En los últimos diez años, Antonio Ortuño (1976, Zapopan) ha pasado de ser una joven promesa de la narrativa mexicana a uno de sus más reconocidos expositores contemporáneos. Después de La fila india, publicada hace un par de años con amplio reconocimiento, Ortuño vuelve al ataque con Méjico (Oceano), su novela más ambiciosa a la fecha y, al mismo tiempo, la más personal. En ella, el autor parte de la historia de sus abuelos, exiliados españoles que llegaron a nuestro país huyendo de los horrores del franquismo, para ofrecer un contrapunto de voces y registros que recorren décadas y territorios distintos.
En esta conversación –llevada a cabo en el marco de la presentación de Méjico en la FIL Guadalajara– Ortuño no sólo habla sobre los orígenes de la novela y su proceso de escritura, sino también sobre la fama y el medio cultural mexicano.

Juan Pablo García Moreno: Intuyo de tu libro —cuando escribes sobre las tías contando la mismas historias familiares que ya todos conocían— que es una novela que llevabas escribiendo prácticamente toda tu vida. ¿Son las historias fundacionales de tu familia?
Antonio Ortuño: Sí, por supuesto y lo dices muy bien. Incluso voy a cambiar mi discurso porque estaba diciendo que llevaba ocho años escribiéndolo, en la práctica: del momento en el que empecé a escribir parte de esta historia y fracasé en varias ocasiones haciéndolo pasaron ocho años. Pero la realidad es que llevo con estas historias toda mi vida porque con eso crecí. Cuando estaba en la preparatoria un maestro de redacción nos decía que escribir era muy fácil, pero que teníamos que aprender a escuchar las historias de nuestras abuelas. Claro, este hombre era un devoto, no de Rulfo, sino del rulfianismo entendido en unos términos bastante pintorescos. De todas maneras tenía una forma de cortocircuito con esta visión telúrica, ridículamente telúrica que daban en la escuela. Como si todos tuviéramos a la abuelita del sur de Jalisco, de los Altos, que nos fuera a contar sobre la revolución, o sobre la Cristiada, o sobre cómo perdieron el rancho –porque en realidad todas son la historia de cómo perdieron el rancho.
Mi familia nunca había tenido un rancho y las historias eran de bombardeos, racionamientos, el campo de concentración por el que pasaron mis tíos, la caída de la República en Valencia —lugar en donde nació mi madre por accidente porque iban huyendo los republicanos y fue la última plaza en caer. Y desde luego, la llegada a México, traumática para todos los involucrados. Todo un hito anecdótico que no se parecía en nada al de mis amigos. Además nací y crecí una ciudad en la que prácticamente no había gente del exilio español, no era como en la ciudad de México, incluso Puebla o Veracruz, en donde son otro de los grupos de migrantes como los libaneses o los sirios. Para para mis amigos esas referencias eran tan raras como si yo hubiera sido descendiente de chinos.
Además crecí en una familia que era muy cerrada; a la edad que tenían era ya prácticamente imposible que se integraran de cualquier modo. Lo que existía era un cortocircuito entre la manera en la que se hablaba, se comía y se entendía el mundo en mi casa, y lo que me topaba en la escuela y en la calle. De alguna manera escribí el libro como un intento de recordar la época en la que todo aquello me sacaba de quicio y me llegaba a resultar casi chocante.
JPGM: ¿Entonces por qué escribiste esta historia hasta ahora?
AO: Porque no tuve las herramientas narrativas para hacerlo antes. Si lo hubiera podido escribir de manera lineal desde el momento en el que me senté a escribirlo la primera vez, habría sido mi segunda novela, inmediatamente después de El buscador de cabezas, y eso que se escribió a la par de Recursos humanos. Ya desde aquella época intenté escribir Méjico y la tuve que estacionar porque no salía como yo quería. Tenía que aprender muchas más cosas de las posibilidades del lenguaje antes de emprender un libro como el que quería. En una época en la que todavía estaba bastante sano Daniel Sada, conviví un poco con él y me ayudó a entender qué era lo que pasaba y porqué fracasaba con el libro. Sada me dijo algo que era esencial: no podía narrar la historia que quería con un tono homogéneo, porque corría demasiadas épocas y demasiadas geografías y el lenguaje también tenía que hacer ese recorrido porque de otra manera sería algo absolutamente artificial. Pero eso el narrador que era en ese momento no lo podía hacer, lo intentaba y fracasaba.
