"Cuando estaba vivo, yo era un hombre brillante. Me gustaba la política y la ciencia, y estudié las dos cosas: una maestría en ingeniería química y un doctorado en economía. Tenía una esposa y una hija. Tenía amigos. Era feliz. Hasta que me morí."

cerebro

Rafael tiene 76 años y padece uno de los tipos más extraños de demencia: el síndrome de Cotard. Cree que está muerto.

"En mis días buenos, casi paso por una persona normal. En mis días malos, siento que no me encuentro a mí mismo. No sé quién soy."

Alice tiene 50 años y padece uno de los tipos más comunes de demencia: Alzheimer. Está perdiendo la memoria.

Rafael es paciente del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía en México, una de las instituciones con más casos del síndrome de Cotard en el mundo; Alice es el personaje con el que Julianne Moore ganó el Óscar a mejor actriz por Still Alice. Ambos pertenecen a un sector de la población mundial cada vez más abundante: el de los enfermos de demencia. Hace diez años, a Rafael se lo encontraba haciendo tiempo para poderlo distribuir entre su ocupada vida laboral y su familia; hoy, está sentado en la sala de su casa con una mueca colgante y la mirada en blanco. Al inicio de la película, Alice dicta una conferencia en la Universidad de California; al final, su hija le hace una pregunta y, en respuesta, ella balbucea y sonríe inocente. Surge una pregunta: ¿Es el Rafael de hace diez años el mismo que el de hoy? ¿Lo es Alice? Quienes conocen a un paciente con demencia saben que preguntar esto no es metafórico y que, a veces, la respuesta parece inclinarse dolorosamente al no.

Pero antes de precipitar conclusiones hay que aclarar: ¿qué significa que Rafael sea o no “el mismo”? O sea: ¿en qué consiste la identidad personal? Puesto en términos místicos: ¿qué hace única a mi alma? En términos filosóficos: ¿qué hace único a mi sentido del yo? La pregunta es uno de los intereses clásicos de la filosofía de la mente. Los casos de Rafael y Alice son ejemplos extremos de un problema que en realidad puede aplicarse a cualquiera de nosotros: si es cierto aquel proverbio curside que “la única constante es el cambio” —si con el tiempo cambiamos de humor, de estilo, de opiniones e incluso de células en nuestro cuerpo—, entonces ¿qué garantiza que seamos la misma persona? La respuesta más común hoy todavía es la que dio John Locke en el siglo XVII: básicamente, que la identidad personalidad estriba en la memoria de las experiencias personales. Según Locke, la continuidad psicológica —que seamos la misma persona siempre— depende de la capacidad de nuestra mente para ordenar las experiencias que recordamos en una narrativa autobiográfica que nos explique cómo llegamos a ser quienes somos. O sea: sin memoria no hay identidad.

Así parece entenderlo el neurólogo Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero cuando escribe sobre Jimmie G., un paciente con síndrome de Korsakov que no recordaba nada anterior a 1945, ni siquiera con sólo algunos minutos de diferencia. La anécdota es que Sacks estaba hablando con Jimmie cuando tuvo que salir de la habitación por un momento y, al regresar, lo encontró presentándose de nuevo y volviendo a iniciar la conversación. Para Sacks, esto significaba que Jimmie había sido privado de lo que lo convertía en una persona: “ya no tenía alma”.

Este pronóstico es bastante funesto para el resto de las demencias relacionadas con la pérdida de la memoria. Parece insuficiente pensar que son realmente nuestros recuerdos lo único que nos hace quienes somos. ¿Sería un androide cargado con la información de mi pasado indistinguible de mí? Afortunadamente para Jimmie, no. Según teorías más recientes, la memoria autobiográfica es sólo uno de los varios elementos que dan cuenta de la identidad personal. El filósofo John Searle propone cuatro elementos, dos corporales y dos psíquicos: continuidad espacio-temporal (continuidad del cuerpo físico), continuidad estructural (regularidad relativa de los cambios usuales que el cuerpo sufre con el tiempo), continuidad de la memoria y continuidad de la personalidad. Este último criterio se refiere a las idiosincrasias que nos caracterizan y que no se relacionan necesariamente con nuestra historia personal.

