Ver un atardecer en un horizonte urbano que tiene cientos de años, y que refleja sobre el Nilo una mezcla de modernidad y tradición, riqueza y pobreza además de una impresionante majestuosidad histórica, es uno de los placeres mas grandes en la vida. Cairo, lo que fue Memphis en su época de gloria faraónica, ofrece tesoros invaluables de la humanidad, y a la vez es una cruda representación de una ciudad en deterioro y una sociedad en desesperación. Esta es la crónica de una mujer mexicana en la ciudad de los mil minaretes.
Después de casi dos años viviendo en Egipto he experimentado fenómenos políticos y sociales fascinantes que sólo pueden ser descritos como ambivalentes, caóticos e incomprensibles. Esto es ya que, mientras un joven de 21 anos puede salir a beber, fumar hashish y tener sexo pre marital sin el yugo tan severo de la sociedad, una joven de la misma edad tiene que lidiar con las inclemencias culturales diarias que van desde la prohibición de entrar a un antro con velo, hasta el incansable acoso sexual en las calles. Por otro lado, la desigualdad socioeconómica en la ciudad es tan marcada que la clase alta de cairotas vive en complejos habitacionales de lujo en los suburbios de la ciudad, con el objeto de, como me lo dijo una chica de la universidad, “nunca tener que juntarme con los pobres”.
Ir a bordo de un auto en esta ciudad es como estar dentro de un videojuego de Rápido y Furioso en donde el claxon de cada vehículo es como un ruido de fondo eterno, es aterrador. Y el mismo sentimiento se tiene como peatón, ya que en una ciudad en la que no existen los semáforos, ni las leyes de tráfico ni cultura vial en lo absoluto, es muy importante aprender a cruzar las calles hábil y efectivamente. Intentar tomar un microbus, que muchas veces no tienen puertas, y llegar sano y salvo al destino deseado es otra experiencia única que muchos cairotas temen a experimentar. Y sobre de todo esto, lo que encuentro descorazonador es la enorme cantidad de basura en las calles. Montones de basura en toda la superficie de la ciudad que a nadie parece importarle, y que a los egipcios les resulta un estado normal del paisaje urbano. Ir caminado en los puentes que conectan el centro de la ciudad (Wust el Balad) con la isla de Zamalek sobre el río Nilo, y ver a los conductores bajar su ventana y lanzar su basura al río es uno de los sentimientos mas dolorosos que he tenido. Pero una vez que logré ver mas allá de esa superficie caótica y en deterioro, comencé a experimentar y tratar de entender a una ciudad que nunca dejará de maravillarme.
El 20 de Agosto del 2013 llegué a Cairo en lo que puedo describir como el día mas terrorífico de mi vida. A casi tres semanas del golpe de estado por el General Sissi y el ejercito egipcio, llegué a Cairo con la ciega esperanza de que todo lo que veía en las noticias fuera una exageración desproporcionada y que iba a llegar sana y salva a la Universidad. Gracias a que aterricé a medio día, así fue. En cuanto arribé a la Universidad lo primero que me explicaron era la dinámica de lo que era estar en un país en estado de sitio. Es decir, acostumbrarme a respetar el toque de queda, “or else”.

Durante 3 meses, el toque de queda fue diariamente a las siete de la noche y los viernes (día del rezo y de violentas y multitudinarias protestas) a las cinco de la tarde. Esa situación nos obligó a mantenernos gran parte del día en casa y a acostumbrarnos a comprar los suficientes víveres para aguantar los fines de semana en los que no sólo no se podía salir a la calle fácilmente, sino que las tiendas y supermercados solían estar cerrados por seguridad.
