Claudio Magris (Trieste, 1939) fue galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014. Para celebrarlo presentamos este ensayo incluido en El tallo entre las piedras (Cal y arena, 2007). Los textos que se reúnen en el libro, artículos periodísticos y ensayos publicados por primera vez en español, abarcan más de tres décadas de trabajo o, para decirlo mejor, de curiosidad lectora y pasión creadora desatadas en su celebración de la inteligencia y la belleza, arrebatadas por los ecos y las resonancias de una verdad inalcanzable y perdida: “en el desencanto reside la melancólica certeza de que la vida no es inocente, pero también la certeza de que con todas sus imperfecciones la vida es digna de ser amada y no carece de significado”.
Entre las cartas que en todos estos años recibí de Canetti hay una, sobre todo, que me viene a la memoria sin cesar y de la que me acordé de inmediato cuando ayer por la mañana supe de su muerte. En esa carta Canetti, viudo desde hacía muchos años de Veza, su primera esposa y a la que siguió dedicándole sus libros, me anunciaba su matrimonio con Hera, la discreta y adorable criatura que luego viviría a su lado, a su sombra, hasta su precoz desaparición, dándole también una hija. En esa carta Canetti casi se justificaba, como si el haberse casado de nuevo —no porque el matrimonio anterior hubiese fracasado, sino porque la compañera de toda la vida ha muerto— constituyese una infidelidad todavía más grave que serle infiel a una persona viva, en tanto aceptación de la muerte, en tanto substitución de un ser vivo irrepetible.
Esa carta me impresionó siempre, lo cual, claro está, no disminuía el afecto hacia Hera ni el valor del segundo matrimonio, pero expresaba desde la devoción por la vida ese rechazo a la muerte y a cualquier compromiso y pacto con ella, uno de los temas de Canetti y razón por la cual se le considera un escritor genial y anómalo —al menos por un libro, Auto de fe, una de las más grandes obras del siglo XX—, intérprete y adversario despiadado ante cualquier triunfante pulsión de muerte, frente a todo olvido. En muchas de sus obras —sobre todo en Masa y poder, pero también en Poder y sobrevivencia, en los aforismos contenidos en Provincia del hombre y en sus piezas de teatro—, Canetti intentó acorralar, como si fuera un perro de caza, el instinto de muerte, luchó por desenmascarar las mil formas que éste asume para salvar cada palpitación de vida y el flujo de la metamorfosis contra el poder que los paraliza y aniquila.
A veces parece que protegía a los hombres de la muerte, esforzado en retener y conservar los rostros de las personas que conocía, con la finalidad de alejarlos de la gran enemiga. A saber si existen manuscritos de esa segunda parte de Masa y poder, en la que debió —después del pasmoso análisis del mal y el delirio formulado en la primera— proponer la terapia, la cura imposible de la muerte y del poder que se funda en ella y en su seducción. En ciertos momentos, al conversar con Canetti se tenía la absurda impresión de que acaso pensaba ser inmune a la muerte, y que no dejaba traslucir esta convicción, afable y reservado como era, por respeto a las buenas maneras.
No es fortuito que la imposible segunda parte de Masa y poder no haya aparecido nunca. Toda la grandeza de Canetti, del más grande Canetti, se encuentra bajo el signo de la imposibilidad y de lo anormal. Nacido en Rustschuk (Bulgaria) en 1905, proveniente de una familia sefardí, Canetti es una voz de esa cultura multinacional nacida bajo el imperio danubiano que vivió, con intensidad especial, la disolución de una civilización plurisecular, de todo modelo del mundo y de la identidad del individuo mismo, ofreciendo grandiosas representaciones literarias. Una de estas es Auto de fe, publicado en 1935, olvidado durante muchos años y redescubierto más tarde: una fría e inexorable parábola de la enfermedad mortal contemporánea, del delirio que asecha y trastorna la razón del siglo, así como la grotesca odisea de la inteligencia que, por miedo a la vida, se atrinchera para defenderse de ella, reduciendo toda su existencia a un mecanismo de defensa, construyéndose una coraza que, al final, se destruye precisamente porque se transformó en una coraza sofocante.
