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En este ensayo, incluido en el libro El monstruo ama su laberinto. Cuadernos (Vaso Roto 2015), el ganador del Premio Nobel de Literatura 1995, Seamus Heaney, explora las luces y las sombras de la poesía de Charles Simic (Belgrado, 1938), Poeta Laureado que hechiza con sus disertaciones sobre la existencia, la poesía, el arte y la inmigración.


1.

“Mi abuela profetizó el final / de vuestros imperios, ¡oh, necios!”. “En su lecho de muerte mi padre está leyendo / las memorias de Casanova”. La obra de Charles Simic está densamente poblada de parientes y allegados, pero sus anécdotas familiares no tienen nada de confidencial. Sus historias son más bien formas de pen­sar el mundo. Formas de ser breve e interesante y de soslayar el lugar común. Tanto en su poesía como en su prosa, su propósito ha sido siempre el de instruir deleitando; a pesar de su seductora modernidad, hay una poética clásica moviendo los hilos de cuanto escribe. Es alguien que cumple lo que promete. Y el resultado es más dramático que terapéutico. Si un párrafo comienza diciendo: “Cuando mi padre se moría de diabetes…”, es más probable que suene con el tono relajado del monólogo humorístico que con el patetismo de quien evoca una infancia mísera. Y, en efecto, el pa­saje prosigue: “..cuando ya le habían amputado una pierna a la al­tura de la rodilla y amenazaban con hacerle lo mismo a la otra…”. Con libros que ofrecen este tipo de actuación más o menos todo el tiempo, ¿qué puede hacer un crítico? “El señor Simic es un maes­tro de la ironía, algo que se echa de ver particularmente en su tra­tamiento de las tragedias familiares”. ¡Todo menos eso! Mejor será seguir su ejemplo y hacer lo que el poeta ha hecho desde siempre. Exagerar. “Imitar reunir responder” (Gertrude Stein, citada por Charles Simic).

2.

A. ¿Cómo se pronuncia su apellido?
B. Siempre lo he oído como Simik. Como si fuera una k.
A. Pero he oído a gente de Belgrado decir Simich. Para ellos, es más bien una ch.
B. Es un poeta americano, ¿no?
A. Sí, claro.
B. ¿Escribe en inglés?
A. Mmm…
B. ¿Escribe en inglés?
A. Bueno, su idioma nativo fue el serbio. Pasó los primeros doce años de su vida en Yugoslavia. Yo diría que, más que inglés, apren­dió americano.
B. No seas pedante. ¿Vas a decirme que escribe en serbio? Te aseguro que su último libro de poemas, A Wedding in Hell, es francamente original. Ha traducido a otros poetas serbios —cosas estupendas, decisivas para su obra, nada de trabajo alimenticio en su caso—, pero sus propios poemas están escritos en un inglés normal.
A. Tan normal que a veces puede sonar a traducción.
B. Ya está bien, hombre. No lo menosprecies. ¡Si hasta fue alumno del instituto de Hemingway, en Chicago! Escribir en inglés co­rriente es un logro.
A. ¿Quién lo menosprecia? Por el contrario, creo que su genio depende justamente del modo en que le es infiel al idioma. Lin­güísticamente es un bígamo.
B. De acuerdo. Digamos entonces que en América se ha casado con la k.
A. Digamos que baila chachachá con su amante.

3.

Surrealista, y por tanto cómico. Inmensa confianza creativa, bufo­nesca y elegante, pero a la vez sus ideaciones tienen una gravedad específica capaz de sortear la infracción surrealista de la ligereza. Sus metamorfosis y puestas en escena se someten siempre al fac­tor g del sufrimiento humano. Si mantiene la danza mágica es para mantener la calamidad a raya. (No ha movido una ceja estilística, por ejemplo, desde que comenzó la guerra de Bosnia, y no le ha hecho falta hacerlo porque su imaginación siempre ha dado por supuesto que la vida sigue igual en los mataderos de la historia). Desde que empezó a publicar hace más de treinta años, la atrocidad y el apetito han estado ahí, al borde de la página, amenazando con salir de entre las letras. Y, sin embargo, se trata de un mundo donde la sopa y el sexo son una especie de com­pensación por la guerra y el frío; por las ratas y las hormigas y las hachas. Y el cuervo, que siempre llega volando de una masacre o una crucifixión, el cuervo de la memoria serbia, del folclore y el temor.

