Hay bigotes célebres. Su fama se desprende de la reputación misma del personaje que le imprime tal estilo a los vellos que brotan entre su nariz y su labio superior. Pensemos, por ejemplo, en Confucio, Pancho Villa o Dalí: su obra y acciones consiguieron perpetuar su singular mostacho. Es más: lograron encapsularlo en icono de la filosofía oriental, de la insurgencia revolucionaria y del movimiento artístico surrealista.

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Pero, entre todos los tipos de bigote, uno se ha erigido en poderoso símbolo de nuestra historia reciente. Se trata del diseño ‘cepillo de dientes’, adoptado por Adolfo Hitler. Y que representa el mal absoluto. Un par de centímetros de vello facial nos recuerda uno de los pasajes más dramáticos del siglo pasado. Su fuerza moral es indiscutible: con sólo dibujarlo en un afiche o fotografía se elige una posición política. Una declaración a favor o en contra del racismo y fascismo. Prueba de ello es el excéntrico experimento ejecutado por el escritor Rich Cohen, del cual dejó registró en una hilarante crónica: dejarse el mostacho estilo Hitler durante una semana.[1] En la calle algunas personas lo evitaron; otros, al cruzarse, le hicieron comentarios poco amigables; hubo quienes lo saludaron gritando ¡Heil!; no faltó quien le sugiriera con sutileza que se vería más guapo sin éste; varios de sus amigos se avergonzaron del él. Pero nadie, finalmente, fue indiferente a su ‘hitleriana’ imagen.

Y aunque la línea histórica es difusa, existen indicios que señalan que fue a finales del siglo XIX, por influencia norteamericana, cuando el bigote ‘cepillo de dientes’ se introdujo en tierras teutonas. Al inicio su aceptación fue bastante tímida. En ese tiempo el corte de moda era el káiser: estilizado, cardado y con unas puntas que destacan por dar vuelta hacia arriba. No obstante, hubo por lo menos dos figuras representativas que adoptaron el curioso diseño: Hans Koeppen, piloto de automóviles de enorme popularidad –cuya imagen es casi seguro que conoció el joven Hitler- y Guillermo Hohenzollern Jr., hijo precisamente del káiser, quien tal vez por rebeldía eligió este arreglo del vello facial.

Pero, ¿cuándo decidió el futuro führer adornar su rostro con este bigote? Ron Ronsenbaum, en su libro Explicar a Hitler: los orígenes de su maldad[2], apunta que al salir de la cárcel, por ahí del año 1925, Hitler probó varios estilos. Aunque no siempre con buenos resultados estéticos. Así consta en la carta de una joven enamorada del entonces incipiente dictador: “Se veía muy atractivo con sus pantalones de montar y su fusta”. Mas al referirse a su bigote agregó: “Esas cómicas moscas.” Según este periodista estadunidense, a partir de aquí, una vez que adquirió la pericia para arreglarlo de manera adecuada, Hitler lo usó hasta el final de sus días. Otros, por el contrario, sugieren que optó por este diseño un poco antes: en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial. Y por un motivo enteramente práctico. Habituado a un mostacho espeso tipo Nietzsche, Hitler tuvo que rasurárselo como ‘cepillo de dientes’ para poder colocarse sin mayor problema la máscara antigás. Al terminar la guerra, le gustó el resultado y lo conservó.

Lo cierto es que en la foto de la primera reunión nazi, Hitler ya ostentaba su particular bigote. Ahí un importante promotor del partido le sugirió al naciente líder un estilo más popular, a lo cual respondió: “Si ahora no está de moda, lo estará porque lo uso yo.” En efecto, el bigote alcanzó la inmortalidad, como estampa de la atrocidad y desmesura humana.

 @slopeznoriega


[1] Su crónica se publicó por primera vez en la revista Vanity Fair, con el título Becoming Hitler. Posteriormente, se incluyó en el libro: The best american essays 2008, Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, USA, 2008, pp. 14-21.

[2] Siglo Veintiuno editores, México, 1999.