Todo el arte está en la Versión o Técnica,
es decir, en lo indirecto.
Macedonio Fernández
La seguridad, la sensata tranquilidad que algunos encuentran en las recetas y en los manuales de instrucciones siempre me ha sido ajena e inaccesible. Para mí, esos formularios, pequeños tratados de la concordia humana, representan todo lo contrario: son la encarnación puntual de una prueba (en su doble sentido de confirmación y examen). Ante un instructivo para armar un escritorio, ante la receta de un flan de caja, mis nervios crujen, se me inundan los intestinos de lava y una pesada amargura se recuesta en la hamaca de mi plexo solar. En el borde de la hoja se dibuja el horizonte de una nueva derrota y una voz (que yo imagino pertenece a un actor desaparecido en alta mar) me dicta: “por esta senda otros han llegado, con risueña ligereza, al éxito del librero nuevo y el pastel horneado en casa, pero tú sólo hallarás dudas, sufrimiento y muerte”. Por supuesto que exagero, pero al final de mi recorrido por el tablero de instrucciones, a base de derrochar atención en detalles inexistentes, siempre me sobran tornillos fundamentales o me faltan nueces y piezas de Lego. Y el fracaso delata mi lateralidad, mi natural impertinencia, mi condición extrínseca en una realidad aparentemente intrínseca. El manual confirma: si la vida es un tema (de conversación, de ensayo), tú eres un lenguaje inadecuado. Desde luego, sigo exagerando, pero lo cierto es que no me enjuago tan fácil de la boca y la garganta este sentimiento de no estar del todo.

Pero que nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de incompetencia formularia, pues me ha sido dado disfrutar una paz similar a la del adepto a los cánones del do-it-yourself en las versiones nuevas de canciones previamente grabadas, es decir: en el cover. En ese ámbito yo encuentro solaz y certidumbre, calidez y sosiego. La felicidad que brinda un cover afortunado se parece a ese momento de los noviazgos en el que todavía quema la exaltación del enamoramiento, pero ya ha empezado a cifrarse la estabilidad de la rutina. Esas variaciones de lo mismo me permiten regresar por un momento al Reino Milenario, encontrar mi centro y habitarlo; ahí, una antigua nostalgia se satisface y enciende algo parecido a una esperanza. Por ello, el cover representa para mí una posibilidad de eureka y acceso: una suerte de kibbutz del deseo. Dirán que exagero hasta por los codos y que parafraseo demasiado a Cortázar, pero qué le voy a hacer, no he leído mucho y además empiezo a creer que hay una dimensión de la verdad a la que sólo podemos llegar por vía de la exageración.
Cover no es variación, sino versión: su esencia no está en lo que cambia, sino en lo que permanece. Dado que el encanto de la música está en el delicado equilibrio entre predictibilidad y sorpresa, no faltará quien diga que yo he de apreciar sólo la parte de la regularidad y que este hecho dice mucho de mi persona. Pero se precipitan los que así me juzgan. Es cierto, el cover me conforta porque me sitúa en un territorio conocido, porque me proporciona coordenadas y un ovillo de hilo, pero después me deja vagar a mis anchas por el laberinto del minotauro. Y en ese vagabundeo hay riesgo y desconcierto. Es como si la plantilla de la melodía conocida potenciara la diferencia de la nueva versión y entonces puedo regodearme en la pura sorpresa. Por eso, prefiero los covers que no se alejan demasiado de la edición príncipe sobre los que la reinventan. Soy más afecto a los covers mansos de U2 y Pearl Jam a canciones de los Beatles, que a las deconstrucciones de Joe Cocker y Cat Power, por seductoras que éstas sean. Pues, repito, entre más presente se halle el original, más puedo adentrarme en la indeterminación de la traducción —o eso creo.