4.

El poeta escocés Iain Crichton Smith es un hablante de gaélico de la isla de Lewis que ha producido un corpus de poesía gaélica bajo el nombre de Iain MacGabhainn. El grueso de su obra está en in­glés, pero tiene un poema (en gaélico) que puede aplicarse al caso de Charles Simic. En él, MacGabhainn compara su ser lingüístico —y, por ende, su ser cultural e histórico— con el traje bicolor de un bufón. La realidad gaélica se corresponde con una zona del disfraz, la inglesa con la otra, y ambas se juntan en una costura que es tam­bién una división. El poema termina con el bufón rezando para que caiga sobre él un aguacero de modo que los colores se diluyan, la división se borre y un nuevo color emerja del diluvio. Esto me parece que tiene algo que ver con el talento de Simic como bufón, bromista, “mentiroso” (así se define una y otra vez en entrevistas y anotaciones). ¿Hay alguna relación entre su ingenio implaca­ble y entusiasta y la naturaleza escindida de su mapa lingüístico interno? ¿Ver forzosamente las cosas desde dos puntos de vista? ¿Estar en dos lugares al mismo tiempo?

5.

Simic, por supuesto, ha pisado este territorio cientos de veces. En gran medida es su tema. Y él, un ejemplo radiante del hombre postbabélico. “El traductor, como el poeta, escucha lo inexpre­sado”, dice en la introducción a su antología de los poemas de Ivan Lalic; y prosigue: “Todo este asunto de la traducción me re­sulta particularmente interesante pues tengo, por así decirlo, dos lenguas maternas… Así que hay dos madres, o solo una madre hablando por distintas comisuras de la boca”. ¡Qué bufón!

6.

B. ¿Qué pasa con los poemas? ¿Qué me puedes decir de sus nue­vos libros?
A. Todo a su tiempo. Primero escucha esto, de una entrevista de 1972. “Cuando era muy joven y estaba triste, podía escribir el típi­co poema triste inglés. Pero también se me ocurría la alternativa yugoslava, que no podía escribir porque no tenía la facilidad o el vocabulario, pero que estaba ahí casi como un tono de voz, una presencia; y pienso que es un factor constante aunque elusivo, muy difícil de aislar para mí”.
B. ¿Qué intentas demostrar?
A. Nada. Lo que me interesa son los misterios de la poesía líri­ca… como a Simic, de hecho. Todas las historias sobre su origen yugoslavo, todas las visitas a las personas y momentos y lugares originales de su vida, no están ahí solo para proyectar la historia de Charlie; no es un caso de “¡mirad el disco duro de mi memoria étnica, oh, bardos blancos protestantes, y deponed toda esperan­za! ¡Un bisabuelo herrero! ¡Una infancia bajo la ocupación nazi! Una liberación rusa como extra… ¡A ver cómo lo digerís!”. Simic siente interés por su propio caso más como ejemplo de misterio que de llegada. Las entrevistas y textos autobiográficos son como un refrito de El Preludio de Wordsworth, pero más joviales, con la vivacidad de unos dibujos animados. Tiene sus propios “ins­tantes luminosos”. Le interesa más comprender el desarrollo de la mente de un poeta que ofrecer un relato de la experiencia in­migrante. Una vez le preguntaron qué consejo le daría a un poeta joven y su respuesta fue: “Vive y averigua quién eres”.
B. No veo adónde quieres ir a parar.
A. El acento de Simic es único dentro de la poesía americana con­temporánea, ¿no? Es un escritor enérgico, con una inventiva se diría que natural. Sus imágenes tienen un don asombroso para abrir un camino interior hacia una conciencia mítica latente, y a la vez otro exterior hacia el mundo. Cuando acierta, es un poeta lírico de primer orden. Doy esto por sentado. Pero lo que me fas­cina es la naturaleza doble de la geografía de los poemas, como si hubiera dos proyectores lanzando imágenes a la pantalla: uno radiando desde detrás de la frente de un soñador, el otro canali­zando la más clara luz solar. Y su lenguaje tiene la misma clase de mezcla, una síntesis de idiomas… lo que podríamos llamar demó­tico proletario y visionario inmigrante. En cualquier caso, todo le ayuda a saltar del aquí y ahora de la página impresa a ese otro pla­no de lo puramente imaginado. Y esa habilidad, diría, tiene que ver con Serbia. Reconozco que era más palpable en sus primeros poemas, pero esa impresión de que el sótano está habitado sigue siendo un factor esencial de su éxito. Este es uno de los últimos, y se titula “Mente encantada”:

Bestialidades del futuro,
ciudades que ya oléis a muerte,
¿qué ídolos veneraréis,
qué corazón de hielo?
Un frío jueves por la noche,
en un antro del barrio,
vi a la Bestia de la Guerra
lamerse el sexo por la tele.

Había otros clientes:
María en el regazo de José,
su hijo el loco en una esquina
con los brazos abiertos sobre la máquina de pinball.

B. Vaya, ¿quién sueña con una Navidad negra?
a. Sí. El método mítico se alía con Bart Simpson. Ahora en serio, el antro y la televisión y la máquina de pinball son lo que yo lla­maría demótico proletario, y las ciudades que huelen a muerte y el corazón de hielo y la Bestia de la Guerra son lo que llamaría visionario inmigrante. Pero cuando llegamos al hijo loco con los brazos extendidos sobre la máquina de pinball, los dos idiomas brillan extrañamente uno dentro y a través del otro. En realidad, la última estrofa no es una parodia de la historia de Nazaret; no se percibe como algo amañado, sino más bien con lo que Frost llamaba “el asombro del suministro inesperado”. Se ha ganado su pan imaginativo: es el tráiler de un documental con el aura de una escena de Grimm.
B. ¿Sabes?, cuando le leo, la mayor parte del tiempo me parece que estoy en una película de cine negro. Pura serie b en blanco y negro. Romanticismo callejero. Tan deudor de Chandler como de Chirico. Todas esas largas avenidas vacías y ventanas cegadas por el sol. Solitarios despiertos de madrugada. “Comida rápida en neones color rojo sangre”. Recuerda “Limpiador de venta­nas”: “Y otra vez el chirrido del andamio / allá arriba, donde convergen nuestros pensamientos: / aturdidos, colgando / de un cinturón de cuero…”.
A. Claro, claro. Su poesía no es siempre horcas y carniceros. Esa “cualidad proletaria” es lo que Yeats habría llamado “fantas­magoría”.
b. ¡El bueno de Yeats!

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7.

A pesar de la tendencia de Simic, en entrevistas y otros escritos, a compartir datos sobre su vida y revelar hasta qué punto las expe­riencias más drásticas de su siglo —invasión, ocupación, supervi­vencia, inmigración— le han marcado de manera significativa, los poemas se muestran reticentes a la hora de dar información his­tórica y autobiográfica. Reacios incluso. La lógica o ilógica de las imágenes, el rumbo azaroso del propio lenguaje, esto es lo que los mantiene en movimiento. La primera persona del singular que ha­bla en ellos no procede del catedrático Charles Simic de la Universidad de New Hampshire, antes residente en Nueva York, Chicago y Belgrado. No es la voz del votante censado ni la de un grupo de muestra de yugoslavos de primera generación que han tenido éxi­to en la vida. Simic rechaza el estatus del artista representativo e insiste en que el poeta debe enfrentarse a la tribu. Y esta ya era su postura mucho antes de la crisis nacionalista de los Balcanes. Desde sus comienzos como escritor —quizá por conocer de primera mano la represión de la vida literaria en los países de la Europa marxista (su padre cultivó toda su vida el sueño de escribir una historia del marxismo)— ha mantenido una convicción altamente desarrollada sobre la naturaleza irreduciblemente personal de la poesía que más apreciaba y deseaba escribir. Sin embargo, en lo que a él concierne, la integridad de la afirmación personal no debe equipararse a la confesión ni confundirse con ella. El poeta toma “una especie de fotografía mental en la que, como lectores, nos reconocemos”. Una y otra vez invoca a Safo como voz revolucionaria. Opone el tiempo del instante de Safo al tiempo mítico de Homero y descubre que el tiempo de ella no solo es bueno, sino mejor:

Partiendo del insomnio de Safo, hay una tradición del poema que dice “yo existo” a la cara de todas las abstracciones del cos­mos y la historia, un poema con un apasionado deseo de preci­sión por el aquí y el ahora en su milagrosa presencia. No estoy hablando de confesión. Esta clase de poesía, en el mejor de los casos, llama la atención por su ausencia de ego.

