Leo el cuarto tomo de Mi lucha, del escritor noruego Karl Ove Knausgård, cuyo título, a pesar de ser la parte menos interesante de la obra, no fue escogido a la ligera. Sabemos que le costó meses que su editor aceptara usar el mismo título con el que Hitler publicó sus memorias hace 90 años.

Si Knausgård escogió este título como admisión de que emprendía un proyecto para el cual contaba con más disciplina que talento, el ardid sensacionalista tuvo éxito. Cuando esta obra empezó a salir en conversaciones y rumores pensé: no voy a leer 3,600 páginas de la vida privada de un hombre nada más porque está de moda. Pero luego los rumores cambiaron a críticas interesantes firmadas por autores como Zadie Smith y Jonathan Lethem. Y Harper’s publicó un extracto en abril del 2013.

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Compré el primer libro para disipar dudas. Pero la primera frase: “La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede”, que no es particularmente bella pero sí muy cierta y con gran resonancia, me hizo poner atención. Cuando bajé del Metrobús ya estaba atrapado en su reflexión sobre la manera en que la velocidad de la vida cobra fuerza a medida que ésta avanza, y cómo el significado que le extraemos y la velocidad a la que vivimos van en sentido inverso. Leo el cuarto tomo, que tradujo al inglés Don Bartlett y todo sigue siendo sencillo, cierto y resonante. La vida de un contemporáneo cuarentón, sin grandes aventuras además de las comunes de la infancia y la familia. El matrimonio y el divorcio. La cotidianidad. Sigo leyendo.

Cada libro puede leerse como una novela aislada y como parte de la obra mayor. Los volúmenes no tienen, como es de esperarse, la misma estructura. El primero está dividido en dos partes, el segundo tiene historias contenidas, como cebolla, el tercero es lineal. Sin embargo, hay una gran consistencia en el tono y el tratamiento de los temas, lo que cuadra con la indagación de Smith —siempre detallista y universal a la vez— y con las reflexiones del propio Knausgård en el primer libro sobre la importancia de la estructura, donde dice que no siempre las mejores ideas, ni el estilo más refinado, producen las mejores novelas, sino que la estructura es lo que da lugar a la buena lectura. Tal vez para desprenderse del idealismo de DeLillo, tal vez para curarse en salud de la simpleza que en estas novelas se percibe (y cuya onomatopéyica ingenuidad recalca Ben Lerner en London Review of Books, con descripciones como “ohhh” y “aggg”), pero también como una promesa para los que leen por primera vez.

Los arcos dramáticos de largo alcance —el desenlace de su propia vida como individuo en una sociedad—, y los temas que se repiten —la relación entre él y su padre, él y sí mismo, él y sus hijos— hacen de estas novelas algo más que una lista de quejas y autoflagelaciones. Y es aquí donde aparece una lectura algo más profunda y actual sobre el título de su novela, que incluye la aceptación de la influencia nacionalista y homogeneizadora de su estricta cultura, tema que sin duda va ligado a la incomodidad y la vergüenza, ejemplificada en pequeños incidentes que bordean en la pedofilia. Lo que a primera vista puede parecer un ejercicio terapéutico por parte del autor para exorcizar sus fantasmas, deja de ser una letanía empática de desgracias (algo que la narrativa judía, desde Bashevis Singer y Phillip Roth hasta Woody Allen y Jerry Seinfeld, ha convertido en casi una marca registrada) para convertirse en personal y generacional: el odio al padre pero no al estilo dramático y abstracto de Edipo, sino familiar y práctico con el que Janie Starks odia a su abuela, el miedo a cometer los mismos errores, el asombro ante el misterio de la individualidad de sus hijos. “Nunca ha sido la novela tan personal; hace las preguntas que no se deben hacer en una sociedad con buenos modales: nos pregunta si estamos contentos con nuestros matrimonios, nuestra familia, nuestra vida profesional”, dijo Lionel Mordecai Trilling.

Aquí el contraste entre las ambiciones a la vez proustinanas (abarcarlo todo) y Beat (escribir la “Gran Novela”) de Knausgård y lo aparentemente banal de su entorno —despertar, trabajar, tomarse una cerveza, parece casi un blog—. Si bien Knausgård tiene periodos en los que escribe 20 páginas al día, no lo presume con el machismo de Henry Miller o Hemingway; es más, no sólo no quiere ser el héroe de su novela sino que ni siquiera aspira a ser feliz. Si James decía que la novela debe competir con la vida, Mi lucha crea una vida paralela muy modesta, en la que aprendemos a vivir, con sus aprietos y limitaciones. Para este cuarto tomo, la vida del autor es ya un recuerdo. Nos mete en su vida como parte de una necesidad de establecer la realidad, sin ninguna sutileza estilística: frases como “sonó el timbre, me levanté y abrí la puerta” son antitéticas a puristas como Raymond Carver, pero sirven para describir, usando palabras de Lerner en Leaving the Atocha Station, “la textura del etcétera”, el ritmo real de la vida moderna. Confiesa en el tercer tomo que la idea de inventar una historia para ilustrar una dinámica real le parece repugnantemente falso, y aspira entonces a crear esto en lo que estamos inmersos todos los habitantes de este siglo de blogs y selfies: la antificción. Ya sea que dejó a un lado toda pretensión literaria, como se dice bastante, o que nunca la tuvo, lo cierto es que funciona.

Si bien el noruego se presenta como casi exótico ante la claustrofóbica normalidad de su país, la ética de trabajo protestante que demuestra (y confiesa francamente en su artículo “My Saga” en The New York Times de marzo de 2015) para escribir y vivir su día a día, así como la distancia y ecuanimidad de sus relaciones humanas, aun ante su declarada incomodidad social, hacen de Knausgård, desde nuestra perspectiva, un escandinavo arquetípico. ¿Por qué? Pues porque en México estamos al otro lado del espectro. Cuando se siente incómodo de hacer parar al autobús justo frente a su casa porque está en un valle y el autobús pasaría trabajos para volver a acelerar, optando por bajarse un poco más adelante, demuestra una preocupación por el otro que se funde en el telón de civismo de su vida diaria. El extraño efecto secundario, que seguramente de ninguna manera parte de la intención de Knausgård, es que para nosotros Mi lucha es —además de descubrimiento, adicción, vida paralela— una lección de la vida en sociedad.

 

Karl Ove Knausgård, La muerte del padre. Mi lucha: 1, traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, Anagrama, Barcelona, 2014, 504 pp.

Karl Ove Knausgård, Un hombre enamorado. Mi lucha: 2, traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, Anagrama, Barcelona, 2014, 632 pp.

Karl Ove Knausgård, La isla de la infancia. Mi lucha: 3, traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, Anagrama, Barcelona, 2015, 498 pp.

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