La inesperada virtud de la resistencia

Perdido como andaba al salir de la estación de Atocha, me topé con una de esas callecitas que suelen engalanar las ciudades, una breve pendiente peatonal con varios puestos de libros usados. Entre ellos me encontré uno del antropólogo Marc Augé titulado ¿Por qué vivimos? En el prólogo, el autor nos recuerda la necesidad que tienen algunos, frente a nuestras sociedades de consumo, de imaginar la vida creando imágenes propias sin recurrir a las prefabricadas, lo que en sí mismo constituiría el “bosquejo de un contra-sistema, de una resistencia”.

Un par de días después, diversos sectores madrileños se manifestaban alrededor de la fuente de Neptuno con demandas que bien pueden prácticamente ser las de cualquier país occidental: menos austeridad, más democracia, respeto a los derechos laborales y sociales, mejores servicios de salud. Si bien la vía elegida era la tradicional (una marcha, carteles, gritos y consignas), los diversos reclamos representaban también una muestra de inconformidad, un “bosquejo de resistencia”.

MV5BMTM3NjI0OTI2Ml5BMl5BanBnXkFtZTcwMjk1MDA4Mg@@._V1_SY317_CR5,0,214,317_AL_Tras la marcha recordé las manifestaciones visibles en una de las películas emblemáticas del franco-griego Costa-Gavras, Z. Filmada en 1969 (y, por cierto, ganadora del Oscar para mejor película extranjera ese mismo año), la cinta pone en escena la emergencia de un movimiento opositor cuya sobria cabecilla es asesinada por el régimen griego. Las cosas no salen como esperaban pues un tozudo y lúcido fiscal (de esos que no tenemos, vaya) decide abrir los ojos a la evidencia y, en lugar de seguir la versión oficial de los hechos fabricada desde las oficinas gubernamentales, se empecina en hacer una investigación auténtica que lo conduce a la acusación de altos funcionarios. El aparente triunfo de la justicia, que el director nos hace atestiguar al acompañarlo por los descubrimientos del investigador en una especie de thriller, se eclipsa al final pues en el epílogo se nos informa que, tras las acusaciones, el fiscal es removido del cargo, algunos testigos asesinados y los condenados lo son a sanciones mínimas: la fugaz esperanza aplastada pronto por la real politik.

A lo largo de las décadas, Costa-Gavras (hoy presidente de la cinématèque francesa) ha permanecido como uno de los pocos cineastas de la resistencia política. Su filmografía ha girado siempre en torno a los abusos de toda clase de regímenes: además del griego ya apuntado, no se salvan de su lente crítica el estalinismo (La confesión, 1970), el abyecto colaboracionismo francés durante el nazismo (Sección especial, 1975), el miope sistema judicial americano (La caja de música, 1989), la Iglesia católica (Amén, 2002) y nuestro lucrativo sistema bancario (El capital, 2012). Su proyecto, pues, no es metafórico ni sutil, es la mirada descarnada que desnuda lo peor de nuestras organizaciones. Sin embargo, aunque el panorama sombrío se enseñorea por toda su obra, el director tampoco olvida a aquellos que optan por la sensatez en un mundo enfebrecido y demencial. Al valiente fiscal griego (Christos Sartzetakis, que con los años sería presidente del país)  se suman otros dignos personajes, como la abogada que consigue una absolución para su padre ex-torturador nazi para, luego de saber la verdad, romper relaciones con él, o un apesadumbrado oficial alemán que intenta por los medios a su alcance impedir el avance del holocausto. A pesar de esos rastros de entereza, el trabajo del galo no nos da tregua: la exposición del fracaso de nuestros cuerpos políticos, religiosos o económicos y, finalmente, el de los individuos que sucumben ante ellos resulta dolorosa no solo porque desenmascara sino porque parece revelar la futilidad de la oposición, de la resistencia.

Hoy, en Europa o América no somos sujetos de los grotescos fascismos y dictaduras del siglo pasado, pero como lo subraya Augé somos presas del consumo. Filmografías como la de Costa-Gavras apenas se conocen: las audiencias reclaman entretenimiento, no dedos sobre la llaga. El mejor ejemplo de ello es la dominación taquillera del cine de superhéroes, que aunque ha brindado piezas notables tiene como resorte principal el ensanchamiento de los bolsillos de la industria. Bajo esta hegemonía, no puede entonces sino celebrarse el reconocimiento de Birdman como película del año por la llamada “academia” hollywoodense. Entre muchas de las cosas que es, la película constituye una vuelta de tuerca a ese cine de enmascarados salvadores del mundo con un protagonista que a duras penas puede consigo mismo.

La consagración, sin embargo, neutraliza en cierto modo los efectos de su escarnio. La apropiación del mercado de todo signo de disidencia o crítica es uno de sus pilares, una de sus grandes virtudes. Es probable, también, que la mayor transgresión de la cinta del mexicano no sea discursiva sino estilística: el virtuosismo de Lubezki (ya premiado también el año pasado con Gravity) es la punta de lanza del film como oposición a los montajes vertiginosos de películas que tratan de esconder sus defectos en la sala de edición. Bajo cualquier vertiente, Birdman es la joya de la corona este año para la industria cinematográfica norteamericana.

El hoy desdeñado por las marquesinas Costa-Gavras y el laureado González Iñárritu, alejados de las narrativas dominantes, son dos ejemplos de resistencia, de oposición a lo dominante. Ello no ha obstado para que sus obras hayan sido merecedoras de estatuillas doradas, pero su resonancia languidece ante las dimensiones de lo que combaten. Como los protagonistas de las cintas del primero, la persistencia de suyo es encomiable. De nuevo, la pregunta. ¿Por qué vivimos? Quizá algunos momentos de sublimación individual sea todo a lo que podemos aspirar. Ante la falta de respuestas, dar la espalda y aventurar los bosquejos de algo distinto.

 

@eLoseRR

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Publicado en: Ensayo literario