8.

Una lógica inexorable nos lleva de esta ensoñación sobre el poema lírico de Safo a las siguientes observaciones sobre Serbia en 1993:

Hay algo con lo que todos podemos contar. Tarde o temprano, nuestra tribu viene a pedirnos que aceptemos el asesinato.
“Dejaste a los tuyos en un momento de necesidad”, me dijo un conocido cuando decliné su invitación… “¿A quién habla tu poesía si no hay tribu que puedas llamar tuya?”, quiso saber mi interlocutor.
“El poeta verdadero no es miembro de ninguna tribu”, le respondí a voz en grito. El rechazo de su derecho de nacimiento es lo que le convierte en poeta y en un individuo digno de respeto, expliqué.
No era verdad, por supuesto…

El giro aquí es tan sorprendente como típicamente honesto. Simic termina admitiendo que muchos de los más grandes poetas han sido nacionalistas feroces; como dice al final de su artículo, la historia verdadera y la gran literatura “se revuelcan en ambigüe­dades, matices y contradicciones desconcertantes”.

9.

Después de todo, quizá el poeta escocés más pertinente en este sentido no sea Crichton Smith, sino Norman MacCaig, practi­cante del poema breve, mago de la semejanza, caballero del prin­cipio del placer. “No soporto”, declaró una vez en una lectura de poesía en Kilkenny en la que Robert Lowell, invitado de honor del festival y que debía leer la noche siguiente, estaba en primera fila, “no soporto la poesía triste y ambiciosa”, y comenzó a leer de su copioso almacén de partituras optimistas. Había planta­do una duda sobre la tendencia épica y el tono elegíaco, y logró arrastrar a los oyentes consigo, llevándonos a una Tierra de Pro­misión de imágenes lúdicas, algunas preadolescentes, otras cur­tidas y despeinadas como jefes de clanes. El público, en trance, le premió con un aplauso sincero, agradecido y prolongado. Era el momento inesperado de un bis, y el ironista bajó la guardia un segundo: “¿Qué queréis que lea?”, preguntó. “Lee el poema triste”, dijo Lowell, rápido como el destello de luz de sus gafas. Y MacCaig, siempre caballeroso, leyó un poema de gravedad y tristeza inusitadas. Fue algo así como un aviso, y el breve gesto de asentimiento con que MacCaig se retiró en silencio del escena­rio venía a reconocer que su comentario inicial había tenido algo de provocación, fiel a su modo a ciertas hebras de su naturaleza, pero infiel a la verdad y toda la verdad.
En otras palabras: me parece que siempre se oye un diálogo Lowell / MacCaig en los mejores poemas de Simic; justo cuando pensamos que la extravagancia se vuelve rancia sentimos una mano fría en el hombro. Y esto, curiosamente, nos tranquiliza.

10.

También se da en él un diálogo (¿una dialéctica?) incesante entre el surrealista y el imagista. En uno de sus ensayos más explícita y dilatadamente filosóficos (“La capacidad negativa y sus hijos”, publicado en 1985 en The Uncertain Certainty), Simic se detiene en las potencias contrarias que encarnan estos dos modos. En la poesía imagista, el énfasis recae en “la claridad, la precisión, la concisión, aunque sin ningún esfuerzo interpretativo… El obje­tivo es ‘ese preciso instante en el que algo exterior y objetivo se transforma o se proyecta en lo interior, lo subjetivo’. El filo cor­tante”. Que es como decir que hay una sensación de excepciona­lidad en la exactitud del imagismo, de vuelta repentina al hogar, el instante del aterrizaje perfecto. Mientras que el surrealismo, en cambio, es todo él despegue y expedición. El acto del imagista es de atención; el del surrealista, de figuración. Lo que interesa a este último “es el aspecto connotativo del lenguaje, no el denotativo”. Y luego añade: “El hacedor de mitos surrealista es un personaje cómico en un mundo que es obra de un acto de lenguaje, y en una época en la que tales actos de lenguaje han proliferado”.
Hay muchos momentos imagistas perfectos en la obra de Simic, desde “Árboles de noche” (“Apagando la luz / Para oír­los mejor”) en Charon’s Cosmology (1977) a “Bocados” en el más reciente Hotel Insomnia (“Árboles como evangelistas / en sus tribunas, / bendiciendo con los brazos en alto los prados vecinos”). Pero este poeta es sobre todo alguien que trabaja febrilmente en un mundo que es obra de un acto de lenguaje: “Los vientos están haciendo sopa / para los insomnes, // sopa de veletas”.