Seguí empezando construir estos dos neolenguajes en los que está escrito el libro: por un lado esta suerte de postgachupín imaginario que es muy libresco, pero que además recupera muchas palabras, expresiones, hasta fragmentos de canciones que salen de ese mismo nucleo de las historias familiares. Eso me ayudó a radicalizar en términos de composición hacia un lenguaje mucho más permeado del lenguaje coloquial mexicano, la historia contraria, la mexicana, digamos de la novela.
JPGM: ¿Sentiste a lo largo de tu vida que la violencia de tus antepasados te perseguía o te oprimía por la repetición de las historias de la catástrofe?
AO: Recuerdo una anécdota muy rara de cuando era niño. Un día estábamos en la kermés de la escuela de mis hermanos, y había otro par de familias más que también tenían exiliados. Un hermano mío —mis hermanos son bastante mayores que yo— supongo para inquietarme, me dijo que, como nos habíamos juntado los descendientes españoles de la ciudad, iban a llegar los franquistas que habían bombardeado a mi abuela. Que iban a llegar ahí e iban a hacer un baño de sangre con nosotros.
Yo tendría unos 4 años, y me asustaba en serio; uno tiene que quedar marcado por esas cosas que contaba mi abuela: los bombardeos, los racionamientos, el comercio negro, las hambrunas que hubo en España inmediatamente después de la Guerra, que fueron bestiales, y la propia violencia. Mi abuelo, en cambio, era mucho más parco. Había estado en el frente. No contaba casi nada. Se había hecho muy burlesco y era un tipo en cierta medida encerrado. En cambio mi abuela contaba historias muy coloridas; su hermana, mi tía, se sabía todos los cuplés obscenos. En un relato de Joel Coen, uno de los hermanos Coen, cuenta que su hermano le decía a él que iban a regresar los nazis a terminar el trabajo ahí en la kermés del kinder. Cuando lo leí, después de reír muchísimo, tuve un dejo de angustia porque crecí con algo que mi madre todavía tenía en la cabeza aunque hubieran pasado 40 años después de que hubiera llegado. Su vida seguía girando en torno a eso y a la lejanía con España. Además mis padres estaban divorciados. A mi padre no lo vi durante casi 18 años, así que no hubo una especie de contrapeso, y cuando finalmente comenzamos a tratarnos, resultó que le iba a los pumas, por lo que no hubo la posibilidad de un entendimiento profundo.
JPGM: ¿Cómo conviviste con la doble identidad que mencionas en el libro? Con ser llamado el pinche gachupín.
AO: Es algo que me tocó mucho más rebajado en cierta medida; desde luego fue mucho más duro para mi mamá. Mi mamá quería mucho a México y cantaba canciones de Jorge Negrete, era la única que bebía caballitos de tequila y durante mucho tiempo fue la única de la familia que compró las tortillas que mi abuela sencillamente no entendía cómo usar. Pero jamás se nacionalizó en 70 años que pasó en este país. Murió el año pasado y murió seseando, y hablaba como si se hubiera bajado del barco el día anterior. Y sin embargo, cuando volvió a España, le enorgullecía que era la prima mexicana. A mí me tocó algo mucho más light. Como me había enseñado a leer mi abuela, pronunciaba las ces y las zetas —cuando entré a primaria se me quitó en 15 pinches minutos que me callaron a zapes.
En México 86 casi soy linchado en dos ocasiones, casi nos matan en el estadio. Todos los chivas que eran con los que comulgaba cada domingo, se volvieron en mi contra como en una historia de zombis por el fanatismo brasileño, y gracias a eso odio a la selección brasileña profundamente. Cuando amanezco deprimido pongo el 7-1 de Alemania y a los 15 minutos ya estoy lleno de felicidad. Al minúsculo grupo de los que le íbamos a España casi nos lincha rodo el estadio.
JPGM: Hablando sobre el reto narrativo de encontrar una voz para cada periodo, ¿por qué elegiste una estructura no cronológica, no lineal?
AO: Lo que quería era desarrollar una especie de juego que fuera acentuando la tensión de las dos historias y, de alguna manera, estableciendo una serie de espejos, porque las dos son persecuciones que van a avanzando simultáneamente a pesar de que una hubiera pasado muchos años después de la otra.
JPGM: ¿Pero lo concebiste así?