En caso de haberlo, he tocado ya el meollo del asunto: el problema con los covers es el problema de la originalidad. El cover evidencia una falta de autenticidad, un hurto. Pero, si esto es así, ¿dónde yace realmente esa no-originalidad? ¿Dónde late la injuria del desfalco y quién la padece? El versionador sabe que él no es el ladrón, sabe que el tramposo es el otro, el compositor o intérprete original. “Aquél me robó mi canción”, dice el cubridor. “Se robó mi historia, mi idea y mis exactas palabras. Me robó una melodía que yo mismo no sabía cómo había llegado hasta mí. Aquél es un advenedizo; debe su gloria y su mérito a un mero azar: haberlo dicho antes que yo. Haber estado ahí primero.” El problema de los covers, entonces, el problema de la originalidad, es el problema de la condición humana: un hombre es todos los hombres y viceversa. Está condenado a sentir las mismas cosas, a encarnar la misma tristeza del pensamiento, a ser versiones mínimamente diferentes del Hombre y la Mujer en su marcha triunfal hacia la tumba. Pero nunca somos los otros, y no nos habrá de salvar lo que dejaron escrito aquellos que nuestro miedo implora. No eres los otros: ésa es la barrera final, la frontera infranqueable, el abismo que nos separa de todo y todos los demás. El problema del cover, el problema del Hombre: ser el otro, él mismo.
A mi juicio, la literatura ha hecho cover, remix, reprise y sampleo desde siempre: de forma implícita, reelaborando los mismos eternos temas (todos, además, versiones de la búsqueda y el desplazamiento), y de forma explícita, a través de préstamos, plagios y pastiches, citas y reescrituras. La música grabada no ha hecho más que adaptar estas técnicas, dándoles nombres propios. Escribir siempre es reescribir. Escribir siempre es ensayar un cover personal, modesto y precario, de la historia del tiempo.
En términos estrictos, desde que leemos hacemos cover. La lectura es la ejecución de la partitura; el texto no es más que un esquema de indicaciones, nosotros lo tocamos. Esto es posible porque en la literatura no existe la figura del intérprete o, mejor dicho, está fundida con la del público-receptor. El escritor no escribe «en vivo» y por ende no conocemos más que versiones alternas de la obra original. Sin embargo, aunque esta idea es válida, y ostenta cierto encanto, no puedo equiparar cómoda y absolutamente el acto de lectura con el acto de cover. No tienen los mismos resortes, ni anímicos ni mecánicos. Aunque estamos cerca: el verdadero espíritu del cover late en la relectura. Vamos andando por la página, encabalgando caracteres, sonidos y unidades de significado. Avanzamos como quien camina por una calle conocida con algo de prisa. Pero, de repente, tropezamos con una losa de oro: un adjetivo insólito pero exacto; la conjunción eficaz de un atributo moral y otro físico; una frase sólida como el hormigón, pero ágil como un gato apenas hambriento; una construcción aparentemente absurda, pero que condensa una inmensidad de sentido; un sarcasmo sutil y fosforescente; el nombre de una nostalgia olvidada; una idea que completa y explica el álbum de nuestro insomnio. Nos detenemos, quizás respiramos profundamente, y regresamos a la mayúscula inicial y, entonces sí, empieza el cover. Pues sólo ahí donde hay envidia hay cover.
Por esto, en el terreno de las letras, el recurso que más concentra el impulso del cover es la cita. Aunque técnicamente se acerca más al sampleo —es decir, a la prótesis y la recontextualización—, su aliento es esencialmente versionador en tanto que combina dos actitudes contrarias: el respeto reverencial por el texto sagrado y una corrosiva envidia herética. El que cita hace voto de humildad, reconoce: “otro lo ha dicho mejor que yo”; pero el mismo gesto es, simultáneamente, desplante de suficiencia: “pero yo lo he advertido mejor que nadie”. Admito que en mi gusto por las citas hay algo de fetichismo y otro tanto de filatelia. Todos, creo, hemos soñado con fabricar un texto mandálico y propiciatorio, compuesto, como los quilts de los amish, a partir de pura retacería canónica; pero al final desistimos porque sabemos que el zurcido sería demasiado burdo y el resultado, infame. Los tiempos modernos han rebajado a las citas de su alta dignidad —la palaciega envidia—, haciendo de ellas objetos de acumulación y consumo: empaquetamiento, pildorización de la sabiduría; conocimiento convertido en accesorio de temporada.
