Absurdamente lopezvelardeanas


ladydi

Texto leído el 21 de agosto de 2014 en la presentación de la novela de Jennifer Clement Ladydi (Lumen/Random House-Mondadori), en la librería Rosario Castellanos.

Por algo que mencionaré más adelante, empiezo mi intervención como sigue y de modo deliberado: estamos aquí para presentar la novela, escrita originalmente en inglés, de una escritora mexicana cuyo nombre es Jennifer Clement.

A esta aparente paradoja añado otra. Ladydi es una novela escrita por una poeta, pero no es una “novela de poeta”; es también una novela que tiene de trasfondo la guerra de las drogas en México, pero no es una “narconovela”; y es igualmente una novela trágica surcada por vetas cómicas, pero no es una tragicomedia sino una obra que construye con esos ingredientes su propia seriedad, nueva y profunda; vale decir, una seriedad aparte —quizás hay aquí otra paradoja— por alguien que ha logrado esa seriedad en su novela sin que la seriedad misma se diera cuenta. Alguien que, en fin, distrajo la seriedad esperable o previsible para lograr en cambio una seriedad inesperada. Enumero y veo que ya hubo cuatro paradojas; qué más, va una quinta: la novela Laydidi borda en gran parte sobre materiales extremos, duros, acaso y a veces imposibles de soportar, y sin embargo hace rato que yo por lo menos no leía una novela tan disfrutable.

Por “novela de poeta”, con entrecomillado y dejo despectivo, se haría referencia a una suerte de novela donde el autor, siendo poeta, en lugar de hacer novela se puso a hacer floripondios verbales y abrió el grifo de los efluvios líricos, como dejando en claro que el verdadero personaje de la novela sería el lenguaje inflado y su única trama el intrincamiento lingüístico. No es así con la novela de Jennifer Clement. Sus personajes tienen tal claridad narrativa que se quedan rondando en la cabeza del lector desde la primera lectura; y desde la primera lectura el urdimiento de la trama es tal que deseamos pasar las páginas para ver qué sigue. Es una novela vuela-páginas. Novela hecha y derecha, con el ascenso a un clímax, con el sentido de un final, con la pausada urgencia de a ver cómo termina. Ahora bien: claro que es una novela con poesía, pero paso a especificar o a recordar de cuál. Tiene que ver con Juan de Mairena, ese autor que inventó el poeta español Antonio Machado. Mairena está dando clases un día y escribe o está ya escrita en el pizarrón la siguiente frase: “Aquello que acaece en la rúa”. Mairena pasa a un alumno al frente y le dice: “ponga eso en lenguaje poético”. El alumno escribe entonces en el pizarrón: “Lo que pasa en la calle”. “Nada mal”, lo felicita Mairena. La poesía que hay en Ladydi no es poesía-rúa, sino poesía-calle.

Y ahora bien, de nuevo. No puedo salirme de la poesía porque en algún momento de mi lectura de Ladydi pensé que sólo recurriendo a formas poéticas podemos dar cuenta de la voz que se oye en esta novela, la voz del personaje principal que es también la voz que narra la novela. En poesía hay monólogo romántico y monólogo dramático. El romántico es cuando la voz se habla a sí misma, habla consigo misma; el dramático es cuando esa voz habla a otros, habla hacia otros. La voz en esta novela de Jennifer Clement logra, mágica o artísticamente, dar un efecto de ambos. Es decir, Clement ha logrado que su personaje Ladydi García Martínez al ir contando su historia, se la revele a sí misma, la articule para sí misma conforme la va emitiendo. Logra que la reste al caos y la devuelva a un orden, un orden tremendo, por cierto, pero un orden. Es en efecto como en un monólogo interior, pero ese monólogo interior se exterioriza igualmente y al hacerlo se vuelve un monólogo dramático, un monólogo para otros, un monólogo que se abre a los lectores o a quien quiera oir la historia. Este hallazgo, que permite leer la novela primero como el registro de un personaje que se habla a sí misma y luego releerla como un personaje que habla a otros, sustenta mucho de la eficacia de Laydidi. Y es también el secreto nada fácil de tratar con acierto literario un material que algunos considerarían estrictamente periodístico. De ser así, me atrevería a decir entonces que en su recreación de las condiciones de las víctimas robadas y robables en las montañas de Guerrero, Clement ha inventado algo: el reportaje por dentro de una conciencia en flujo; el recuento de hechos externos que se suceden internamente; la realidad intimada, mejor dicho: la realidad terrible como un paisaje interno, desolado y desolador pero lleno de recursos y golpes de ingenio en la voz de Ladydi García.