Kien, el protagonista, es el cómico y lastimoso espejo de las manías, las fobias y los ritos con los que ofuscamos nuestra vida, intentando enfrentar nuestro miedo. Auto de fe retrata, en una especie de monólogo obsesivo, el presente que aleja la eternidad de las cosas y es una obra maestra de coherencia estilística, una letal ausencia de amor, un mundo insensatamente desecado de todo deseo, en el cual la paranoia les impide a los hombres proyectar sus afectos en la realidad.
En la novela la vida es retratada con el frío ojo de la locura, en su desesperada carencia de amor que hace sentir, por contraste, lo que debería ser la vida, la necesidad del amor. Auto de fe posee lo desagradable de los grandes libros: que no conceden nada, que no hacen más suave la angustia y el horror, que no pulen ninguna arista; es un libro que golpea como un puño, incompatible para aquellos incapaces de sentir cuánta exigencia amorosa se encierra en esa tragedia que induce a los hombres a amar la muerte. No admite juicios intermedios; hay lectores que se reconocen en él y lo sienten como una Biblia cotidiana, y otros que son cruelmente rechazados por ella.
Cuando conocí a Canetti, en los años sesenta —en Londres, lugar a donde se retiraba para escribir aun cuando ya vivía en Zurich, y en donde a veces respondía el teléfono fingiendo ser el ama de llaves para no ser localizado—, intenté descubrir, detrás de su rostro gentil y sociable, a ese escritor que muchos años antes había escrito Auto de fe, su viaje a los infiernos y a ese vacío absoluto que es imposible distinguir. Canetti aún no era muy conocido para el gran público, incluso la crítica pasaba apuros ante anomalía tan radical; me pareció chusco que cuando una universidad alemana le otorgó un doctorado ad honorem, me pidiesen a mí una relación y una justificación de dicho reconocimiento.
Desde aquella noche en Londres nació una amistad, proseguida a través de la correspondencia, los encuentros y las pláticas en varias ciudades y en mi casa en Trieste; con mis estudiantes, para algunos de los cuales conocerlo fue la experiencia fundamental que los unió; en visitas a Zurich, cuando mi esposa y yo íbamos a buscarlo y después a recoger a Johanna, su hija, que en ese entonces cursaba la escuela primaria y que ante mi estúpida pregunta de si quería venir a visitarnos a Trieste respondía justamente, abriendo enormes los ojos: “No”.
Le debo muchas cosas, incluso ayuda para proporcionarme claridad en los momentos de oscuridad. Pero no sé quién haya sido el grandioso e imposible autor de Auto de fe, de aquel abismo que engulle y disuelve el yo individual. Con el paso de los años y el éxito, Canetti ocultó sus huellas y domesticó su imagen; hizo desaparecer, con su gran capacidad para esconderse, aquella presencia extrema tras una figura apacible y positiva. Sin la autobiografía no hubiera obtenido el Nobel, pero la autobiografía, aunque llena de fascinación, es dispareja en su equilibrio que redondea las cosas, en la grandeza indigesta de Auto de fe: es un ensayo sobre muchos abismos, pero no una experiencia del abismo. Creo que se sentía dolido cuando yo le decía esto porque también era celoso, guardián tirano de la imagen que pretendía dar de sí mismo.
Además, si no hubiese llevado consigo algunos demonios del poder, no hubiese podido exorcizarlos con tanta fuerza. Tal vez esto me alejó un poco. Por él aprendimos, para siempre, lo fuerte que es la angustia, la avidez de la muerte en torno a nosotros y que la única respuesta es la fidelidad a cualquier tipo de vida, porque cada una, como Canetti escribió, es el centro del mundo.
Agosto 19, 1994.
Traducción de María Teresa Meneses

Claudio Magris (Trieste, 1939) es una de las figuras fundamentales de la literatura italiana contemporánea. Ha sido galardonado con el Erasmus Prize, el Leipzig Book Award, la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Es catedrático de literatura germánica en la Universidad de Trieste y traductor de Ibsen, Kleist y Schnitzler. Ha publicado, entre otros libros, El Danubio, Microcosmos, Otro mar, A ciegas, La exposición, Conjeturas sobre un sable, Ítaca y más allá, El anillo de Clarisse. Tradición y nihilismo en la literatura moderna, Utopía y desencanto, El infinito viajar, Alfabetos. Ensayos de literatura, La historia no ha terminado. Ética, política, laicidad y Así que Usted comprenderá.

