Quizás la pintura más conocida de Manuel Rodríguez Lozano fue el retrato que hizo en 1924 de Salvador Novo —El  taxi—, que muestra al escritor dentro del coche en la esquina de San Juan de Letrán y Tacuba, afuera del edificio de Correos que era el punto de encuentro para la comunidad gay de la época. Y es que a pesar de que fue esposo de Carmen Mondragón, una mujer cuya belleza la volvió la leyenda de “Nahui Ollin”, y el amor imposible de Antonieta Rivas Mercado, Manuel Rodríguez Lozano nunca fue demasiado discreto en cuanto a su homosexualidad. No lo fue a pesar de que en esos tiempos esto era motivo suficiente para ir a la cárcel, como en efecto le sucedió en 1942. Acusado por el robo de cuatro grabados, pasó más de cuatro meses en el Palacio Negro de Lecumberri. Fue ahí, preso, en donde pintó La piedad en el desierto, obra que sería trasladada en 1967 para formar parte de los murales del Palacio de Bellas Artes.

En Bellas Artes, además de los murales de  Rodríguez Lozano, Orozco, Rivera, Tamayo y Montenegro, está el mural  Nueva democracia pintado en 1944 por David Alfaro Siqueiros, quien en 1960, tras años de acción política revolucionaria en México y en otros países —como España—, fue encarcelado por criticar al entonces presidente López Mateos, también en Lecumberri. Siqueiros pasó cuatro años preso pero tampoco dejó de trabajar.

Cuento esto porque he estado pensando en que, si en algún punto estos dos artistas hubieran cruzado sus caminos, ya fuera en el Palacio Negro o en el de Bellas Artes, y Manuel Rodríguez Lozano hubiera dicho: “David, quisiera hacerte un retrato”, habría pintado un rostro muy parecido al de Quim Monzó. Sobre los trazos imaginarios que habrían captado las complejidades y agudezas del muralista, podemos acercarnos al escritor catalán.

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Joaquim Monzó Gómez nació en 1952 y además de ser el autor de varios cuentos y novelas, es traductor y periodista. Hacer un retrato suyo (lo sé después de acercarme a biografías, entrevistas, artículos y su cuenta de twitter) no debe ser cosa fácil. Por un lado, está su imparable sentido del humor —serio y espontáneo, como no terminando de entender en dónde está el chiste que despierta las carcajadas de quien lo escucha— que haría que el pintor mantuviera su mano suspendida lejos del lienzo, goteando pintura desde un pincel agitado por la risa. Por otro lado, está el incontrolable movimiento físico del escritor causado por el síndrome de Tourette que padece. En las entrevistas, Quim Monzó se nota inquieto, encadenado a la repetición de giros de cabeza, parpadeos y aclaraciones de garganta; como si su rostro estuviera inmerso en una nube de mosquitos. Sus intervenciones son toscas, amontonadas en palabras que van corriendo, quizá huyendo del molesto enjambre.

Hay quienes han achacado los atrevimientos y la incorrección política del autor al síndrome, pero él dice que no es así, que todo esto es perfectamente voluntario. “Soy muy obsceno hablando, soy muy verraco, blasfemo mucho. En situaciones normales, delante de una mujer y de un hombre, digo procacidades al cabo de dos minutos”, explica en una entrevista con Enric González. El caso de Ray, el ticqueur ingenioso, paciente-personaje de Oliver Sacks, quizá nos haga dudar.

Por otro lado, si uno revisa su historia, Quim Monzó bien podría haberse dedicado a la pintura; a los 14 años, para ayudar a la economía de su familia, entró como aprendiz a un estudio de dibujo publicitario. Respecto a esto, él mismo cuenta que, de sus inicios en la Plástica publicitaria, al renombramiento del oficio como Diseño gráfico, la única diferencia consistió en 1000 pesetas más. Trabajó en eso algunos años hasta que obtuvo una beca para estudiar Literatura norteamericana y se mudó a Nueva York. A pesar de ser tiempos en los que reinaban los autores latinoamericanos —Cortázar, García Márquez, Arreola, Monterroso—, el catalán quedó fascinado por Donald Barthelme y Robert Coover. Y es precisamente en esa época, en la que su carrera como escritor se dispara; germina entre las traducciones, informes académicos y artículos periodísticos obligados para completar sus gastos.

