Qué misterioso imán de vidas tiene el 23 de abril. ¿Qué enigma habrá tenido ese día en 1616 para que en fatal casualidad Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega dejarán el tintero para siempre? Qué imán de vida el 23 de abril, repito, porque también ese día en diferentes años murieron personalidades que tenían como vocación la palabra: el escritor ruso Vladimir Nabokov; Joseph Pla, el autor más importante de la literatura catalana; la periodista y novelista venezolana Teresa de la Parra; Pamela Lyndon Travers, famosa australiana creadora de la niñera entrañable Mary Poppins. Qué misterioso el 23 de abril en el que conmemoramos —y nos sobran los motivos— “El día del libro” y “El día del Idioma Español”.

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He aprendido a amar la herencia cultural de nuestra lengua a través de lo que descubro en los libros, en las canciones, en las conversaciones cotidianas y también en las que he tenido con amigos extranjeros. He aprendido a amar el español con el que mi madre me cantaba antes de dormir, el español que ha estado en cartas de amor, en un título académico, en un libro dedicado, en las canciones de Guadalupe Trigo y Consuelo Velázquez, en el apellido de mi padre, Góngora, señalándome un camino en la literatura. Góngora como don Luis, que así se llamaba también mi abuelo.

Es en los diccionarios y en mi desconocimiento de otras lenguas donde me doy cuenta que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, como escribiera Ludwig Wittgenstein. Digo esto pensando estrictamente en las palabras que no conozco y en los idiomas que no hablo. ¡Cuántas palabras andan sueltas por el mundo dándole sentido a la existencia de otros y nosotros sin saber que existen! Cuando encuentro una palabra que me gusta soy un poco más feliz pues ya puedo nombrar lo que antes ignoraba; me seduce la idea de poder ver el mundo a través de las palabras, entender la cultura de otros países y, sobre todo, extender las fronteras de lo que voy conociendo en la vida. Louis Hjelmslev, el lingüista danés, bien decía que las lenguas son como grandes rejillas que se colocan sobre el mundo y que nos permiten verlo.

Hay una lengua, semejante al español, que he aprendido a amar a través de la música y de la poesía: el portugués. Tuve el hallazgo de una palabra en portugués que quiero compartir. La palabra es garimpeiro. Su significado es una reliquia, un metal precioso, un diamante, es oro: Garimpeiro quiere decir “cazador de tesoros”, una persona garimpeira es quien busca piedras preciosas. La lengua que heredamos me ha hecho ser una garimpeira de palabras: mi vocación por el vocabulario, por descubrir palabras y quererlas es una privada manía que ahora vuelvo pública, ¿cuántos de nosotros buscamos palabras nuevas para incorporar a nuestro vocabulario? ¿Qué pasaría sí, así como nos hacemos de un nuevo par de zapatos, un collar, una camisa, si así como incluimos una nueva canción a nuestro repertorio, incluyéramos palabras nuevas como resultado de esa misión garimpeira? ¿qué pasaría si en un cumpleaños envolviéramos una palabra como regalo, la palabra que mejor defina a quien se la damos? ¿a cuántos de ustedes les han regalado una palabra, una nada más, una palabra para atesorar, para repetir, para decirla como un conjuro antes de dormir? ¿por qué no echar a rodar las palabras, rodar y rodar, rodar y rodar, contagiando a los demás y fomentando el vocabulario en la cotidianeidad? ¿Por qué no formar entre familia, amigos y los grupos a los que pertenecemos un imperio de garimpeiros de palabras?

Guiada por mi vocación literaria, por esta forma de vida en la que se ha convertido el amor por mi profesión, un domingo de abril tomé en la estación de Atocha, en Madrid, el tren de cercanías que me llevó a Alcalá de Henares, el pueblo donde nació Miguel de Cervantes. Caminé calles por las que volaban en lo alto cigüeñas de cuento, calles de fábula ostentando en sus aceras árboles de cerezos. Caminé hasta quedar de pie frente a la casa de Cervantes que hoy es un museo. Ahí me encontré a dos hombres forjados en bronce sentados en una banca, uno de ellos pequeño y regordete, sonriente; el otro, serio, alto, delgado, con gesto solemne, con el brazo derecho extendido como si estuviera declamando o como si fuera a pararse para abrazar en bienvenida a quien se acerca. Me senté junto a él y casi que le dije: “Si tú supieras, caballero andante, cuánto te quiere la gente”.

El lenguaje, para quien sepa emplearlo, puede ser música, luz, colores, escenario, un fascinante espectáculo. La pasión creativa de la escritura ha vuelto prodigiosa a la humanidad: quienes saben usar el lenguaje entretejiendo su vocación con voces y vocabulario, han hecho de la palabra una fiesta de la que formamos parte por la lengua de Cervantes que todos nosotros hemos heredado.

 

@letranias