis en el que vivimos. ¿Es posible tener a un México más extremo que el nuestro? No podemos imponer nuestro entendimiento de lo verosímil a lo que leemos. El tiempo dirá si Cualquier cadáver transforma nuestra visión de la realidad.

Geney Beltrán Félix, Cualquier cadáver, Cal y arena, 2014, 232 pp.