En este día es costumbre expresar buenos deseos y decir, de palabra o por escrito, a todos los amigos, que su dicha es la nuestra y que, por ser ellos venturosos, nos harán felices. Bien, es verdad, que esos buenos deseos se cruzan en el camino, van como a traernos otros, y aún cree alguien que si no se nos devuelven, a modo de volantes de raqueta, pierden su eficacia y su recóndita virtud. Si tal es cierto, mengua mucho en mérito el buen deseo, no porque el egoísmo bien entendido sea criminoso o reprobado, sino porque el hombre debe no dudar que cuando hace o desea a otros algo bueno, acción o pensamiento redundan necesariamente en bien de él. La mayor recompensa de las buenas obras y de los buenos propósitos está en haber poseído la facultad de cumplir el bien o de intentar cumplirlo.

La frase de estampilla, el deseo a usted un feliz año, me parece, amén de banal, algo egoísta. En ese deseo a usted va el yo en traje de visita. Podrá haber algún descontentadizo, algún ingrato que conteste: –¿Qué gano yo con que esa persona me desee felicidades? Ser bueno es ser útil para uno mismo pero ser útil es ser bueno para los demás. Mejor sería que me dijeran: –Ayudaré a usted en cuanto pueda procurando por su dicha. O bien: –Me esforzaré en consolar a usted si, por desgracia, sufre. De ambas maneras me expresarían una voluntad activa, no el deseo impotente de quien deja a Dios o al Destino todo el trabajo de la vida.

Por lo mismo, paréceme mucho más elocuente esta frase que nadie emplea: –Quiero que usted sea feliz y que usted quiera serlo. Ella indica mi decisión de hacer cuanto pueda en bien de la persona querida y revela mi confianza en la eficacia de la voluntad. Digo a ese amigo que tenga confianza  en sí propio, robustezco su fe, escribo en un lábaro el in hoc signo vinces: no le doy un bonito juguete para que lo vea, sino un soldado más para sus filas. Y ese soldado soy yo, yo que creo en mi amigo y le pronostico la victoria.

Mas para querer y procurar que otro sea feliz, precisa definir claramente la felicidad. Sobre ésta que es el fin anhelado por todos los humanos, hay diversos pareceres. Suponen algunos tan grande a la dicha, que no cabe en el mundo. Otros la imaginan tan múltiple y diversa que la vida no basta para reunir sus elementos componentes. Así que, al decir a alguien sea usted feliz, no sabemos en realidad lo que deseamos. ¿Qué es ser feliz? Para el místico ferviente, para uno de esos santos cuyos hechos registra el Legendario, padecer es gozar. Ese es feliz porque piensa que va a serlo. Para el que no cree en la vida futura, la dicha consiste en disfrutar la mayor suma de placeres que ésta proporciona. De los primeros nada digo: son realmente felices. Aunque se engañaran, aunque no hubiera recompensa para ellos, aunque volvieran a la nada, habrían sido venturosos en la tierra por la fe y la esperanza. Y después, en el absoluto aniquilamiento, no hay infortunios posibles: por manera que ellos no llegarían a saber lo vano de la dicha que, sufriendo, gozaron, ni a echar de menos los desperdiciados placeres terrenales.

Hablo, pues, de los que no poseen esa virtud poderosa del creyente, en su mayor intensidad: de los que, aun esperando la bienaventuranza, anhelan el bienestar en esta vida y de los que no aguardan premio alguno después de la muerte. A ellos es a los que deseamos felicidades y con ellos tenemos de entendernos sobre el verdadero concepto de la dicha.

No se es dichoso como se es abogado, médico o ingeniero. La felicidad no es una profesión con sus respectivos estudios preparatorios y su determinada serie de cursos. No podemos decir: éste es feliz porque está sano; ese porque ama y es amado; aquél porque posee mucho dinero. Ni sumando la fortuna, el amor y la salud resulta siempre la felicidad. Somos muy codiciosos, aspiramos a adquirir todo y cuando poseemos lo que llamamos todo ayer, caemos en cuenta de que a ese todo le falta mucho todavía. Considerada así, la felicidad es perennemente la casa ajena. Más bien dicho: la casa de enfrente, porque si nos mudamos a la que antes era de otro, creemos que la ventura se quedó en la que dejamos: ¡siempre la de enfrente!

gutierrez-najera

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Publicado en: Crónica, Ensayo literario