Esta voz, la escondida pericia que le da forma a esta voz, no es producto del azar o la generación espontánea. Iba a decir que Jennifer Clement es una notable vocera, de no ser que tal palabra ya suena muy mal debido a otros ámbitos. Digamos entonces que Clement es una notable encarnadora de voces. En su concentrada obra poética recojo al paso dos momentos: Clement le ha dado voz en sus poemas a la mismísima Marie Curie, Madame Curie; y a una que, como la niña de Guatemala, murió de amor, la inglesa Elizabeth Blaney quien vivió en el siglo XVII y a quien Clement dedicó una secuencia de poemas titulada La dama de la escoba. Pero conforme fluía en mi lectura la voz de Ladydi, la voz inmediata o asociable que me trajo dentro de la obra de Clement fue la voz que aparece en un breve texto en prosa cuyo nombre es Una niña salamandra (2007), cuyo personaje es Elizabeth Medora Byron, hija del poeta inglés Lord Byron y su media hermana Augusta Leigh. ¿Qué tienen que ver el fruto de una relación incestuosa de Byron con Augusta y una niña de Guerrero que al entrar en la adolescencia, y de hecho al entrar en la novela, las palabras que recibe de su madre son “Ahorita te ponemos fea” para que su posible belleza no incite a los narcos a robársela? Nada, nada tienen que ver. Excepto algo: la voz de Clement las hace compartir una cercana extrañeza. Son niñas raras y entrañables a su manera, rodeadas de un curso trágico que ellas mismas vadean con ligereza y gracia verbal. No sólo Ladydi: su media hermana María, la del labio leporino, bien vista es también una niña salamandra. Tienen la peculiaridad de lo anómalo, de lo que no debió ser así. Oponen al desvalimiento el ocurrente valor de las palabras; sólo tienen un poder: el de su propia historia y la manera de contársela a ellas mismas y así contarla a otros.

Los personajes femeninos que toman forma en, por y a través de la voz de Ladydi, comenzando por ella misma, son de una novedad sorprendente y una originalidad decisiva. Y de una antigua gravedad. Perdón por estos clichés. Tengo un modo de revertirlos y es el de recurrir al poeta mexicano Ramón López Velarde. La asociación no es porque, para quienes no lo sepan, Jennifer Clement hizo no hace mucho una traducción de La Suave Patria al inglés. La asociación viene, o me viene a cuento porque, anacrónicamente, absurdamente para volver a estos dos adverbios que López Velarde usó genialmente en el mismo poema de la Suave Patria describiendo cómo el rosal europeo se inclinaba ante el nopal mexicano gracias a Cuauhtémoc; digo que estas mujeres-personajes de Clement son, no dejan de ser por raros, excéntricos, misteriosos caminos, lopezvelardeanas. Al azar y al cabo de la lectura de Ladydi pensé en poemas de López Velarde como “A las mártires provincianas”, cercadas, atrapadas “por las facinerosas tropelías” de bandoleros, por la foránea o invasiva violencia en la época de la Revolución; el poema que en efecto empieza con una rima inesperada, casi ocurrente y hasta chusca, y que por casualidad menciona un tipo especial de rezo, quizá como de los rezos que aparecen en Ladydi: “Me enluto por ti, Mireya/ y te rezo esta epopeya”. Los personajes de Clement nos enlutan, y sin embargo lo hacen a esta íntima, avispada en lo verbal, manera lopezvelardeana. Pero no quiero salirme de La Suave Patria, este poema que no cesa de cambiar y darnos diferentes lecturas, poema susceptible de mutantes definiciones. Se me ocurre una definición para estos efectos, para efectos de cómo abordar a los personajes de Ladydi: La Suave Patria es un poema de mujeres, empezando por la patria misma, con unos cuantos muchos versos o pasajes memorables dedicados a otras cosas menos importantes como el petróleo. (Es una broma.) Pues voy entonces a los versos en que el poeta le dice a la Suave patria:

Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol
cruzan como botellas alambradas.