Modesto, pero un misterio a fin de cuentas, es el caso del simbolista de Nîmes, autor parcial del Quijote de Cervantes. En una carta de 1934, dirigida a un crítico literario fascista y católico amigo suyo, Pierre Menard declara que el Quijote le interesa hondamente, pero no lo considera un libro “inevitable”. “El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario”, dice tajante Menard. Aún así, acometió la meticulosa (y metafísica) tarea de reescribirlo, de reproducirlo sin incurrir en transcripción. El crítico católico al que hemos aludido, señala que Menard sólo pudo completar la reescritura de los capítulos IX y XXXVIII de la primera parte, y un fragmento del XXII. Sin embargo, una detallada revisión de la edición conmemorativa del IV centenario de la novela cervantina (2004), preparada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, me ha permitido inferir la existencia de fragmentos de otros capítulos, cuando no de capítulos completos, de la versión del francés. Por una virtuosa ironía o por un error inexplicable (más probable lo segundo que lo primero), Francisco Rico traspuso pasajes del Quijote de Pierre Menard en el Quijote de Miguel de Cervantes. Los traslapes son sutiles, pero perceptibles. Un ejemplo notorio: en el capítulo XI, a mitad del parlamento quijotesco conocido como el Discurso de la Edad de Oro, Cervantes escribe: “No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza”. En cambio, en la edición referida se filtra la pluma del francés: “No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza”. La intervención de Menard es evidente (lo mismo que el dislate de Rico) en su decisión de no cambiar el artículo «la» por el hoy más común «el» —que concordaría gramaticalmente, en género y número, con el sustantivo «fraude».
Pero nos hemos desviado sensiblemente de nuestro tema principal, y hemos adoptado un tono y una primera persona del plural que no eran los que correspondían a este ensayo. La pregunta central del affaire Menard es: ¿por qué el nîmois intentó el cover descomunal de una obra que no admiraba hasta la envidia? ¿O acaso miente impunemente cuando en sus cartas dictamina que el Quijote es una novela prescindible? ¿En qué consistía la total identificación con el manco de Lepanto a la que el mismo simbolista alude en sus epístolas? ¿Soñó con completar el Quijote y pasar a la historia como el anónimo autor original de la magna novela? ¿Quiso relegar a Cervantes al papel de cubridor de su propia obra? Y, finalmente: ¿Menard hizo realmente cover? ¿Es posible el cover sin marcas, el cover que anula la personalidad del versionador, el grado cero del cover? Yo, al menos, no lo creo viable, y es ésta la razón por la que Pierre Menard, autor del Quijote, continúa siendo un misterio inexpugnable —modesto, pero misterio al fin y al cabo.
Los covers responden a la necesidad de hacer algo con una canción o un texto que nos ha impresionado hondamente. No basta con reproducirlo una y otra vez. Lo memorizamos, lo aprendemos de corazón y ahí empieza la apropiación, ahí comienza el sitio a la ciudadela. Pero tenemos que hacer algo más, utilizarlo, invadirlo, transformarlo. Nos es urgente participar de su esencia, hacer rizoma con su entramado textual. La frase es de una cursilería atroz, pero fatalmente exacta: queremos dejar marcas en él (sea el texto o a la canción) equivalentes a las que dejó en nosotros. Dije que la esencia del cover está en lo que permanece, sí, pero su chiste está en lo que cambia. Quizá como todo en esta vida.
Este ensayo nació con el propósito de ser la introducción —la justificación, realmente— a la reescritura de un poema de Daniel Saldaña París. Pensé: “un cover a un poema”, y me felicité silenciosa, sin embargo, efusivamente por mi preclara y original idea. El cover (es decir, la envidia) comenzó a gestarse desde que escuché el poema “Tríptico de la isla que se hunde”, en boca de su autor, en una lectura pública. Concretamente, con el primer verso de la segunda parte: “Estoy lleno de amor por los indicios”. Al oírlo, estuve seguro de que en alguna parte de mi pasado había pensado y pronunciado esa línea. Y si no lo hice, sé que he padecido su significado desde hace ya mucho tiempo.
Finalmente escribí el ensayo, pero creció en total falta de proporción con su cometido original (como ocurre con casi todas mis criaturas textuales). No me avergüenzo de éste, pero sí de mi proyecto de hacer el cover de un poema y hallo el resultado final estéril y artificioso. Me decido a presentarlo, sin embargo, por mera obstinación y porque me parece que los papeles se han invertido: ahora es el ejercicio cubridor el que justifica al ensayo que lo precede.
| Tríptico de la isla que se hunde
Estoy lleno de amor por los indicios, El silencio enigmático que se abre El instante de duda en el que el grifo La lenta, muy lenta
Daniel Saldaña París |
Tríptico de la isla que permanece
Estoy lleno de temor por los indicios, El estruendo emblemático que abrirá en dos El instante de ira en tu mirada La accesible, muy a la mano
Romeo Tello A. |
Romeo Tello A.