Estoy en la cena prenavideña con mis roomies. La chica frente a la que estoy sentado se pone de pie para tomar una foto de la escena y cuando se vuelve a sentar hace algo extraño: sostiene el teléfono demasiado lejos y demasiado arriba, volteando hacia ella, y lo mira fijamente con una sonrisa semiabierta que congela por unos segundos. Me toma un momento reaccionar y salto un poco. Ver a cualquier persona tomarse una selfie o una foto de su comida me provoca siempre la sensación incómoda de presenciar algo que no debe ser visto: un acto de extrema intimidad y ligera repulsión, a medio camino entre abrir la puerta del baño y cachar a alguien sentado y ver un making of.

En una secuencia de El discreto encanto de la burguesía, Luis Buñuel imagina un mundo en donde lo que no debe ser visto y lo que sí, están invertidos: en una reunión entre amigos, lo público es cagar en grupo alrededor de una mesa y lo privado es comer solo y a prisa en una habitación minúscula. La escena es tan natural, que de inmediato se acostumbra uno. La diferencia entre lo público y lo privado no es tanto qué haces sino en dónde, y tal vez, para qué. Un hipótesis sobre el para qué es que lo que hacemos en privado es prepararnos para presentarnos en público, de lo cual surge una hipótesis para el dónde: lo privado es lo que hacemos tras bambalinas, encerrados en una habitación minúscula o tras un biombo, mientras que lo público lo hacemos frente a una audiencia.

Pero, ¿por qué el ocultamiento de lo privado? ¿Por qué le prohibimos el paso al baño, a la sala de edición o al camerino, a la misma audiencia que después nos verá bañados y peinados, verá la película terminada o verá al actor ya en personaje? Algunos filósofos han explicado esta especie de permanente puesta en escena en términos más o menos similares: Jean Baudrillard propone la idea de la mercantilización de la vida social, en la que la persona misma se convierte en un producto para ser vendido y por eso tiene que estar bien presentado; por otro lado, Gilles Lipovetsky habla de la estetización de la vida cotidiana, en la que toda experiencia es diseñada como una experiencia estética, también en respuesta a las exigencias del mercado. Los dos tienen en mente un interés económico; mi roomie se toma una selfie con el mismo fin que Coca Cola pone un árbol de Navidad en Reforma: maximizar su capital (social en el primer caso, financiero en el segundo).

selfie

Yo pienso que tal vez haya una razón más fundamental. El filósofo Alasdair MacIntyre sugiere que hay una necesidad humana que precede el interés económico: la necesidad de narrar no sólo para contar la vida, sino para vivirla. Según MacIntyre, la idea de la narrativa dirige nuestra vida a tres niveles: al nivel de emprender nuestras acciones (vivir), al nivel de comprender las acciones de los otros (entender cómo viven), y al nivel de dar unidad a la vida (dar sentido a nuestra vida y a la de los otros). El primer nivel significa que, cada vez que me pregunto qué hacer, tácitamente tengo que preguntarme de qué historias soy protagonista o coprotagonista y decidir en virtud de eso; hacemos lo que hacemos dependiendo de qué personaje somos. En el caso de decidir qué periódico leer, por ejemplo: si soy un millenial, me entero de las noticias por Facebook; si soy un profesor universitario de la UNAM, compro la Jornada. Y si un millenial compra la Jornada o un profesor se la pasa en Facebook, entonces parece que los personajes no cuadran. Esto explica el segundo nivel: sólo podemos entender lo que hace el otro en virtud de qué personaje es y en qué historias participa. Con mi familia formo parte de una historia y con mis amigos de otra, y me comporto de manera distinta en el primer personaje (el hijo pródigo o el rebelde) que en el segundo (el nerd, el fiestero, el mejor amigo). El tercer nivel, el de la unidad, significa que, por un lado, le damos sentido a la vida de alguien más en virtud de la unidad coherente que podemos leer en los fragmentos que conocemos de ella y, por otro, que nosotros mismos vivimos construyendo una narración coherente. “La unidad de una vida humana es la unidad de una búsqueda narrativa”: entendemos nuestra propia vida en virtud de la trayectoria del personaje que buscamos ser.

Tiene sentido. La idea del ser humano como storytelling animal está de moda, y explica tendencias en industrias como la publicidad, los negocios y la administración. Además, ¿no es bastante atractiva por sí misma? Pensar que somos personajes que se construyen a sí mismos y que vivimos historias que serán leídas por los otros es justificar casi biológicamente la urgencia de la literatura: nacemos para narrar y para leer.

Escribió Sartre: “un hombre siempre es un narrador de historias, vive rodeado de sus historias y de las historias de los otros, ve todo lo que le sucede a través de ellas, y busca vivir su vida como si la contara”. Pics or it didn’t happen: Sartre parecería concordar con MacIntyre, pero algo de esto no lo convencía. Debió preguntarse, sentado en el Café de Flore: ¿realmente voy a contarle a alguien de esta taza de café que estoy tomando ahora? ¿Cuento todo lo que hago y hago todo para contarlo? Entonces escribió también: “pero hay que elegir: vivir o narrar.” O disfrutas el café o lo pones en Instagram.

