Quienes crecimos con Harry Potter en los años 2000 lo reconocemos como el Profesor Snape, pero él, Alán Rickman, ya tenía una carrera en el teatro, nominado y premiado por su trabajo en teatro, cine y televisión. Quienes trabajaron con él, sus ex compañeros actores, lo recuerdan con mensajes de agradecimiento y admiración. Fue un hombre increíblemente generoso en su trabajo que marcó, no solo a una generación de jóvenes lectores y ávidos del cine, sino a muchísimos actores.

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Además de su trabajo como actor y director, Alan Rickman fue un hombre comprometido con la educación y profesionalización de actores. Egresado de la Royal Academy of Dramatic Arts, desde 1993 fue parte del consejo del conservatorio en el cual fungía como vice presidente.

En homenaje, recomiendo la entrevista que Muse of Fire ―producción educacional del Shakespeare’s Globe― le hizo al señor Rickman en el año 2014. Dura cincuenta minutos y es un enjambre de  lecciones sobre el quehacer actoral, narrado en la voz grave que lo caracterizó. En ella habla con maestría y profundo amor hacia su profesión. Entrada la media hora, se refiere con nostalgia del estado actual de las cosas para esta generación de jóvenes actores:

“Me deprime que no sea fácil para la gente joven ir al teatro. Necesita ser más barato, necesita ser una prioridad, necesita ser más fácil para los maestros llevar a sus alumnos al teatro. Aquellos que trabajan en teatro, le dedican sus tardes a ensayar y hay mucho trabajo que no se paga. Y el teatro necesita seguir siendo una fuerza social relevante. Pero sí ha cambiado mucho: hay obras que se presentan en el West End con nombres de televisión en la marquesina. Entonces, la noción de desarrollar una carrera actoral sostenida por el teatro es muy difícil de mantener. Porque los actores hoy no tienen un sindicato fuerte y no tienen un sistema de repertorio en el cual ser malos actores, del cual aprender, en el cual ejercitarse. Hay un prejuicio inmediato para los actores de veinte, veintiún años. Para quienes salir de la escuela de actuación, si es que fueron a una escuela de actuación, implica entrar a un mundo que les dice: “Tú también puedes ser una estrella de cine. Mañana.” Y sí pueden. Pero también puede que la carrera los abandone tres años después. Y no existe nada: ni el sindicato, ni el sistema de repertorio que les dé el apoyo necesario, que los sostenga, que los haga sentir: “De aquí me detengo.” Como si fueran barandales. Pero el mundo cambia, y no puede uno regresarlo a como era antes. Aun así, de vez en cuando vas al teatro y sales diciendo, “qué actual, qué relevante, qué apasionante, cuánta disciplina.””

Comparte su experiencia y sus inquietudes de cuando entrenó como actor,  la convivencia con su grupo y sus maestros durante la carrera. Cuenta la anécdota de cuando hizo a Hamlet, y cómo la primera vez que corrió la obra, maldijo a Shakespeare pues sentía que solo tres segundos después del primer soliloquio, venía el otro y luego aquel y luego el otro… Describe cuando tuvo la responsabilidad como director de escena, de heredar su forma de pensar el teatro “emocionalmente desnudo” de Strindberg. Su carrera es una amplísima, riquísima, consciente de las dificultades y retos que enfrenta el actor; la tenacidad que un actor requiere si busca actuar con verdad al hacer una temporada larga  de teatro; del silencio y quietud que se hace en el público justo antes de un soliloquio shakesperiano conocido, como “To be or not to be” u “All the World’s a Stage”. En un momento dado, dice: “What the hell are you doing up on a stage, anyway? What’s the point of it?”: “¿Qué haces arriba de un escenario? ¿Qué sentido tiene?”

Gracias por las sabias lecciones, Alan Rickman.