Fue en una cena anual de periodistas, el 14 de abril de 1906, cuando el presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, utilizó el término muckraker. Comparó a los ahí reunidos con el personaje de una novela del puritano John Bunyan, el cual se negaba a recibir una corona celestial porque prefería “rastrillar el suelo en busca de inmundicias”. Roosevelt se refirió así a aquellos periodistas porque imitaban al “rastrillador de estiércol” que se rehúsa a ver todo lo que es elevado en la vida y centra la atención sólo en lo que es vil y degradante.
Así increpó a esos terribles muchachos que se dedicaban a escribir largos reportajes que detallaban el mal que había en la clase política y empresarial estadunidense.
“Hay inmundicia en el suelo y ésta debe ser raspada con el rastrillo; existen tiempos y lugares donde este trabajo es el más importante de todos los que se pueden realizar. Pero el hombre que nunca hace otra cosa, que nunca piensa, habla o escribe, salvo acerca de sus hazañas con el rastrillo, se convierte, no en una ayuda a la sociedad, no en una incitación hacia el bien, sino en una de las más potentes fuerzas del mal”, indicaba frente a los absortos congregados.
Pero ¿quiénes eran estos tipos duros? ¿Por qué esa analogía, que en lugar de resultar despectiva, fue incitadora? Aquellos eran unos reporteros convencidos de que la opinión pública debía enterarse de las trampas de sus gobernantes, de la anarquía de las finanzas públicas y de las artimañas de los nacientes monopolios que ocultaban sus más grandes actos de corrupción y explotación sin que hasta ese momento nadie se atreviera a frenarlos. El trabajo incitante de los rastrilladores fue el de escarbar a fondo y sin compromisos. Desenfundaron plumas y libretas y mostraron la parte trasera de su país.
Desde su aparición, a la hora de seleccionar los temas de investigación, su mayor motivación era informar con detalle a la gente. Sin demagogia. Directo. El mote de muckrakers, en su traducción castellana, suena despectivo: periodistas “rastrilladores de estiércol”. Otros para paliar el golpe lo traducen como “escarbadores del cieno” o “los que escarban en vidas ajenas”, etcétera. No seamos ingenuos, la intención de Roosvelt en aquella ocasión era con afán revanchista.
En su trabajo en la prensa libre norteamericana se dedicaron a investigar, con fines de denuncia social, temas sobre corrupción promovida por empresas privadas y estatales. Articularon la independencia radical con un intensivo trabajo de fuentes, que algunas veces incluía la observación participante y la infiltración. Todo ese material recogido lo disponían con frecuencia dentro de una estructura narrativa, como si se tratara de un relato. Los muckrakers emplearon técnicas como la observación y descripción de ambientes para dar mayor ritmo y contexto a lo redactado.
No siempre fueron bien aceptados, incluso al inicio de toda esta efervescencia, los muckrakers escribían en publicaciones de poco tiraje como Collier’s American Magazine, Hampton’s o el legendario The Masses –en donde colaboraba John Reed, el autor de la crónica “Díez días que conmovieron al mundo” la cual refleja aspectos de la revolución rusa de 1927–, entre otras pequeñas revistas que aceptaban darles espacio.
Uno de los que logró mayor reconocimiento entre todos los muckrakers fue Lincoln Steffens, quien investigó y puso al descubierto la corrupción municipal en las ciudades de Sant Louis, Filadelfia, Chicago, Nueva York y Pittsburg en los reportajes “La venganza de las ciudades” (1906), publicada en McClure’s. Por su lado, Ray Standard Baker denunció la explotación de los menores y la discriminación racial en “Siguiendo la línea de color” (1908), que publicó en American Magazine.
Otros dos célebres muckrakers fueron Hill Irwin y Samuel Hopkins Adams. El primero cubrió las dos grandes guerras en esa misma revista, y Adams publicó entre 1905 y 1906 la serie titulada “El gran fraude americano”, en el que desveló la fabricación y venta de medicamentos peligrosos para la salud. Hampton’s, Everybody’s y Cosmopolitan fueron otras revistas relevantes en la práctica de este periodismo.
Algo que agrega mayor consistencia a este grupo es su heterogeneidad, porque también hubo mujeres relevantes en este estilo. Una de ellas, Ida Tarbell, publicó también en McClure’s la “Historia de la Standard Oil” entre 1902 y 1904, eran una serie de documentos y reportajes sobre las prácticas comerciales corruptas de John D. Rockefeller.
