Hacia finales del siglo XIX un grupo de pintores quería organizar su primera exposición en conjunto en París, para lo cual le pidieron ayuda a su amigo Paul Durand-Ruel. Por entonces este galerista francés estaba en bancarrota luego de pagarles a aquellos artistas sus gastos de materiales de trabajo, la renta de vivienda y alimentación, y comprarles cuadros que después no podía vender. Sin embargo, Durand les ofreció lo único que le quedaba de valioso: los cuadros sin éxito comercial y su propia galería como sede del evento. Eso fue todo lo que se necesitó para consagrar al grupo que a partir de entonces sería reconocido como “los impresionistas”.
“Solían escribir que esa gente estaba loca, pero había alguien más loco que ellos: el comerciante que compraba su trabajo”, dijo alguna vez Monet. Que en una Europa devastada por guerras y crisis alguien decidiera invertir en pinturas de artistas desconocidos y hasta pagarles para que siguieran pintando eso que después sería muy difícil vender, era en efecto una locura. “Al final, los maestros del impresionismo triunfaron. Mi locura había sido sabiduría”, diría Durand-Ruel.

Entre 1891 y 1922, informa la National Gallery en la exposición temporal que alberga sobre este personaje, el coleccionista y vendedor compró cerca de 12 mil pinturas, incluyendo más de 1, 000 Monets, alrededor de 1, 500 Renoirs, más de 400 Degas, así como cerca de 800 Pissarros, 200 Manets y casi 400 Cassatts.
La metodología de trabajo de Durand-Ruel era riesgosa para un mercader de arte tradicional: entrar a las buhardillas parisinas o a los estudios londinenses de pintores poco conocidos, ignorados o criticados, y comprar cuadros que nadie más había visto y sin valor económico definido. “Era un mal comerciante de pinturas porque nunca me gustaba lo que vendía y nunca lograba vender lo que me gustaba”.
Al comprar obras que le gustaban, el galerista seguía su intuición a riesgo de contradecir el gusto de los clientes que había heredado de su padre, un galerista de arte más conservador. En una visita en enero de 1872 al estudio de Édouart Manet, por ejemplo, Paul compró 23 pinturas por 35 mil francos, que entonces equivalían a 40 veces el salario anual de un obrero.

Buscando cómo difundir el trabajo de los artistas que admiraba y a la vez vivir de ello, Paul adaptó herramientas del mundo de los negocios al del arte. Fue él quien introdujo prácticas de mercado que ahora nos parecen tan comunes en el arte moderno, como las exposiciones retrospectivas sobre la trayectoria de un solo artista. En la década de 1880, por ejemplo, Durand-Ruel organizó exposiciones individuales de Monet, Renoir, Pissarro, Sisley y Boundin.
En 1870, cuando Francia declaró la guerra a Prusia, Paul decidió mudarse al Reino Unido, con todo y su colección de arte . Para entonces Londres ya se estaba convirtiendo en el refugio de artistas de otras partes de Europa, como el francés Claude Monet. Londres, por lo tanto, fue la sede de la exposición más grande de impresionismo que nadie más pudo volver a lograr. En enero de 1905 Paul Durand reunió 315 obras representativas del movimiento en las Grafton Galleries. De nuevo, el éxito comercial no llegó: sólo se vendieron 13 obras. Sin embargo, a la fecha esa exposición es considerada el símbolo del nacimiento del arte moderno.
En aquel evento, Durand no sólo consagró una tendencia artística que había sido descubierta o “inventada” por él mismo 30 años atrás al dar a conocer a estos artistas en conjunto, sino que introdujo algunas prácticas que hasta ahora forman parte de cualquier exposición importante, como una gran inauguración y la atención a la prensa mediante visitas exclusivas o boletines.
Si el arte es actualmente un negocio del que en muchas ocasiones pueden vivir los artistas y sus vendedores, quizá en parte se deba a los creativos e incipientes métodos de mercadotecnia que Durand ideó alguna vez en su afán desesperado por vivir de un arte poco comprendido y en medio de aquel desconcertante fin de siglo.
A 110 años de la gran exposición de impresionismo organizada por un solo hombre, un equipo de curadores de grandes instituciones del arte en el mundo –la National Gallery, el Musée d’Orsay y el Philadelphia Museum of Art- han logrado regresar algunos de aquellos cuadros a la ciudad en donde su valor en el mercado futuro fue establecido. Provenientes de colecciones públicas y privadas de Estados Unidos, Japón y Francia, 85 de esas pinturas llegaron de nuevo a Londres, pero esta vez a la National Gallery. El viaje de regreso ya no es el mismo, pero es en sí una representación del viaje que toda obra de arte sigue en su proceso de consagración.
Esta vez los cuadros no requieren de la fe ciega de un mercader de arte en bancarrota pero apasionado. Ahora los nombres y los títulos de las obras no requieren más explicación que la de una audio-guía multilingüe. La marca “impresionismo” está tan bien posicionada, que es mejor comprar el boleto de la exposición con tiempo y por internet para evitar las filas.
Caminar por las salas de la National Gallery dedicadas a “Inventing Impressionism” es viajar en el tiempo y el espacio recuperado a través de la intención mimética de la curaduría. De esta forma, el visitante puede convertirse en huésped de Durand y caminar por la sala de su casa en París, reconstruida con todo y las pinturas que la decoraban.
“Inventing Impressionism” es una exposición sobre la exposición. Al llegar a la última sala, la que representa la exposición londinense de 1905, el visitante puede sentarse en un sillón como el de aquella otra galería y desde ahí comprobar que, en efecto, uno puede observar At the races, before the start y Miss la la de Degas desde el mismo ángulo en que aquel primer público los observó. Puede, si quiere imaginarlo así, pretender que representa a su vez a ese público de principios de siglo que se quizá se transportó a París al observar Music in the Tuileries Gardens de Manet. La memoria puede entonces recuperarse a través de las fotografías en blanco y negro que documentaron el espacio de la exposición original, de los mismos cuadros que alguna vez, hace más de un siglo ya, estuvieron igualmente reunidos en una sola sala en esta misma ciudad.
Lo que no puede recuperarse, el límite de esta exposición, es la experiencia estética que la primera logró. Esas 315 obras son y no son las mismas después de haberse mostrado en las Grafton Galleries. Las alrededor de 85 obras que pudieron regresar a Londres para la exposición de este año en la National Gallery nunca serán vistas con la misma mirada de sorpresa, inquietud o hasta sospecha con que fueron vistas el siglo pasado, cuando el público era contemporáneo de los artistas. Esta nueva experiencia estética se basa en el reconocimiento y no en lo novedoso: Las pinturas que conforman la trilogía de las “danzas” de Renoir –Dance in the Bougival, Dance in the City y Dance in the Country– han sido observadas y valoradas desde muchos otros espacios físicos y virtuales, aunque por primera vez desde hace 30 años vuelven a cohabitar una galería.

La experiencia de esta exposición, sin embargo, tampoco podrá volver a ser recreada por igual si alguna vez, quizá el próximo siglo, los impresionistas vuelven a tener una cita en Londres. Aunque siempre sea tentador proponer la exposición de la exposición de la exposición, y así siempre que el impresionismo siga siendo capaz de reinventarse.