Seguimos haciéndonos daño, seguimos matándonos los unos a los otros […] seguimos fabricando armas, seguimos cometiendo atentados, seguimos atentando contra toda lógica. Evolucionemos, amemos, follemos. […] Que los gritos de cada orgasmo sustituyan a los gritos del hambre y la desesperación.
Nacho Vidal, “Follemos”
Una de las preguntas que debemos hacernos actualmente es cómo hacerle frente a la compleja realidad que nos ofrece el mundo. A mi juicio, estamos en un momento en el que, como diría D. H. Lawrence, “nadie parece muy convencido de nada excepto de que todo es demasiado complicado”. Pareciéramos estar anestesiados, drogados, imposibilitados, desarmados frente al capital, como si estuviéramos condenados a seguir viviendo por siempre bajo su yugo. Cuesta mucho trabajo pensar en un proyecto político de aliento colectivo, precisamente porque el último de ellos, el socialismo revolucionario, tras haber sido desvirtuado por la realidad, cayó en el ocaso del siglo pasado para dar lugar al «reino de la libertad individual». Por tanto, todo aquello que huela a revolución social es desacreditado de inmediato por su asociación con el fantasma del totalitarismo. Las utopías ya no tienen cabida. Eso parece, al menos.

Ante esta imposibilidad de pensar en una vida distinta desde lo colectivo se impone, pues, la necesidad de hacerlo desde otros ángulos, lo individual o lo microfísico, por ejemplo. Aquí, el arte y la literatura pueden ser de mucha ayuda. El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, es un estupendo ejemplo. Publicada en 1928, la novela narra la historia del triángulo amoroso que se establece entre Clifford, un acaudalado empresario minero con parálisis corporal de la cintura para abajo, su esposa Connie, y Mellors, su guardabosque. Más allá de las dinámicas de deseo, celos, pasión, poder, etcétera, propias de todas las relaciones amorosas, la novela es muy pertinente porque, además de erigirse como una severa crítica de la modernidad y del mundo industrializado, propone como salida a ello la cosa más natural y placentera en la vida de los hombres: el sexo.
Al igual que su compatriota Jeremy Deller, aunque con más de ochenta años de anticipación, Lawrence parece decir: “I Blame the Industrial Revolution”. “Los hombres —nos dice— se han convertido en insectos para el trabajo y se les ha arrebatado toda su humanidad y toda su vida real”. Su única preocupación en la vida y, por consiguiente, el gran cáncer que los devora, es el dinero: el poco que se gana para uno mismo y el mucho que se gana para los jefes. Se tenga o no se tenga —“te envenena cuando lo tienes y te mata de hambre cuando no lo tienes”—, el dinero juega un papel central en la vida de los hombres. Ésta depende por completo de gastarlo y, por tanto, de hacer lo necesario para tenerlo, es decir, de trabajar al máximo, dejando a un lado el ocio, la contemplación, el pensamiento, el goce. La frialdad del cálculo racional, del dinero y de la máquina han acabado por aniquilar los sentimientos humanos, rompiendo los lazos afectivos y enfrentando a los hombres entre sí: “Si seguimos a este ritmo, dentro de cien años no quedarán ni diez mil personas en esta isla: puede que ni siquiera diez. Se habrán matado tiernamente entre ellos”, señala Mellors, para luego concluir: “¡Vienen malos tiempos, muchachos, malos tiempos! Si las cosas siguen como van, en el futuro no habrá más que muerte y destrucción para las masas industriales”.
Las predicciones de Lawrence son hoy una realidad. “La Batalla de Orgreave”, video realizado por Deller en 2001, en el que recrea la represión infligida al sindicato de mineros por parte de las fuerzas policiales a cargo de Margaret Thatcher en 1984, que habría de marcar la derrota del sindicalismo británico y el ascenso del neoliberalismo, es tan sólo un ejemplo de su confirmación. Desempleo, pobreza, alcoholismo, drogadicción y desarticulación social componen hoy el oscuro paisaje de los antiguos barrios británicos de clase trabajadora. Pero a diferencia del “Hope I Die” que se aprecia en una de las piezas de Deller —que estarán expuestas hasta finales de marzo en el MUAC—, y que bien pudiera ser el mantra de una sociedad de individuos insatisfechos, agotados y deprimidos por la falta de trabajo o porque, en caso de tenerlo, nunca retribuye suficiente dinero, Lawrence nos devuelve el amor a la vida, otorgando al sexo un carácter redentor, muy pertinente para nuestra época porque es natural, es placentero, no requiere de un más allá y parte de un nivel micro y cotidiano de las relaciones entre los individuos.
A la destrucción del goce propia del mundo industrial —magistralmente simbolizada por la impotencia de Clifford y su prótesis tecnológica, la silla de ruedas automática—, en el que lo único que vale es la maximización del rendimiento económico, Lawrence opone el mundo natural del guardabosque, lleno de animales, plantas, lluvia, aromas, exuberancia, belleza, ternura y sexo. Es a ese mundo al que poco a poco irá adentrándose Connie, quien será capaz de romper las ataduras sociales, económicas y familiares de su época, para, en una especie de reencuentro con la naturaleza, quemar las falsas vergüenzas, aprender a disfrutar plenamente de su cuerpo y vivir en carne propia los misterios del placer sexual.
Lo que Lawrence nos transmite en su novela es, pues, que la vida está más allá del dinero, y que hay que aprovecharla y disfrutarla. “Vivamos para otra cosa —señala—. No vivamos para hacer dinero, ni para nosotros ni para otros. Acabemos de una vez con eso. No hace falta que nos matemos para conseguirlo. Hagámoslo poco a poco. Abandonemos paso a paso la vida industrial y regresemos a la vida anterior. Con un poco de dinero es suficiente […] Basta con hacerse a la idea sin escándalo”. Este “regreso a la vida anterior” pasa por la recuperación de todo aquello que nos hace humanos, el sexo incluido desde luego, pero también el amor, la solidaridad, la calidez. Si en lugar de esperar la llegada de una nueva religión o una nueva ideología capaz de dar un giro a la dinámica del mundo actual, empezamos por recuperar desde lo individual esa “humanidad” trastornada por los principios y la dinámica de la modernidad capitalista, tal vez podamos tener una vida mejor como individuos y, a la larga, reconfigurarnos como sociedad. Recuperemos la capacidad de gozar de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y sus alcances. Más sexo, menos trabajo. Podemos empezar por ahí.