En defensa de la melancolía

¿Por qué todos los que han sobresalido en filosofía, política, poesía o las artes eran manifiestamente melancólicos?</
– Aristóteles

Pocas veces en la historia del pensamiento es posible anunciar una fecha como aquel instante en el que un concepto se transforma por completo. Con el cambio del siglo XIX al XX y el advenimiento de la psiquiatría moderna, la idea de melancolía experimentó ese cambio radical. Algunos autores quisquillosos delimitan aún más este paso y datan el evento en 1917, usando la publicación de Sigmund Freud Duelo y Melancolía como referencia. Aquel año, dicen, sirve para trazar el momento en el que la melancolía deja de considerarse sinónimo de creatividad, imaginación e ingenio como lo fue durante siglos, para convertirse en el equivalente de depresión y desequilibrio emocional.

melancolia

Melancolía, en su acepción antigua, significa literalmente “bilis negra”. El término alude a un fenómeno que se origina a causa de una incorrecta distribución de los cuatro humores que componen el organismo: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. La excepcionalidad de un filósofo, político, poeta o artista de la que Aristóteles habla en el epígrafe que acompaña a este texto es, sin embargo, no sólo un fenómeno físico asociado con los fluidos del cuerpo, sino también un asunto de la mente. En Problema, un texto escrito en el siglo IV a.C. y que se le atribuye a Aristóteles, se plantea esta compleja relación en la que, a diferencia de la concepción moderna, el plano corporal y el espiritual permanecen unidos.

El melancólico, como la bilis negra, es en sí mismo un ser variable. Su don radica en el mantenimiento de un precario equilibrio en un escenario de constantes cambios. Cambios bruscos e impredecibles que se mueven entre la genialidad y la locura. Para Aristóteles, el melancólico es un ser creativo e imaginativo que lucha en contra de ciertos elementos oscuros y dolorosos producidos por el exceso de bilis negra en su cuerpo. Su estado es el de una constante tensión sin tregua que se origina, en buena medida, por lo extraña que resulta la bilis negra en comparación con el resto de los otros humores que habitan el cuerpo.

Para explicar esta relación, Aristóteles recurre al vino pues según él, la temperatura y cantidad en la que se bebe el vino tiene efectos variados –única constante en esta historia–, que van desde la audacia hasta la demencia. Con la bilis negra sucede lo mismo: debe de haber suficiente como para elevar el carácter por encima del resto, pero tampoco puede ser muy poca como para pasar desapercibida, ni demasiado constante como para conducir a la inactividad.

Así, el melancólico -considerado caracterológicamente como anormal-, es un ser excepcional pues lograr la armonía entre estos dos abismos es una batalla difícil que requiere una dosis considerable de valentía. No en vano Aristóteles recuerda que este equilibrio se juega en una cancha cercana a la locura, pero es ese mismo peligro el que lo lleva a afirmar que este tipo de personas superan en muchas cosas a los demás. Su temperamento extraño e irregular que tiende a desviarse de la norma los conduce a un estado de inestabilidad en el que se arriesga la cordura en favor del delirio. El delirio creativo, el delirio que inspira, el delirio que inventa y que produce obras destacadas en las artes, la filosofía, la política o la poesía. Es ese delirio el que convierte al melancólico no sólo en un cuerpo con exceso de bilis negra, sino también en un lugar en donde habita el genio.

Esta doctrina aristotélica imperó por siglos en tratados médicos, artísticos y filosóficos. Fue clave para la Italia del Renacimiento y el mundo anglosajón de los siglos XVI y XVII en donde la representación del genio melancólico era prácticamente indiscutible. En algunos casos, incluso se llegó a apelar a los héroes homéricos para demostrar la relación entre brillantez y los efectos positivos de esta búsqueda incesante de excentricidad. Se hizo gala del ser superdotado como un ser colocado en una posición frágil pero altamente retribuida con la genialidad. Para el siglo XIX, esta capacidad creativa y placentera, aunque también oscura y dolorosa, comenzó a diluirse. Con el cambio de siglo el escenario cambió por completo. La psiquiatría moderna inició una batalla que buscaba remediar la melancolía y con ello desdibujar al genio por encontrarse cercano al loco.

Librarse a toda costa del exceso de bilis negra ha sido desde entonces la empresa que ha eclipsado a la melancolía con la ya trillada depresión clínica. Si pensamos en los siglos en los que la melancolía no sólo no fue combatida sino altamente celebrada, tal vez lo que nos deba de preocupar no es cómo curar la depresión, sino como mantenerla. Cómo preservar ese estado de constante volatilidad que incita a la inspiración y el trastoque de las normas; cómo preservar al genio melancólico.