Lo escribí en el orden que para mí era lógico: la historia de los españoles primero, en orden cronológico y después la barajé. Y después la historia de los mexicanos la escribí llenando los huecos que quedaban en el entramado. En términos estructurales tuve que entender la cronología, por eso escribí primero la parte de los españoles. También para poder mantener la coherencia del lenguaje en cada una de las historias; habría sido demasiado esquizoide brincar de una a otra. Mi intención era que la historia tuviera una suerte de clímax in crescendo con una especie de epilogo y eso no podía ir de la mano con la cronología. Habría sido algo tedioso. Se habría desequilibrado. Lo que yo buscaba era equilibrio y construir los arcos dramáticos que necesitaba la historia.
JPGM: En tus últimos dos libros te lees, en general, menos enojado, ¿estás menos enojado?
AO: No, estoy enojado de un modo distinto. Estoy amargado más que enojado. Tengo muy claro que sería muy ridículo que a mis casi 40 años escriba como un veinteañero enojado. Tenía todo el sentido que escribiera El buscador de cabezas y Recursos humanos como un veinteañero enojado, porque era un veinteañero enojado. Pero si sigo escribiendo como un veinteañero enojado a los 40 en realidad sería un impostorazo, porque ya no veo las cosas de esa manera. Se me ocurre una frase horrible, porque suena a Jodorowsky, pero digamos que la energía del lenguaje es diferente: en aquel momento era la violencia y la virulencia frontal, y ahora me parece que lo que quiero contar requiere sutileza.
Creo que la violencia y la violencia de la frontalidad es algo que voy a tener siempre, pero creo que estoy aprendiendo a administrarlo. Hay mucha gente a la que le gusta Recursos humanos porque es una especie de vómito negro que cae sin respiros sobre el lector. Me parece que está mucho mejor narrado Méjico, que es un libro mucho mayor porque tiene una paleta de lenguaje y de color infinitamente mayor. Me parece también que mi propio credo narrativo me lleva a dinamitar cosas que ya he hecho para no crear una especie de comodidad. Y lo hago, no por una especie de obsesión de mutar, sino porque mis intereses van cambiando.
En aquel momento no me importaba escribir de una manera absolutamente irresponsable, y ahora que además mis hijas han crecido, tengo un perro, ya casi soy cuarentón, lo que sigue es que me empiece a preocupar por la gastritis y la muerte. Desde luego que veo las cosas de un modo distinto, mal estaría si no. Mi banda favorita es The Clash y empezaron tocando rock ruidoso, y luego tocaron funk y tango y folk y reggae y seguían siendo The Clash. Quiero pensar que se puede hacer eso y salir vivo del intento.
JPGM: En estos 10 años desde El buscador de cabezas no sólo han cambiado tus libros, al parecer también tu vida. Desde el momento en que llegas a Guadalajara hay espectaculares anunciando el nuevo libro Antonio Ortuño. ¿Cómo convives con esto?
AO: Es raro. Pero la gente que realmente es popular aquí son los cantantes y los futbolistas. En caso de que sea una especie de popularidad, está muy acotada. Ayer justo hablaba de las complicaciones que ha causado en mi vida cotidiana el que aparezca mi cara en una portada. Pero eso me imagino que le pasa a cualquiera, le pasa a un regidor. No es un problema profundísimo e intolerable. No es algo abrumador, ni que me estorbe, ni mañana me voy a despertar creyéndome Napoleón porque salió mi cara en la portada de una revista.
JPGM: ¿Ni William Gaddis y vas a querer desaparecer?
AO: No, con todo el respeto enorme que le tengo a Gaddis, que era un novelista sensacional, tampoco es como si lo estuvieran buscando las multitudes para hacer su vida difícil. Que se preocupe Justin Bieber. Más bien corresponde a una serie de angustias personales que me parecen muy respetables. Pero yo no habría corrido a buscar a Pynchon, me conformo con leerlo —no tengo la necesidad de darle un abrazo a nadie.
Una de las ventajas es que Guadalajara el medio literario no es como el D.F., no hay nada que pelearse. Me río mucho de repente cuando muchos autores en el D.F. tienen estos rebozazos de dignidad artística y dicen: “Ah sí, claro, la autopromoción en Facebook”. Bueno, ellos están haciendo lobbying todo el puto tiempo en los bares, en los cumpleaños, en los infinitos tianguis de venta de libros independientes. Yo vivo en una ciudad en donde no hay manera de hacer lobbying literario en ninguna parte, no me interesa hacer lobbying literario. Tengo la fortuna de que ahora los editores leen mis manuscritos sin necesidad de que me les cuelgue de la manga en un coctel. Incluso tengo un agente y él se encarga de este tipo de cosas. A los editores puedo hablarles de futbol, que es de lo que me interesa hablar con los editores si no hay un manuscrito de por medio.