11.

“El poema en prosa —anota Simic en su nueva miscelánea— es fruto de dos impulsos contradictorios, prosa y poesía, y por tanto no puede existir, pero existe”. Más acá del rompecabezas ontológico que plantea el género, Simic no ha dejado nunca de sentirse atraído por él. Yo siempre he visto al pájaro totémico del poema en prosa como un gran pavo real, enjoyado y francófilo, ensayando su desfile en una terraza iluminada por la luna y soñando con un gran papel en la Salomé de Oscar Wilde. Pero cuando leo las aportaciones de Simic al género, esta figura exótica se transforma (felizmente) en algo así como un cruce entre un gorrión y un jilguero… más, digamos, un cuervo y un grillo. Aquí va uno de El mundo no se acaba:

Miles de viejos con los pantalones bajados durmiendo en baños públicos. ¡Exageras! ¡Deliras! Miles de Marías, de Magdalenas, sollozando a sus pies.

Y en ese libro hay otros setenta y tantos poemas para escoger.

12.

Ya que hablamos de géneros: su libro sobre el arte de Joseph Cor­nell debe de ser un dolor de cabeza para los libreros. ¿Lo catalo­gamos como crítica de arte? ¿Poemas en prosa? ¿Autobiografía? Alquimia de tendejón es todo eso y más: espejo de afinidades, ál­bum de afectos, retrato del artista en pequeñas cajas. Se zambulle una y otra vez en su tema desde distintos ángulos, tanto analíticos como proclives a la ensoñación, cruzados por el zigzagueo de la memoria y los rebobinados de la mente. De ahí surge un libro que atestigua “la segunda vida del arte”, el modo en que alcanza su transformación más gratificante cuando reaparece como anillo de crecimiento y como valor en el interior de una conciencia indi­vidual. Es como si una parte de él, de pronto, quisiera cumplir el mandato de Patrick Kavanagh: “Arrancar del tiempo lo transitorio apasionado”. Como en el reciente panegírico que William Corbett dedica a Philip Guston, la pertinencia del tema capta sin rodeos el genio del autor. De hecho, un recién llegado a la obra de Simic po­dría empezar por sitios peores. La táctica de ropavejero de Cornell —tan parecida a la de Simic en su fe en establecer contacto con y mediante “lo mínimo”— se somete en estas páginas a las dos clases de mirada que el poeta recomienda y adopta con tanta frecuencia: mirar con los ojos abiertos y mirar con los ojos cerrados.

13.