La psicóloga Nina Strohminger propone, además, que no todas estas idiosincrasias tienen la misma relevancia. Strohminger ha evaluado varios rasgos psicológicos para saber qué tan importantes son en hacernos quienes somos. Le preguntó a sujetos de estudio hasta qué grado una persona hipotética permanecería fiel a “su verdadero yo”dependiendo del tipo de rasgo que cambiara con el tiempo. Los rasgos psicológicos de Strohminger son más específicos que los de Searle, y se dividen en capacidades de percepción (que la persona desarrollara una visión más aguda o perdiera el oído, por ejemplo), deseos (libido reducida, gusto renovado por el ejercicio), capacidades cognitivas básicas (mayor o menor capacidad de concentración, habilidad de multitasking), personalidad (volverse más aventurero, menos relajado, más tímido) y moralidad (volverse más o menos racista, grosero, espiritual, egoísta, honesto). Los estudios cubren diferentes razones para el cambio psicológico, desde escenarios reales como el envejecimiento natural y las lesiones cerebrales, hasta un hipotético trasplante de alma. En todos se encontró una constante: el criterio que los sujetos estiman más importante para que una persona pueda seguir siendo considerada la misma no es la memoria sino el sentido de la moral. No importa que la persona haya olvidado quién es tanto como que se vuelvamenos bondadosa o cruel. Strohminger nota que este aspecto de la personalidad no sólo es esencial para juzgar la continuidad psicológica de terceras personas, como demuestra su trabajo, sino también para juzgar la propia. Un estudio de 2008 encontró que las personas estaban menos dispuestas a tomar medicamentos psicoactivos que los influyeran en aspectos como la empatía o la afabilidad, o sea sus rasgos morales, que a tomar medicamentos psicoactivos que mejoraran su memoria o capacidad de atención. ¿Por qué elegir ser más memorioso pero no más bondadoso? Tal vez intuimos que lo primero implica ser un mejor yo, y lo segundo, ya no ser yo. Y tal vez no nos equivocamos.

Por otro lado, para Kant la sensibilidad moral está estrechamente vinculada con la sensibilidad estética. Juzgar algo como bello es apreciarlo desinteresadamente: sin un fin ulterior, y también juzgar algo como moralmente correcto, independientemente de que queramos o no poseer lo bello y de que hagamos o no loque consideramos correcto. La configuración mental según la cual hacemos estos juicios no es necesariamente muy distinta entre nosotros, pero, curiosamente, en los estudios de Strohminger los sujetos consideran más importante para la identidad personal este aspecto que otros de mayor unicidad, como los gustos personales y las memorias. Es decir que, para atribuirle a alguien su identidad, los humanos nos fijamos más en sus rasgos morales que en cualquier otra cosa porque ésta es la información más relevante que podemos tener sobre alguien. Nuestra identidad personal tal vez estribe más en nuestra reacción frente a lo bueno y lo bello que en nuestra capacidad de recordar y narrarnos.

Algo así debió intuir Oliver Sacks cuando, después de haber pensando en Jimmie como un hombre privado de su alma –de su identidad– por su falta de memoria, lo vio participar en una ceremonia religiosa. “Estaba conmovido […], porque vi una intensidad y concentración que nunca había visto en él ni había pensado que fuera posible en él. Lo vi arrodillarse y tomar el Sacramento en su lengua, y era imposible dudar de la totalidad y completitud de la Comunión, el perfecto alineamiento de su espíritu con el espíritu de la Misa. […] Estaba completamente absorto, poseído por un sentimiento. Lo que Sacks tenía frente a sus ojos era la sensibilidad moral-estética de Jimmie, intacta tras la lesión que produjo la demencia. Las palabras del mentor de Sacks, el neuropsicólogo Alexander Luria, regresaron a él: “un hombre no consiste sólo de memoria. Tiene sentimientos, voluntad, sensibilidad, ser moral”.

Sentados en el comedor de su casa, sobre un mantel tejido de todos los colores, Rafael y su esposa beben café. Ella está hablando sobre el largo proceso –el calvario, dice– de la enfermedad, y su voz se quiebra. Las lágrimas la interrumpen. Sigue un espacio vacío que se sufre. No se puede detener. Entonces Rafael, normalmente inmóvil, toma la mano de su esposa y la aprieta fuerte.

En la última escena de Still Alice, su hija le recita unextracto de una obra de teatro y le pregunta si le gustó y si puede decirle de qué se trató. Alice balbucea que el texto hablaba sobre el amor, y su hija reconoce en la respuesta la misma sensibilidad que esperaría de su madre. En efecto: debajo del Alzheimer, del síndrome de Cotard o de cualquier otra demencia, es posible que los olvidados y los muertos sean las mismas personas que quienes recordaban y vivían, porque es posible que recordar y vivir sean accidentes y para que se manifieste la esenciahaga falta algo esencial también. ¿Hay mejores candidatos que la bondad y la belleza?

Bibliografía:

Sacks, Oliver, The Man Who Mistook His Wife For A Hat: And Other Clinical Tales, Odyssey Editions, 2010, p.114.

Searle, John, Mind, Oxford University Press, 2004.

Strohminger, Nina; Nichols, Shaun, “The essential moral self”, en Cognition, v.1, n.1, 2014, pp.159-171.

Strohminger, Nina, “The self is moral”, Aeon Magazine, 2014, recuperado el 12 de mayo de 2015 de http://aeon.co/magazine/philosophy/why-moral-character-is-the-key-to-personal-identity/