Un amigo aseguraba ser capaz de predecir cuándo yo iba a usar mi chamarra de mezclilla. Según él, había deducido un patrón: si la ocasión requería alguna clase de buena impresión, la usaba; si era una situación cualquiera, no. Me dio algunos ejemplos: una reunión de trabajo o el encuentro con alguien que me gustaba o me caía bien. La noche en que lo dijo, por ejemplo, era la primera vez que yo volvía a ver a la hermana de su novia, que sonreía complacida. Respondí que era posible que sus predicciones coincidieran con la realidad, pero no necesariamente por las razones que él había construido. Podía pasar, por ejemplo, que las “ocasiones especiales” normalmente ocurrieran de jueves a sábado y que ésos fueran los días en que tocara lavar la ropa de color oscuro en casa, incluyendo mi sudadera gris: mi única otra prenda de abrigo. O que en esas “ocasiones especiales” fuera común terminar la peda más tarde y entonces yo eligiera traer la chamarra, que es más gruesa. También era posible que su hipótesis fuera falsa y que yo decido ponerme la chamarra cuando quiero.

En realidad, lo que él intentaba decir es que es capaz de leerme: de obtener conocimiento de mis estados mentales mediante mis actos físicos. Ésta fue la pretensión del conductismo, un hit del siglo pasado que las ciencias de la mente contemporáneas olvidaron hace tiempo, lo cual está muy bien pues es un reconocimiento de nuestros propios límites. Decir que podemos ver a través del otro parece demasiado soberbio. Hoy, incluso, ingenuo. Es un consenso más o menos generalizado que la mente humana es una de las cuestiones más complejas de entender, y lo demuestran la cantidad de tiempo y dinero invertidos en la tarea en los últimos años.

Es raro, entonces, que con la mente no-humana no pase igual. Muchos todavía pensamos en los animales como se pensó mucho tiempo en los humanos: autómatas que actúan siguiendo algoritmos preprogramados (ocasión especial = chamarra de mezclilla). Incluso la etología, que inauguró la práctica de analizar el comportamiento animal en su contexto en lugar de hacerlo en el laboratorio (“el proceso de entrevistar a un animal en su propio idioma”, según el Nóbel Nikolaas Tinbergen), sigue considerando la acción animal una clase de transacción que obedece puramente intereses de selección. Un gato caza para alimentarse, dos individuos hermanos comparten alimento para asegurar la supervivencia de la línea, un mono bonobo participa en orgías para mantener el orden social.

Pero observaciones más o menos recientes sugieren algo que tal vez no tendría que sorprender tanto y es que los animales tienen conciencia. Que se ponen la chamarra cuando quieren.

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Un par de ejemplos: el juego y el uso de herramientas. El primero en realidad no es tan nuevo, y habla de la capacidad de actuar sin un fin ulterior, por diversión. El segundo tampoco es tan nuevo, y habla de la capacidad animal de extender la mente, el exocerebro de Colin McGinn. La capacidad de juego se ha observado en toda clase de animales, pero por poner un caso divertido: se tiene registro de hormigas que “juegan” a la guerra, se juntan en bandos y pelean sin un conflicto aparente. El uso de herramientas se había visto en primates, pero recientemente también en animales marinos e insectos. Ambas cosas serían difíciles de observar en un organismo que sólo fuera un “robot andante”, como definió Richard Dawkins a cualquier entidad biológica incluyendo los animales. Ambas cosas manifiestan también la capacidad de intencionalidad, propiedad que, según el filósofo John Searle, es la clave de la conciencia.

Apenas hace un par de años se publicó la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia de los Animales No-Humanos, en la que un grupo de neurocientíficos declara que “los humanos no son los únicos en poseer los substratos neurológicos que generan la conciencia”. Que los animales tengan conciencia podría significar muchas cosas: por ejemplo, que tienen libre albedrío y, tal vez, sentido de la moral; propiedades que, según Friedrich Schiller, se revelan justamente en la capacidad de juego. Y que tengan libre albedrío y sentido de la moral significaría además otras cosas, por ejemplo, que son agentes autónomos y que son fines por sí mismos. Este es el status de valor intrínseco con el que Kant sostenía la dignidad humana y que tendríamos que extender a los seres conscientes.

Qué tan abajo llega la conciencia en la escala organizacional de los organismos es algo que no sabemos a ciencia cierta (¿tiene conciencia una larva? ¿Una sola célula?). Qué tan sofisticadas son estas conciencias, tampoco. El asunto todavía está poco estudiado, pero que la ciencia y la filosofía tengan el ojo puesto en él es bueno por una razón más amplia: que una academia más abierta tal vez tenga que ver con el surgimiento de una sociedad más abierta también. En México, al menos, los derechos de los animales son un tema muy vigente, recientemente se aprobó una ley contra el uso de animales en el circo y se canceló un performance en el Museo Jumex que involucraba un sacrificio animal. Independientemente de sus dimensiones políticas, estas discusiones demuestran la preocupación general por otros tipos de vida y la apertura a la posibilidad de que esos tipos de vida son tan misteriosos como la nuestra. En los cincuenta, B.F. Skinner pensaba que podía explicar cualquier cosa (peor: a cualquier persona). Hoy, con más recursos a nuestro alcance, podemos admitir que hay mucho que no sabemos y que vamos empezando a conocer.

Para eso hay que tener capacidad de asombro. Hace tiempo perdí mi chamarra de mezclilla y yo mismo me he sorprendido extrañándola cuando, en alguna cita, tuve que usar la sudadera. Capaz que mi amigo tenía razón. Tal vez él podía observar desde fuera algo que, desde dentro, yo no. Reconozco mis límites.