Pero volvamos un momento al asunto del surrealismo. A Simic le gusta citar a Breton y Octavio Paz e invocar a Chirico, pero el americano que le dio coraje para seguir sus intuiciones fue Theo­dore Roethke. Pensemos: los Simic aterrizan en Nueva York en agosto de 1954, se mudan a Chicago en junio de 1955, y Charlie termina el bachillerato un año después, tras lo cual consigue un trabajo como recadero en el Chicago Sun Times. Acto seguido se instala en su propio apartamento y se dedica a comprar libros y discos de jazz. Sale de copas, alterna con universitarias, pinta. Descubre la obra de Lowell y de Jarrell, lee a los surrealistas fran­ceses en la biblioteca de Newberry y, en 1959, publica sus primeros poemas en el número de invierno de la Chicago Review. “Un ins­tante era un colegial yugoslavo más, o eso parecía, y al siguiente estaba en Chicago escribiendo en inglés, como si fuera lo más normal del mundo”.
Fueron pasando los años y Simic desarrolló un modus scribendi capaz de conciliar el mundo que habitaba con el mundo que le habitaba. Fueron los años de Robert Bly y la revista The Fifties, del respaldo de Bly a poetas europeos como Trakl y sudame­ricanos como Neruda, y Simic ha reconocido hasta qué punto aquello le ayudó: “La noción misma del hombre interior, de que la poesía surgiera del inconsciente…, esto es algo que sentía en mi espíritu”. Con todo, también sentía que necesitaba “alguna forma nativa en la que mi yo de habla inglesa pudiera expre­sarse”. Para entonces se había trasladado a Nueva York, en cuya biblioteca pública leía obsesivamente libros sobre folclore, histo­rias y canciones folclóricas y un fárrago de “textos visionarios, simbólicos, rarísimos y dementes” de los primeros movimientos utópicos americanos. Estos escritos “tenían esa cualidad pro­pia de todos los intentos genuinos por establecer contacto con el mundo mediante tropos o figuras retóricas” y le ayudaron a darse cuenta de que “nada es arbitrario… si tiene esa especie de impulso cosmológico”.
Sin embargo, cuando la “forma nativa” apareció, era difícil decir de qué región era nativa. Sonaba como el resultado de un acto de lenguaje de un sonámbulo. Como en toda obra original, lo arbitrario parecía predestinado a existir. Puede que Roethke le diera al interruptor y que Vasko Popa generara parte de la corrien­te, pero los poemas tenían la inquietante autonomía del sueño. La primera persona del singular había sido retirada de la página como la nata de la leche. En una pequeña ceremonia irónica, otro poeta había ingresado en la orden sagrada de la poesía:

Aunque pronuncias
cada una de mis palabras,
sigues siendo un extraño.
Ya es hora de que hables.

14.

B. Entonces, ¿sus nuevos libros?
A. Bueno, Simic es de esos poetas que no va a cambiar. Alguien tipo Hardy, o Herrick, o Campion… ¿sabías que hizo una antolo­gía de Thomas Campion para Ecco Press hace años? De hecho, dijo cosas de él que podríamos aplicar a Simic: “Hay mucha frase poética convencional… El tema y el estilo son casi siempre fami­liares; la invención se concentra en apartarse de la convención y ensayar variaciones… Curiosamente, a pesar de su contexto lite­rario, tienen algo de canción popular”.
B. Ahora que lo pienso, tiene un poema llamado “Canciones po­pulares”…, más una farsa que una fantasmagoría, me temo: “Sal­chicheros de la historia, / de la hecha con sangre, / venís todos de un villorrio / donde el perro que ladra a la luna / es el único poeta”. Me gusta más cuando sigue la corriente americana. En Hotel Insomnia hay un puñado de poemas a lo William Carlos Williams que me gustaron enseguida; nada del otro mundo, pero suenan auténticos. Uno se titula “Primavera”, por ejemplo, y es sobre una mujer en camisón que cuelga las camisas de su marido en el tendal.
A. ¡Vaya con la corriente americana! Eso es Yugoslavia, circa 1940.
B. Es Nueva Jersey, amigo. Hasta tiene un poema que se llama “Lápiz rojo gastado”. Tanto depende de… “Mundo variado, in­concebible, / que rodea tu severa presencia / por todas partes, / lápiz rojo gastado”.
A. Tal vez estemos abusando de esta oposición América versus Eu­ropa. Reconozco que fui yo quien sacó el tema, pero porque me interesaba ese tono singular, ese clima emocional tan difícil de de­finir que hay en su poesía. Él mismo ve la fuente en sus orígenes yugoslavos. Sentido común, supongo. Pero tienes razón al insistir en que no hay que considerarle un exotismo. Lo que justifica toda esa imaginería del viejo mundo es que en realidad le sirve para hablar de la soledad del espíritu. Y hay muchos poemas de A Wedding in Hell donde esa soledad se hace patente. Pienso en algo como “La torre”: la escena no tiene nada de particular, la imagen no es del viejo mundo ni del nuevo, pero funciona como el propio Simic dijo una vez que debía funcionar: como un icono que produce asom­bro. Por supuesto, es su padre otra vez. Citaré solo tres estrofas:

Cinco, seis sillas apiladas en el patio trasero
y tú encima de ellas,
sentado como un juez colgante
que solo lleva los pantalones del pijama…

Hora tras hora, a solas con el cielo
y su loca serenidad
en la débil y ya titubeante
torre inclinada.

Qué asustados tienen que estar los vecinos.
Ni siquiera se ve a un niño en las calles
con este calor,
ni siquiera un coche pasa y va más despacio.