Me parece que la narrativa mexicana está en un momento particularmente interesante y fértil. El otro rebozazo es “no se está publicando nada interesante”. Carajo, cuándo era Atenas esto. ¿Se acuerdan de los años noventa cuando todos decían: “Ay, no escribamos de nada porque todo es panfletario”? Acuérdense de los noventa.
JPGM: O quizá el otro rebozazo: “no está comprometido con nada, está ideológicamente vacío”
AO: Caray. Estamos contemplando una especie de reality show que se llama “Quién es el más políticamente correcto”. Es inquietante en el sentido de que es bastante hipócrita. Yo sé de autores que se las dan de feministas, y en cuanto apagan la grabadora se ponen a contar en los corrillos de sus conquistas —por no meternos en cuestiones más obvias como la seudomilitancia. En cambio hay gente que milita directamente, y no hay un correlato lineal entre la escritura y la militancia. Me parece que sí hay mucho que decir sobre política y escritura pero hay muchas maneras de acercarse a una cosa y a otra. Yo no me atrevería a decir que el hecho de que una novela no trate directamente del sindicato de trabajadores del zinc indica que aquello sea solamente un eructo terminal de la burguesía. Estamos viviendo una especie de parodia de los años sesenta, y todo mundo quiere ser el black panther más black panther.
JPGM: En Twitter, además…
AO: Además en Twitter porque ni siquiera se están dando de trancazos en las calles. Me parece que lo que está bien en todo caso es que se discutan temas que no se discutían. A mí me fascina la iniciativa de #RopaSucia: de traslucir el insultante y despreciable machismo del medio cultural mexicano y que además lo hagan las directamente comprometidas por ello, que son las mujeres a las que se les niegan espacios, o se les acota, o se les acosa, o se les margina, o se les invisibiliza. Me parece estupendo, y yo no creo que eso sea “tren del mame”. También es muy fácil decir “tren del mame”. Entonces la única forma de no ser “tren del mame” es ser Hitler. Es absolutamente reaccionario: “yo no hablo de eso porque es tren del mame”. Es la pinche vida humana.
JPGM: Presenciamos la banalización simultánea de ambos lados.
AO: La banalización simultánea de los dos lados a lo mejor es natural al medio electrónico. Es absurdo pensar que Twitter y Facebook son la plaza pública por sí mismas; me parece que es mucho más compleja la relación entre literatura, política y sociedad. Lo sabemos bien, hay una especie de falsa ingenuidad como si nos tuviera que sorprender todo. En realidad sabemos bastante bien cuál es el comportamiento político real de alguien. Yo conozco un montón de gente que es gritonsísima en las redes, hasta que reaparecen después de un silencio meditativo como el funcionario fulano. Y en ese momento se acaba todo y empiezan a encontrar matices donde antes no lo veían. Y el día que dejan de ser el funcionario fulano vuelven a enarbolar las banderas.
Es un debate sin fin, es interesante, pero con lo que me he encontrado quitando estas palabras de hipocresía es gente que está intentando discutir cosas serias. Desde mi punto de vista, es absurdo quejarse de la banalidad y la tontería y perpetuarla dejando la discusión en ese nivel, cuando hay cosas mucho más serias y congruentes. Si en lugar de replicar links los leen, sucede esta cosa maravillosa de que puede establecerse una especie de discusión.
JPGM: Volviendo a tu libro, ¿sientes que te quitas un peso de encima? ¿Haces las paces con tus ancestros?
AO: Sí lo siento, desde luego quizá sea asumir una solemnidad con la que no suelo estar de acuerdo. Pero es un libro que escribí para honrar a mis muertos, porque ahora todos ellos están muertos. Es una manera de honrarlos, y de manera de casi directamente de hacer algo en que mis hijas puedan leer un poco de aquello que decían y contaban sus ancestros directos, a los que prácticamente no les tocó conocer. Sí me da esta sensación de haber podido cerrar un tema que quedó mucho tiempo abierto en mi cabeza, para el cual no encontré respuesta, sino muchas más preguntas.
Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.