La mutación del dibujo es el eje central de la problemática plástica en la obra de William Kentridge (Sudáfrica, 1955) y este discurso está presente en la exposición “Fortuna” que se exhibe en el Museo Amparo en la ciudad de Puebla hasta el 5 de octubre, después de estar en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) en la Ciudad de México.
En el trabajo de Kentridge se observan otras artes (como el teatro y la literatura), pero la solidez de su propuesta no sólo se sustenta en esta experimentación, efecto de su formación, sino de su capacidad visual al abordar el tema particular del Apartheid. El entendimiento y vivencia de esta problemática social en la que una clara mayoría –la población negra– es tratada como una minoría, está presente en su obra no sólo como tema sino como forma: la elección de los soportes y las técnicas es parte de un discurso visual sostenido por un enfoque y planteamiento conceptual. Su trabajo no se limita a narrar ni a retratar la realidad, tampoco se trata únicamente de una búsqueda expresionista: hace de los procesos parte del argumento. Así, sus animaciones –como History of the Main Complaint– armadas con dibujos que traza, fotografía y borra, experimentan conceptos en el hacer: memoria, reescritura, invención. En sus piezas monocromáticas al carbón un detalle con pastel casi fantasmal deja de ser una solución plástica para convertirse en una anotación existencial. Frente a la obra de Kentridge, se plantean distintas posibilidades de lecturas, desde una sociológica hasta una interdisciplinaria, al mismo tiempo que puede ser vista ésta desde la emoción desnuda o desde una mirada intelectualizada. El espectador entra sin trámites a las piezas.

(09) Paisaje colonial (Cascada) / Colonial Landscape (Waterfall), 1995
Colección del artista, cortesía de / Collection of the artist, courtesy of Marian Goodman Gallery, Nueva York / New York, and Goodman Gallery, Johannesburgo / Johannesburg
Quizás porque sus padres fueron abogados defensores de las víctimas del Apartheid y porque su herencia judía lo alejaba también de la acción separatista, aprovechó su no pertenencia a ninguno de los polos para contemplar el presente con una perspectiva sobre todo histórica. Esta posibilidad le permitió comprender y sumarse a esta situación desde un enfoque crítico.
Sin embargo, si el espectador sólo se quedara con la temática social, sería encasillarlo, pues lo más atractivo de la obra del sudafricano es que lleva ese espíritu contestatario a ámbitos formales y plásticos. Hace un golpe de estado para revitalizar al dibujo no sólo como una disciplina, género o soporte, sino como una estructura mental en la cual logra sintetizar un problema más filosófico: el dibujo como poiesis, como la causa que convierte cualquier cosa asumida como no-ser en ser.
Para algunos críticos, la fortuna o el tiempo son constantes en la obra de Kentridge, para mí es la memoria: el recuperarla, reinventarla, borrarla, trazarla. Lo grato de sus piezas es que no teme, ni tampoco busca pertenecer. Su dibujo es tan libre como su creatividad, la cual ha ejercido, tanto en su paso por la televisión comercial, como en su búsqueda artística; más allá de prejuicios y autocensuras todas sus líneas y trazos tienen un lugar propio y corren para confrontarse con su propio destino.
La exposición que se presenta, curada por Lilian Tone, se integra de 284 obras (38 dibujos, 27 películas, 18 grabados, 35 esculturas), está hilvanada a través del concepto de “fortuna”, que de acuerdo a la curadora es el “principio de su trabajo. Algo más que la fría casualidad estadística, pero al mismo tiempo fuera del rango del control racional”. Sin embargo, la exposición parece más una revisión del trabajo de Kentridge. Si bien las piezas son potentes individualmente, algunas de ellas parecen –y lo están– un tanto aisladas. Uno de los atractivos inquietantes de la obra de este artista sudafricano es que maneja series-concepto que parecerían más instalaciones para que así el espectador pueda entender a ese trazo mutante y también descubrir las posibilidades del dibujo. La pieza Félix en el exilio es una animación cuyos “bocetos”, más que “complementar”, expanden la obra hacia fuera de la pantalla insertadas en el discurso visual que ha venido construyendo a lo largo de su vida. En este sentido, la muestra es más un catálogo que invita al espectador al gusto por este artista. Las obras están reunidas alrededor del tema fortuna, y efectivamente somos afortunados al contemplar una de las propuestas contemporáneas que nos recuerde que el término del concepto no le pertenece exclusivamente a los conceptualistas.

(17 d) Archivo universal (Ref. 5) / Universal Archive (Ref. 5), 2012
Colección del artista, cortesía de / Collection of the artist, courtesy of Marian Goodman Gallery, Nueva York / New York, and Goodman Gallery, Johannesburgo / Johannesburg.
Pese a que hoy en día los museos parecen emular más a escaparates atractivos que estetizan a cualquier objeto –más que legitimarlo- la obra de Kentridge no sólo embellece los amplios espacios del MUAC y ahora del Amparo, los llena y enriquece. La potencia de sus piezas sacude. De frente a esta obra, el espectador de pronto es abducido por el dibujo y se descubre con la textura del carbón o de la tinta buscando su propio rastro en una hoja de diccionario que sirve de soporte. O se pierde en la huella de lo borrado y el trazo nuevo que sabe que será borrado para ser dibujado otra vez después de ser filmado. Va integrando, no una polifonía, sino un palimpsesto que evoca al funcionamiento de la memoria y pareciera invitar al espectador a seguir construyéndola. Cada uno de sus dibujos es un estudio –no me refiero a un boceto- conceptual de las posibilidades de la línea, en el recorrido a veces narrativo, en otras más abstracto, más lírico o más semántico.
Sus dibujos, que algunos ortodoxos podrían calificar de imperfectos, deambulan por medios distintos imponiendo su autonomía. La mano de Kentridge delinea su pasado profesional mientras traza: ahí está el director de televisión, el publicista, el actor, el estudiante universitario, el político, el dibujante, el historiador, el narrador, el autor que conceptualiza una cosmogonía personal en el acto de dibujar.