Cuando terminó el estado de sitio, se percibía un dejo de esperanza en el país que estaba íntimamente ligado con el establecimiento de un nuevo régimen que, por fin, “traería paz, desarrollo y orden”; o por lo menos eso deseaban. Seis meses después del golpe de estado (concepto que aquí es imposible de mencionar) decidí mudarme al centro de la ciudad, justo a tres cuadras de la histórica y revolucionaria plaza de Tahrir. El día que me mude con mis compañeras, el casero llegó con una caja llena de trapos largos y viejos. Al preguntar para qué eran, sólo contestó: “Dios quiera que no sea necesario, pero hoy en día en este país uno nunca sabe. Si llegara a haber manifestaciones o violentas protestas, mojen los trapos y pónganlos en las orillas de las ventanas, eso minimizara la entrada de gases lacrimógenos a su casa”. Sorprendentemente este tipo de situaciones se volvieron cosa de todos los días. Durante meses fui detenida arbitrariamente por retenes militares en las calles para revisar mis documentos y en ocasiones sólo para asustarme. Interioricé practicas de seguridad como no salir de casa los viernes, evitar acercarme a oficinas de gobierno, y simplemente no hablar de política en la calle o mencionar palabras como Morsi, Hermandad Musulmana, terrorismo e Islamismo.
En mi experiencia, vivir en Cairo es como vivir en un universo paralelo que encapsula maravillas y tragedias. Una ciudad en la que yo he vivido en una paz y tranquilidad inédita, y que nadie de mi familia ni amigos logra creer. Para mí, Cairo era y continúa siendo, una ciudad misteriosa que parece ser tranquila en su existir cotidiano y a la vez es una ciudad en constante controversia internacional. La manipulación de la prensa nacional, y el amarillismo de la internacional han creado un relato de Egipto que resulta muy distinto a lo que yo he vivido. Por ejemplo, el 25 de enero de 2014 (aniversario de la revolución) me encontraba yo en mi departamento en el centro viendo Al Jazeera que mostraba imágenes “en vivo” de la plaza de Tahrir, con decenas de miles de manifestantes en contra del régimen militar. Al asomarme yo a mi ventana a ver esa misma plaza, no conté mas de trecientos manifestantes.
Más de un año y medio ha pasado, y puedo percibir el dolor y la profunda decepción de los egipcios por ver lo que pasó en su país después de la revolución de 2011. Una revolución que se visualizaba como prometedora y el evento que daría fin a la injusticia, la pobreza y la corrupción en un país que ha sido ocupado, saqueado, invadido y explotado desde hace siglos. Sin embargo la realidad es otra. A mediados de 2014 fueron las elecciones presidenciales. Los tres días de votación tuvieron muy baja participación ciudadana, por lo que la gente era detenida en las calles y obligada a ir a votar. Incluso los centros comerciales y cines cerraron a las 3 de la tarde para asegurarse que todo mundo fuera a una casilla de votación. Había tanques en toda la ciudad, y en particular afuera de las casillas para “recordarle a los ciudadanos por quién votar”. Mis amigos estadounidenses eran visitados recurrentemente por el Ministerio de Interior para asegurarse de que no fueran espías.
Como mujer y extranjera he podido experimentar en carne propia muchas de las injusticias que viven las mujeres en este país; el acoso sexual en las calles, el que el taxista nunca me dirija la palabra si voy acompañada de un hombre, o que los porteros y caseros me acusen constantemente de inmoral y prostituta sólo por tener amigos hombres. No obstante, Cairo continua sorprendiéndome diariamente. A pesar de ser una sociedad llena de contradicciones, también es el ejemplo mas fiel de un pueblo producto de su historia. Una sociedad a la que he intentado descifrar considerando que guía su vida alrededor de las frases Inshaallah (Dios quiera) y Maalesh (No pasa nada), y que es reconocida en todo el mundo árabe por tener el mejor sentido de humor y actitud hacia las desgracias.
La amabilidad de la gente, su fervor, valores familiares, lealtad y amistad son sus características mas destacadas, y la razón por la que esta es una ciudad única y maravillosa. Caminar por sus bellas calles en el centro de la ciudad, admirar la arquitectura de sus edificios, navegar por el Nilo y detenerme a tomar un café, continúan siendo mis actividades favoritas.