Otra mujer destacada en aquellos lejanos tiempos fue Nellie Bly, quien con escasos dieciocho años ya trabajaba para el Pittsburg Dispatch. Su estilo estaba marcado por las historias de primera mano sobre la vida de la gente de la calle; solía conseguir sus reportajes a base de aventuras que ella misma vivía de forma encubierta, inventándose personalidades e identidades ficticias que le permitían contar “desde dentro” una situación. En 1887 Bly fue contratada por Joseph Pulitzer para escribir en el New York World y en los años siguientes se dedicó a investigar y denunciar casos de pobreza, las condiciones de vida y trabajo de los neoyorquinos lo que a menudo la obligaba a vivir en las mismas condiciones que pretendía denunciar. Incluso llegaba a fingir enfermedades mentales para ingresar a manicomios, por ejemplo en el de Blackwell’s Island, donde se internó para describir cómo eran alimentados los pacientes con comida infestada de sabandijas y sufrían abusos por parte del personal que les atendía. Las críticas de Bly sobre las condiciones de aquel lugar obligaron a las autoridades a realizar reformas para solventar esas situaciones.
Pero no todo era bien visto en el trabajo de los muckrakers, sobre todo por parte de algunos sectores. El insulto, la amenaza y la intimidación fueron constancias a las que se enfrentaron. Una de sus mayores virtudes fue la de no arredrarse ante estas dificultades y asumir este rechazo social a cambio de realizar mejores trabajos. No acudieron a ninguna institución que enseñara ese tipo de técnicas o recursos. Eran empíricos, sujetos que se las ingeniaban para describir lo que percibían.
Los muckrakers se volvieron figuras míticas del periodismo profesional nacidas a finales del siglo XIX y principios del XX. En aquel discurso de Roosevelt se percibe que con clara intención se refería a cierto tipo especial de periodistas que “sólo sabían hurgar en lo negativo de las personas” para denunciar y escandalizar a la sociedad, sobre todo cuando se trataba de servidores públicos. La verdad es que muchos de esos periodistas se comprometieron con la sociedad y contribuyeron, como Upton Sinclair, a reformas sociales necesarias. El mismo Roosevelt, aunque llegó a molestarse con algunas denuncias, se consideraba amigo de algunos de ellos, como de Sinclair, y aplicó reformas públicas con la ayuda de denuncias realizadas por aquellos terribles muchachos.
Sinclair se caracterizó por su agresiva y documentada veracidad, lo que lo convirtió en uno de los escritores más leídos del mundo. A principios del siglo XX, en 1906, se publicó su novela, La Jungla (The Jungle), escrita luego de una visita a los mataderos de Chicago y que es una descripción dura y realista de las inhumanas condiciones de trabajo de tal industria; la obra originó una investigación por parte de Roosevelt y del gobierno federal, que culminó con la Pure Food Legislation de 1906 y fue bien recibida por amplios sectores de la opinión pública. El autor obtuvo de la novela abundantes ingresos.

La intensa actividad de éstos cumplió con el compromiso social postulado por el periodismo en general: informar. Y tal labor estaba basada en la virtud que de esa delegación colectiva y tácita hace la sociedad sobre el periodista para que él o su empresa le informen, con criterio, de asuntos relevantes para su construcción comunitaria. De esa manera los muckrakers consolidaron el rol de vigilancia de los periodistas en un espacio público cambiante.
Aquellos terribles muchachos esperaban que sus receptores leyeran estas investigaciones no sólo por la mera atracción del shock, sino que suponían que la audiencia tendría el deseo de hacer algo contra los jefes corruptos, los contratos de miseria, la decadencia de los valores cívicos o contra la extorsión monopolista. De alguna manera, el principal tema de la agenda de los muckrakers era la corrupción en sus distintos niveles, tanto político como comercial. Eran profesionales de la verificación. Partían de un rumor y no se detenían hasta encontrar el trasfondo de lo que investigaban. Es más, Steffens no sólo estaba interesado en identificar a los corruptos, sino que quiso detallar a los verdaderos villanos, aquellos hombres de negocios que se mostraban respetables y honestos, cuyos sobornos y tentáculos afectaban a todo el sistema.
La repercusión de aquellos terribles muchachos rastreadores de estiércol, sin duda fue importante como modo de presión y denuncia.
Algunos de ellos cumplieron, en los decenios interseculares, funciones regeneracionistas de la vida pública en Estados Unidos. Esos antiguos muckrakers se sentían verdaderos patriotas porque creían en los ideales que habían configurado la nación norteamericana y, en consecuencia, los reclamaban con su labor profesional.
@BazurenkoB