No sé cómo sean las hijas que atraviesan hoy la suave patria pero en un momento dado me ocurrió esto: vi cómo y a su modo los personajes de Clement cruzan como niñas o mujeres salamandra por la patria o por el poema; Ladydi y su mencionada media hermana María, la del labio leporino; Ruth, la del increíble en el mejor sentido salón de belleza en la sierra y los episodios que ahí ocurren; Paula, la más hermosa y robable, concernida por los tatuajes de Britney Spears cuando ella como varias otras se ha tatuado con quemaduras de cigarro para que puedan reconocerla una vez muerta o desechada; la misma madre de Ladydi, versátil y cabrona rezadora por cucharas, radios, matamoscas, celulares, hasta por un poco de mugre; incluso la guatemalteca Luna, manca de brazo perdido en un viaje del tren La Bestia y encarcelada en el reclusorio de Santa Martha Acatitla por haber perdido a dos hijas a mano propia. Sentí, vi que de momento ellas también son hijas que atraviesan por la suave patria. No incurriré en el facilismo de decir que ahora se trata de la dura patria. Y no lo haré porque en términos lopezvelardeanos la suave patria lo sigue siendo mientras creamos en ella por mujeres como estas. Más aún: al fin de las humillaciones y los sobresaltos y los hechos terribles, al personaje de Ladydi le viene bien el verso de López Velarde a la suave patria, pero como si se lo dedicáramos a ella y a las mujeres que hoy, en México, habitan una realidad como la de ella: Inaccesible al deshonor, floreces. Repito: inaccesible al deshonor, floreces. Al otro extremo de los robos, de los ocultamientos en el hoyo mientras pasan los narcos robadores de muchachas; luego de atravesar como salamandras milagrosas el fuego y el narcofuego, y el Paraquat floricida de amapolas de la droga pero también de niñas-amapolas; digo que al fin, estos personajes, estas mujeres, son una lección de honor. Perdón de nuevo por el cliché; lo revierto nuevamente con el verso de López Velarde que no me cansaría de repetir como rezo, ahora como rezo por las robadas en atención al título original en inglés: Prayers for the Stolen: Inaccesible al deshonor, floreces. Así es con Ladydi y las otras: Inaccesibles al deshonor, florecen, pese a todo.

Hace unos momentos hicimos el nexo de la voz de Ladydi con otras voces en la obra de Jennifer Clement; ahora, para volver a las palabras iniciales: falta el nexo de esa voz con otras voces de la literatura mexicana. Tal cosa no va por el rumbo o el intento de naturalizar como mexicana a Jennifer Clement para que juegue con nuestra selección, puesto que lleva rato haciéndolo. O bien: hace rato que de Jennifer Clement puede decirse que es una escritora mexicana que nació por casualidad en Estados Unidos. Si la percepción sobre ella era algo así como la de una escritora que a veces escribe sobre temas mexicanos; textos de escritora estadunidense sobre México, tal cosa ya no lo es más a partir de esta novela. Ladydi es el texto de una estadunidense no “sobre” México sino desde México; mejor: desde adentro de México. Es una formidable novela mexicana escrita en inglés. Es una formidable novela mexicana, sin más. Si no bastara la obra anterior de Clement y el tiempo que ha estado físicamente en México, Ladydi le da la carta de naturalización o bien su pasaporte literario mexicano. ¿A qué le da derecho ese pasaporte literario? Por lo menos al nexo que dejé pendiente frases atrás. Con brillantez y encanto Ladydi se anexa con o se inserta en las voces que son personajes que a la vez son presencias femeninas en la literatura mexicana. No mencionaré a las varias porque se me pueden ir las algunas. Pero sí a una de esas voces que es como el principio moderno de todas ellas en nuestras letras. No comparo ni jerarquizo; no ranqueo calidades, ni empato realidades, ni equiparo a un par ya de clásicos de la literatura mexicana con la recién aparecida Ladydi; simplemente hago el nexo, o tiendo el arco: la voz femenina que ha destilado o puesto a fluir Jennifer Clement en Ladydi se une a esa inicial, primera voz, voz fundadora de las que siguieron en las letras mexicanas; la voz que se oye en los breves libros Cartucho. Relatos de la lucha en el Norte (1931) y Las manos de Mamá (1937) de la escritora Nellie Campobello. Y bien visto, a su manera y en el siglo XXI Ladydi cuenta otros cartuchos y otras manos de mamá.

No sé, por último, cuál será el destino de esta novela de Jennifer Clement más allá de lo bien que le ha ido en su edición inglesa entre la crítica literaria anglófona; sí sé que es un destino atado ya a la literatura mexicana, así sea que, si por caso se le quisiera negar o regatear ese sitio, esa carta de pertenencia a la literatura mexicana, hayamos de, tengamos que ponerle a la autora el nombre de Jenífera Clemente.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Pláticas de familia (disponible en ebook), Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.

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Publicado en: Ciudad de libros