La XI Caravana de Madres

Hace unos días escuché la historia de Omar, un migrante mexicano de Tlaxcala que relataba que, a su paso por el desierto en camino a Arizona, él y sus primos tomaban turnos para ir limpiando sus huellas en la tierra seca, borrando cualquier evidencia de su paso por el árido territorio fronterizo. Omar y los suyos se deshacían de pistas, evitaban que los siguieran, que los encontraran.

Como Omar, millones de personas atraviesan fronteras todos los días, ocultando sus rostros, cambiando sus nombres, evitando cualquier registro que los haga visibles. Ser vistos implica estar expuestos a la deportación, el encarcelamiento, a las autoridades corruptas, a bandas de criminales, a redes de trata y maltrato, a oportunistas que ven en los migrantes víctimas perfectas de extorsión, explotación y todo tipo de abusos.

Sin embargo, no todas las huellas desaparecen. De pronto, en el camino aparecen tenis o mochilas, fosas llenas de restos sin identificar y carteras con credenciales a lo largo de las vías de tren. Algunos y algunas, como Omar, llegan a su destino seguros—cualquiera que este sea— y sus rostros regresan, sus teléfonos se encienden y reaparecen para aquellos que los esperan, o que esperan sus noticias. Otros no. De acuerdo al Movimiento Migrante Mesoamericano, hasta el 2014 había alrededor de 120 mil migrantes desaparecidos.

migrantes

Diez años antes del lanzamiento del Plan Frontera Sur, y seis años antes de las masacres de Tamaulipas, en donde cientos de cuerpos de migrantes centroamericanos fueron encontrados en fosas comunes, un grupo de activistas e investigadores viajó a Centroamérica para conocer la ruta y las condiciones de la travesía a la que diariamente se enfrentan miles de personas. En El Salvador y Honduras se encontraron con un un grupo de madres que buscaban a sus hijos desaparecidos. Entre ellas se encontraba Emetria Martínez, una madre hondureña que buscaba a su hija, quien había dejado su país a los 17 años y de la cual no sabía nada hacía años.

Lo que empezó siendo un grupo pequeño, sin muchos recursos y organizado esporádicamente para la búsqueda de sus familiares desaparecidos, se ha convertido ahora en la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos. Este año, el 30 de Noviembre, la XI caravana salió desde Tenosique, Tabasco.  Las más de 40 madres que forman parte de esta iteración de la caravana son el resultado de diez años de luchas, tiempo durante el cual han crecido en capacidad organizacional, en visibilidad, en el tamaño del contingente y en apoyo. Pero sobre todo, en palabras de Tomasa, una de las madres, “se ha perdido el miedo”.

Las Madres recorren los caminos antes recorridos por los y las suyas, pero también por otros desconocidos y desconocidas. Son ahora símbolo de búsqueda y de denuncia, que a pasos indignados marcan las rutas y llenan plazas y calles con su presencia y la de los que faltan. Las Madres no son todas madres, son también esposas, hijas, primas, sobrinas, novias, y amigas. Cargan retratos y regresan el rostro a los ausentes. Sus pasos siguen la última llamada recibida, la última actualización de estatus de Facebook, las pistas dejadas probablemente sin pensar que alguien tendría que seguirlas. De vez en cuando reciben noticias, como que su hijo está en el lugar programado para el final de la Caravana, y entonces toca mantener el paso de las demás, no apresurar y no abandonar al grupo; lidiar con la emoción y la ansiedad de saber y de reencontrarse mientras las otras compañeras siguen en la búsqueda. Algunas han encontrado a los y las suyas, pero no han dejado de caminar. Emetria, por ejemplo, encontró a su hija en 2010, pero continuó en la búsqueda de los y las demás hasta que murió en 2012.