¿Qué ves en la distancia, oh, padre?

B. Sí, todo depende a menudo de ese clima distante, triste, di­latado, la sensación de que puede tirar en cualquier momento por un lado o por el contrario, optar por la parodia o la escena sentimental.
A. La parodia es más de su gusto. La verdad es que es de esos es­critores cuyo punto fuerte estriba en no inmutarse con el éxito relativo de este o aquel poema. Publica mucho, pero siempre sue­na a sí mismo y siempre hay algo que lo impulsa. Pequeños glifos de Miró. Caprichos de Klee. Miniaturas de Cornell. En realidad, lo que reivindica es el hábito mismo de la escritura, así que hay que tomarlo como viene, no ponerse maniático con las jerar­quías. Ahora que lo pienso, alguien equiparó una vez sus poemas con el arte de las cavernas; la comparación pretendía celebrar el aura primitiva y arquetípica que puede llegar a alcanzar, pero los poemas tienen también el carácter secuencial de las pinturas ru­pestres: ninguno aspira a ser el mejor o más distinguido, la idea es ejercitar el instinto de dejar huella per se. “Ciudad tatuada” comienza incluso con un autorretrato como grafitero: “Yo que soy tan solo un pequeño / garabato ilegible / en la pared de un almacén / o la entrada del metro”. Dicho esto, “Via del Tritone” y “This Morning” son exactamente el tipo de poemas distinguidos que los antólogos ya están fotocopiando antes de pedir permiso para reproducirlos.
B. A mi modo de ver, el autorretrato al final de “Ciudad tatuada” se acerca más a la realidad: “loco charlie con spray rojo / buscando un poco de calor nocturno, / apiñado entre dioses desco­nocidos / en un paso subterráneo”. Pero dime, ¿tienes idea de por qué insiste en dividir sus libros de poemas en tres secciones?
A. ¿Dante? ¿Algo que le contó su abuela sobre terneros de tres cabezas? ¿Quién sabe?

15.

Todo lo que Simic escribe a modo de comentario sobre literatu­ra o arte termina siendo una defensa de la poesía. Todo lo que escribe como memoria o ensayo se convierte en una celebración de la fortaleza de la individualidad y una rapsodia en alabanza de la dimensión criaturesca de la existencia humana, la nuestra y la suya. The Unemployed Fortune-Teller es su tercer volumen de escritos en prosa y nos lo muestra en plena forma: una mezcla de gourmet y velocista intelectual que se dedica al vodevil en su tiempo libre. Cuando no está disertando sobre tomates o estética, llevando un diario de sus días de servicio militar en Francia o abriendo su cuaderno de apuntes sobre la vida y el arte, su imagi­nación aparece bailando sobre las ruedas de los pies, rebosante de salud coloquial, haciendo de sparring del mundo. Recoge el len­guaje llano del aquí y ahora y comienza a hablar: su ars poetica se resume en “hacer reír a tus carceleros”. Tiene el talento del cuen­tacuentos para divertir porque él mismo es divertido (aunque no inmune, por cierto, a la tendencia del cuentista a repetir de más alguna vieja historia). En sus arranques, por ejemplo, hay una promesa y una tonalidad maravillosas: “Eso vino de una cárcel de máxima seguridad, me dijo ella”; “La tristeza y la buena comida son incompatibles”; “El poema breve es una maravilla de la na­turaleza”; “El lugar idóneo para enseñar escritura creativa es una librería de segunda mano”. Felizmente, las cosas se mantienen en esa tesitura, sin remilgos ni problemas de afinación. El opuesto to­tal de un mandarín intelectual. No es el ventilador del potentado lo que impresiona en este contexto, sino su ventosidad. Lo que no supone negar o menospreciar por un segundo la intensidad y la seriedad de su empeño. El mismo autor que escribe “conozco a un tipo que solo lee poesía moderna en el retrete” es capaz de afirmar que “mientras que la filosofía y la teología nos preguntan qué es el ser, la poesía nos da la experiencia del ser”.
El poema es “un fragmento de tiempo hechizado por la tota­lidad del tiempo”.

Seamus Heaney
Poeta, narrador y crítico literario. En 1995 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.  

Traducción Jordi Doce.

www.vasoroto.com

 

 

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