Esto último es más o menos lo que el filósofo Bernard Williams sostiene en contra de la idea de la vida narrada. Mientras MacIntyre piensa que la unidad de una vida real es igual a la unidad de una vida ficticia, Williams piensa que la diferencia fundamental entre los personajes ficticios de la literatura y los “personajes reales” que somos nosotros, es que sus vidas están completas desde el inicio y las nuestras no. Es decir, ellos no tienen que hacerse cargo de su futuro. Según Williams, MacIntyre olvida el pequeño detalle de que la vida se entiende hacia atrás pero se vive hacia delante, y en el momento de tomar una decisión, los seres humanos no nos detenemos a pensar en qué resultado le convendría más a la coherencia narrativa de nuestra historia. Es verdad que a veces podemos detenernos a consultar qué decisión iría mejor con el “estilo” de vida que hasta ese momento hemos llevado, pero para que ese estilo haya surgido, debimos haber empezado a vivir obedeciendo razones más fundamentales que lo que le convendría a nuestra figura pública: pensando solamente nuestras creencias y deseos primarios. De hecho, dice Williams, vivir en referencia a la coherencia de nuestro personaje resultaría en un estilo inauténtico, distinto del que había surgido originalmente, como cuando intentar hacer metódicamente algo que normalmente harías de manera natural lo vuelve más difícil. Piensa en cómo te ves cuando caminas y te vas a tropezar.

Pero Williams escribió esto hace seis años (a la edad de ochenta), y yo podría apostar que hace seis años la cantidad de selfies en el mundo era la mitad de la de hoy. ¿Podemos concluir, entonces, que ahora narramos más que antes? El filósofo J. David Velleman explicaría esta desafortunada multiplicación de autorretratos con un argumento parecido al de MacIntyre, pero menos radical. Según Velleman, los seres humanos construimos una figura pública naturalmente para darle sentido a nuestras vidas, no como un personaje en una narración sino como una imagen legible que nosotros mismos podamos interpretar para comprendernos como individuos con agencia. Incluso Robinson Crusoe, aislado de cualquier audiencia, necesita construir una presentación de sí mismo para sí mismo con el fin de monitorear y controlar su vida. De esta necesidad de inteligibilidad se deriva la distinción entre lo público y lo privado, porque para ser inteligibles debemos construir una figura pública, y para hacer eso debemos seleccionar qué de nuestra vida exponemos y qué ocultamos. Lo privado es lo que ocultamos no porque nos parezca malo o vergonzoso, sino porque es lo que decidimos que no contribuye a nuestra presentación y, en consecuencia, no contribuye a afianzar nuestro sentido de agencia. Pero decidir qué es público y qué no, depende enormemente de la cultura. Tener sexo e ir al baño, por ejemplo, en apariencia son  actividades esencialmente privadas, pero pueden ser públicas en otros mundos: en el real de la tribu Trobriand de Nueva Guinea y en el ficticio de la película de Buñuel, respectivamente.

La epidemia de selfies, diría Velleman, obedece a la creciente reducción del terreno de lo privado. Aunque él no hace este salto, yo calculo que esta reducción está relacionada con el incremento monstruoso de medios para controlar nuestra figura pública: Facebook, Instagram, Twitter. Si controlar lo que mostramos es una urgencia inevitable (ya sea porque necesitamos narrar, como dice Williams, o porque necesitamos hacernos legibles, como dice Velleman), la explosión de las redes sociales sólo significa una explosión de las oportunidades para satisfacer esa urgencia. Frente al diagnóstico de una sociedad cada vez más exhibicionista, Velleman dice que no nos haría daño un poquito más de filtro. Eso lo escribió hace catorce años; hoy, me imagino que protestaría contra maravillas del lenguaje como los hasthags del tipo #wokeuplikethis, #instamood, #life, #me. Yo no estaría de acuerdo: él mismo piensa que todo el mundo tiene el derecho de exhibir lo que considere justo. Pero así como aquello que califica de público o privado puede variar entre culturas, también puede variar entre personas, y, cuando cache a alguien tomándose una selfie, yo me seguiré sintiendo igual de incómodo que como si lo cachara accidentalmente en ropa interior. (Y si es con duckface, como si lo cachara viendo porno.)

 

 

2 comentarios en “Filosofía de la selfie

  1. Qué tal Emma ni el, al igual que a ti, a mi también me incómoda ver personas tomándose series, considero que con la explosión de las redes sociales se ha generado una especie de “exhibicionismo emocional”, una gran necesidad de aceptación que las redes sociales permiten difundir, conozco personas que su vida gira en función a cuantos “likes” reciben sus fotografías o publicaciones, no pueden despegarse se su celular un instante, revisando la aceptación de sus publicaciones, esto creo que siempre ha existido, ahora solo las redes sociales lo llevan a su máxima expresión.