Los logros concretos de la Caravana son historias de reencuentro, momentos en que las ausencias y las incertidumbres son reemplazadas por alguna pieza de información, pistas sobre el paradero de algún desaparecido, historias de viaje compartido. En algunos casos se llenan de una certeza firme que toma forma con el reencuentro. En los primeros días de la XI Caravana Sonia Iris Mejía se encontró con su hermano Jorge, a quien no veía desde hacía diez años. Después, en Veracruz, Tomasa se encontró con su hija Wendy, a la que buscaba hace siete años. Unos kilómetros más al norte, María Elena y su hijo Melvin se encontraron después de 15 años de silencio.

Pero hay reencuentros que no necesariamente se traducen en alegría, pues muchas veces los descubrimientos son huesos en fosas comunes, historias de muerte, secuestro, o restos desarticulados. Algunos y algunas están en cárceles, en fosas comunes, en Semefos, en albergues, en plazas públicas buscando trabajo. Muchos y muchas de los que emprenden la travesía migratoria son desaparecidos en manos del crimen organizado, de autoridades corruptas, de redes de trata.  Otras y otros, al no lograr cruzar la frontera y por ende sentir que fallaron a sus familiares y a quienes dejaron en casa, deciden romper los vínculos.

Pero las madres son más que detectives, y su presencia también trasciende la ruta migratoria. Durante 10 años se han organizado para viajar, pero su labor no acaba ahi; a su regreso se han convertido en líderes comunitarias en sus lugares de origen. Los pasos en conjunto se convierten en catalizadores de organización comunitaria en los lugares de donde salen. Grupos de defensa del migrante emergen en comunidades centro americanas, a la par que movimientos en defensa de la tierra intentan proteger territorios del despojo que obliga a muchos a migrar. Al mismo tiempo, las madres regresan y se comunican con otras madres, empiezan bases de datos, registros de los y las que se van, los y las que llegan, las que desaparecen y los que faltan. La Caravana es una red. Las madres en la búsqueda de sus desaparecidos y desaparecidas han establecido vínculos con organizaciones como los albergues migratorios y otros movimientos pro derechos humanos. Se ha convertido en un espacio de articulación que trasciende la ruta migratoria, y que al igual que los y las migrantes cruza fronteras y se extiende espacial y temporalmente. Las madres no solo buscan a los y las suyas, si no que hacen de un dolor privado una lucha colectiva, que sale de casa, y que sale de la comunidad y que cruza la frontera nacional. La lucha de la Caravana se disocia de narrativas de excepciones y hechos aislados para hablar de la migración como un fenómeno estructural, en sus causas y en sus consecuencias.

Además, hay un logro simbólico en este caminar que a veces no se toma en cuenta.  El peregrinar de las madres, ese recorrido paralelo al de sus hijos en una temporalidad distinta, rompe con el binario de origen-destino en torno al cual se articulan la mayoría de las narrativas migratorias. Las madres exponen el camino, el espacio de tránsito, que para algunos se convierte en destino temporal, para otros permanente, y para otros en cementerio. El caminar de la Caravana pone en evidencia el proceso, lo que se recorre, los espacios que se transitan, las condiciones del viaje, los encuentros y desencuentros, los peligros y complicidades, lo complejo del espacio de tránsito.

La búsqueda a través del recorrido migratorio reta a la narrativa de salida-llegada. El migrante se conoce a su salida, hay estadísticas de los que salen, y se habla de las razones por las que algunos toman la decisión de irse. Después, el migrante reaparece al cruzar la frontera de Estados Unidos, al llegar a asentarse en una comunidad y entonces enviar remesas de regreso, o empezar a formar parte de los extranjeros, indocumentados, “ilegales”. Pero ¿qué pasa en el camino? ¿Qué pasa con aquellos que no llegan? Las madres, a paso firme, buscan respuesta a estas preguntas,

#NosHacenFaltaTodos

 

Isabel Gil Everaert

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Publicado en: Ensayo literario

Un comentario en “La XI Caravana de Madres

  1. Reformas migratorias que reconozcan al individuo que debió salir de su país, donde cada vez se pierde más la oportunidad de una remuneración que le brinde calidad de vida, no va a ser posible porque el negocio está en que es una fuerza de trabajo barata y sin derechos.

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