Ya de vuelta en Barcelona, entra a la radio y a la televisión para expresar —orgulloso, ingenioso y temerario— sus ideas antimonárquicas e independentistas. Muy sonada fue, en 1994, la polémica desatada por la transmisión en TV3 de su monólogo “El trabajo de la realeza” que terminó en el agravio de la familia real española y la cancelación del programa Personas humanes. El monólogo censurado se puede ver aquí.

Respecto al asunto de la independencia catalana su posición es tajante y está francamente expuesta en sus columnas periodísticas. De haberse dedicado a la pintura, muy seguramente ya habría pintado unos cuantos murales en algún edificio nacionalista de Cataluña. Sin embargo, se abocó a las letras y cuando de eso se trata, baja las banderas y mantiene la cabeza bien fría: “Las lenguas y las literaturas no tendrían que recibir nunca el castigo de las estrategias geopolíticas, pero lo reciben bien fuerte” dijo durante el discurso inaugural de la Feria del libro de Frankfurt en 2007.

Monzó ha sido un gran promotor de las literaturas españolas y catalanas pero como artista deja fuera el activismo y la política. Es crítico, pero sus cuestionamientos se encuentran discretamente colocados en sus narraciones, no son abordados directamente sino de en la forma como Rodríguez Lozano dibuja el rostro de Salvador Novo y en segundo plano deja unos cuantos elementos que completan la situación sutilmente. La escritura del catalán, en cambio, es breve y directa: Oración. Oración. Oración conjunción oración. Oración. Monzó no luce en el estilo formal sino en su inteligencia, en la perspicacia de su escrutinio. Como buen cuentista, sus palabras claras construyen narraciones crudas que invitan al juicio pero no juzgan. 

De temperamento provocador, pienso que Monzó se habría dedicado a pintar desnudos. Así lo hace en El porqué de las cosas (1994), un conjunto de cuentos en que se dedica a desnudar personajes y situaciones para revelar absurdos e hipocresías humanas. Nos confronta con ellas a través del humor. Pero el humor, cuando convenciones, ilusiones y esperanzas están de por medio, puede resultar aterrador. Sin embargo, Quim Monzó nos empuja hacía la orilla del abismo, nos confronta con el vacío del egoísmo, la necedad, la insatisfacción, la frivolidad, la inevitable contradicción que nos compone. En sus personajes explora la naturaleza del hombre actual; destapa, a través de la risa, las cloacas a lo más esencial de las personas. Lo que se entiende como una parodia a primera vista resulta ser una pavorosa descripción de muchas situaciones comunes en estos tiempos: una auténtica tragedia.

Monzó te hace burlarte, decepcionarte, detestar al personaje, al ser humano, a tu potencial de convertirte en ese personaje, en ese ser humano. Cuando el marido del cuento “Vida matrimonial” “siente una tristeza inmensa, piensa que la vida es grotesca e injusta y rompe a llorar”, el lector se da cuenta de que es de sí mismo de quien se compadece, no del personaje, y tiembla.

Además de El porqué de las cosas, el autor ha publicado varios libros en español —novelas y antologías de cuentos y de crónicas— como La magnitud de la tragedia (1990), Mil cretinos (2008), Catorce ciudades contando Brooklyn (2004), Tres navidades (2003) y Ochenta y seis cuentos (2001).

Enfrentarse a la figura de Quim Monzó —rotunda y política como el arte de Siqueiros–, enfrentarse a sus cuentos— sutilmente corrosivos, más bien como los retratos de Rodríguez Lozano–, nos deja tan inquietos como él, como su rostro y su inteligencia vivaz, atrevida, irretratable.