“No hay una buena edad para ser huérfano.”
Entrevista con Arnoldo Kraus

Con motivo de la publicación de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), Arnoldo Kraus conversa con Alejandro García Abreu sobre la enfermedad, la muerte, los “genes del alma” y la orfandad.


Alejandro García Abreu: En Dolor de uno, dolor de todos, siguiendo a Amin Maalouf, agregas algunas conjeturas a los hipotéticos “genes del alma”. Los “genes del alma”, afirmas, nunca serán aislados, ni codificados, ni sus aminoácidos secuenciados. “En esos genes residen las respuestas humanas no vinculadas con el conocimiento o con la experiencia. Sensaciones como tristeza, amor, dolor ‘no físico’, duelo, nostalgia y melancolía, así como las respuestas de las personas a esas vivencias se ubican […] en los ‘genes del alma’”. ¿Cuál es el origen de esa hipótesis?

Arnoldo Kraus: Me gusta la idea acerca de los “genes del alma”. Espero que con el tiempo quitemos las comillas. La idea es de Maalouf, no mía. Mi hipótesis es la siguiente: la ingeniería genética corre de prisa. Codifica genes y busca asociarlos a enfermedades. Tengo la impresión, melancólica, humana, no científica, que con el paso del tiempo la genética nos explicará que hay algunos genes encargados de la tristeza, del amor, del dolor no físico. Esos “genes del alma” van más allá del diagnóstico de depresión o ansiedad. Son parte de la historia genética del individuo, asociada, de una u otra forma, a su vida, a sus alegrías, a sus tristezas.

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AGA: “En Darkness Visible Styron se desnuda: escribe su propia historia clínica y transforma su vivencia en auto análisis. Algunos párrafos sangran. El libro es un tratado no médico sobre los demonios de la depresión. El diagnóstico no fue sorpresa. En 1954, cuando apenas tenía 29 años, escribe, en la famosa revista The Paris Review, ‘La escritura es una terapia para las personas que perpetuamente tienen miedo a un sinfín de amenazas, como yo lo he estado la mayor parte del tiempo’”, escribiste en Dolor de uno, dolor de todos. ¿Cómo percibes el dolor —como médico— desde una perspectiva literaria?

AK: El dolor, como médico y como ser humano, tiene incontables lecturas. Eso intento decir en mi libro. Las lecturas son médicas, son sociológicas, son políticas, son económicas y son literarias. Las literarias provienen de numerosas novelas y poemas en las que el dolor es tema central. Las literarias son también parte de la consulta médica. Desde hace algunos años suelo anotar ideas, frases y lo que llamo miradas internas, es decir, la visión que tienen los enfermos acerca de sus males. Cuando las personas tienen dolor, sobre todo “del alma”, no físico, aguzan los sentidos y hablan desde adentro. Desde adentro significa miedo, esperanza, impaciencia, vulnerabilidad. Comparten ideas maravillosas, muchas poéticas. Durante muchos años trabajé en un hospital de gobierno. Ahora sólo me dedico a medicina privada. Las visones de una y otra población, cuando se habla de dolor, de muerte, son muy diferentes. Cada quien habla desde su historia, desde su sitio, y al hacerlo disecan sus males y el mundo con herramientas diferentes.

AGA: Has escrito sobre la muerte en Morir antes de morir. El tiempo Alzheimer, ¿Quién hablará por ti? Un recuento del Holocausto en Polonia, Una receta para no morir. Cartas a un joven médico y Decir adiós, decirse adiós. ¿De qué manera percibes la escritura Recordar a los difuntos?

AK: Recordar a los difuntos es un libro que empecé a escribir sobre una no difunta: el libro habla de mi madre y nació cuando ella vivía. Cuando ella empezó a hablar de sus difuntos tomé algunas notas, evoqué ideas, transgredí en algunos momentos con un poco de ficción a partir de lo que ella decía. Y en el momento en que yo supe que el deceso de mi madre era inminente empecé a construir un escenario con una madre que yo sabía que pronto ya no iba a estar viva. Estuvo viva mientras escribía las páginas iniciales y murió mientras el libro estaba en mi cabeza. Mi madre es mi difunta. Como me dijiste en una ocasión, los difuntos tienen una connotación distinta a la de los muertos. El universo de los difuntos es interesante. En el caso de mi madre su imagen de difunta se concatena con su imagen de viva.
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AGA: Una de las múltiples aproximaciones a la muerte en tu obra es la orfandad. En el segundo epílogo de Recordar a los difuntos escribiste: “No hay una buena edad para ser huérfano, pero sí la hay para agradecer el cobijo paterno y materno”.

AK: Es una oración que retrata mucho lo que pienso. Uno piensa que nunca es el momento de ser huérfano. Cuando pierdes a papá y a mamá ya no hay un techo que te separe de la muerte. En la lista de los que siguen estás tú, porque ya se fueron los progenitores. Cuando se van los progenitores realmente te quedas sin el cobijo que te da esperanza de seguir vivo. Dejo entrever que mi madre ya tenía que morir. No se le ayudó a morir, pero no se hizo nada para prolongar una existencia que ya tenía una dosis de miseria. Su vida se hizo un tanto miserable, el número de quejas que ella tenía era muy grande y era imposible ayudarle. Es crudo y difícil: ella no quería morir, siempre buscaba un pretexto para estar bien, pero hubo un cúmulo de quejas. Yo, como médico, sabía que ya era imposible ayudarle. Acompañé a mi madre, la acompañamos diversos familiares. Se comprendió muy bien su muerte. Desde ese punto de vista, aunque ahora soy huérfano, no hay un dolor que me haya seguido después de su muerte. Comprendí su muerte muy bien y en algún sentido la deseé para que ella no siguiese viviendo en tan malas condiciones. Eso permite cerrar el duelo rápidamente. Estuve muy presente en su vida como hijo y como médico. Su imagen regresa todo el tiempo, me recuerda que soy huérfano. Pero entendí perfectamente la necesidad de la muerte.

AGA: En Recordar a los difuntos evocas a Helen “sentada en su reposet, leyendo periódicos o libros”. Afirmas: “Los libros, en su caso, siempre fueron fieles compañeros”. ¿Cómo percibes la literatura en función de la vida y la muerte?

AK: El mundo está muy enfermo. Escribo mucho sobre ese tema desde la bioética. La casa que llamo Tierra con mayúscula y el ser humano están muy enfermos. Las cosas que pueden humanizar un poco son las que sensibilizan para apreciar de manera diferente. Y la literatura tiene ese don.

AGA: Escribiste: “El nacimiento de los hijos y la muerte de los padres ocupan siempre un espacio único en la memoria”. ¿Crees que haya otras imágenes que “se petrifican en el cerebro” de manera similar?

AK: Buena pregunta. No encuentro otra imagen de esa magnitud. He visto muchos muertos por mi profesión, pero ver el cadáver de los padres es durísimo. Son dos polos —el nacimiento de los hijos y la muerte de los padres—; no encuentro una imagen comparable.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Publicado en: Ciudad de libros