El 3 de enero de 1889,
hace cincuenta años,
Nietzsche sucumbió a la locura:
en la Piazza Carlo-Alberto de Turín,
sollozando, se lanzó sobre el cuello
de un caballo golpeado,
Después se derrumbó;
Al despertar creyó ser
DIONISOS
o
EL CRUCIFICADO.
Este evento
debe ser conmemorado
como una tragedia.
“Cuando el que vive”,
dijo Zaratustra,
“es dueño de sí mismo,
el que vive debe
expiar su autoridad
y convertirse en juez, vengador y
VICTIMA
de sus propias leyes”.
I
Deseamos conmemorar un evento trágico y estamos aquí ahora sostenidos por la vida. Encima de nuestras cabezas se extiende el cielo iluminado por las estrellas y bajo nuestros pies la tierra da vueltas. Dentro de nuestros cuerpos hay vida, pero al mismo tiempo la muerte se abre paso (un hombre puede siempre sentir, aunque sea lejos, la cercanía del último suspiro). Sobre nosotros, el día seguirá a la noche, la noche al día. Aún así hablamos, hablamos alto, sin siquiera saber qué son los seres que somos. Y de aquel que no habla de acuerdo a las reglas del lenguaje, los hombres razonables que debemos ser aseguramos que está loco.
Nosotros mismos tenemos miedo de volvernos locos y seguimos las reglas con gran inquietud. Aparte, los trastornos de los locos están clasificados y se repiten con una monotonía que provoca aburrimiento extremo. El escaso interés de los dementes garantiza la seriedad y la severidad de la lógica. No obstante quizás el filósofo en su discurso es un “espejo del cielo vacío” más infiel que el loco; en ese caso, ¿no debería ser eliminado?
Esta interrogante no puede ser tomada en serio, con sabiduría, porque dejaría pronto de tener sentido. No obstante es decididamente extraña al espíritu de las bromas. Porque también es necesario que conozcamos el sudor de la angustia. ¿Bajo qué pretexto no se permite aceptar incluso el sudor? La ausencia de sudor es mucho menos fiel que las bromas de quien suda. Aquel que llamamos sabio es el filosofo, pero no existe independientemente de un conjunto de hombres. Este conjunto está compuesto por algunos filósofos que se desgarran unos a otros y de una multitud, inerte o agitada, que los ignora.
En este punto, los que sudan chocan en la obscuridad contra aquellos para quienes la agitada historia orienta el sentido de la vida humana. Es cierto que en la historia las multitudes que se exterminan las unas a las otras proveen resultados a la incompatibilidad entre filosofías –en diálogos que son carnicerías. Pero culminar algo, como el nacimiento, es un combate, y más allá de la culminación y el combate, ¿qué queda más que la muerte? Más allá de las palabras que se destruyen entre sí sin cesar, ¿qué más queda que un silencio que enloquece a fuerza de risa y sudor?
Pero si el conjunto de hombres –o, más simplemente, la totalidad de su existencia– ENCARNARAN en un sólo ser –por supuesto tan solitario y abandonado como el conjunto– la cabeza de esa ENCARNACIÓN sería el lugar de un combate impasible y tan violento que tarde o temprano volaría en pedazos. Difícilmente podemos concebir la intensidad de la tormenta o de la liberación alcanzada en las visiones de este ser encarnado. Vería a Dios, pero solamente para matarlo en ese instante, para a continuación convertirse él mismo en Dios, pero sólo para saltar de inmediato a la nada: entonces él encontraría un hombre carente de significado como cualquier transeúnte, pero privado de toda la posibilidad de descanso.
Seguramente no se podría conformar con pensar y hablar, porque una necesidad interior le obligaría a vivir fuera de aquello piensa y dice. Un ser encarnado de esta forma experimentaría una libertad tan grande que ningún lenguaje podría reproducir este movimiento (y la dialéctica no más que cualquier otro). Sólo el pensamiento humano así encarnado puede convertirse en una celebración cuya embriaguez y desenfreno liberarían igual que el sentimiento de tragedia y angustia. Esto lleva a reconocer –sin ninguna escapatoria– que el “hombre encarnado” debe también volverse loco.
¡Cuán violentamente la Tierra daría vueltas dentro de su cabeza! ¡Cuán extrema su crucifixión! ¡Cuán sería como una bacanal (retírense todos aquellos que teman ver esto…)! Pero, Cesar, qué tan solitario crecería, omnipotente y tan sagrado que ningún hombre puede concebirlo sin romper a llorar. Suponiendo que… ¿cómo no se enfermaría Dios al descubrir su razonable impotencia de conocer la locura?
(3 de enero, 1939)
II
Sin embargo, esta expresión de violencia no va suficientemente lejos: las frases traicionan el impulso original si no están vinculadas a aquellos deseos y decisiones que son su justificación viviente. Ahora, es obvio que una representación de la locura en algún punto no tiene efecto directo: nadie puede voluntariamente destruir dentro de sí mismo el aparato expresivo que lo vincula a sus semejantes –como un hueso a otro hueso.
Un proverbio de Blake dice que si otros no se hubieran vuelto locos, nosotros deberíamos hacerlo. La locura no puede ser expulsada de la integridad humana, porque ésta no puede lograrse sin la locura. Así, Nietzsche enloqueciendo –en nuestro lugar– haría esta integridad posible; y aquellos que perdieron la razón antes no lo hicieron tan brillantemente. ¿Pero puede el regalo de la locura de un hombre a sus similares ser aceptado por ellos sin regresar mayor utilidad? Y si esa utilidad no es la sinrazón de aquel que ha recibido ese regalo real de la sinrazón de otro, ¿cuál puede ser entonces la restitución?
Hay otro proverbio: aquel que desea pero no actúa alimenta la pestilencia. Definitivamente la forma más extrema de pestilencia es alcanzada cuando la expresión del deseo es confundida con la acción.
Porque si un hombre comienza a seguir un impulso violento, el hecho de que lo exprese significa que ha renunciado a seguirlo, al menos durante el tiempo de la expresión, puesto que requiere la sustitución de la pasión por un signo exterior que la contenga. Aquel que se expresa, por lo tanto, tiene que pasar de la ardiente esfera de la pasión a la relativamente fría y tórpida esfera de los signos. En presencia de lo expresado, tenemos que preguntar siempre si el sujeto que se expresa no se prepara para un sueño profundo. Dicho interrogatorio debe ser realizado con un rigor infalible.
Aquel que ya comprendió que solamente la locura puede completar al hombre, está obligado a elegir no entre locura y razón, sino entre la impostura de “una pesadilla que justifica los ronquidos” y la voluntad de dominio de sí mismo y victoria. Una vez descubierto el esplendor y agonía de la cumbre, no encuentra traición más odiosa que los delirios simulados del arte. Porque si debe verdaderamente convertirse en la víctima de sus propias leyes, si la realización de su destino verdaderamente necesita su destrucción, si la muerte o locura tienen para él un aura de celebración, entonces su amor a la vida y al destino requieren que cometa dentro de sí mismo ese crimen de autoridad que él expiará. Esta es la demanda del destino a la cual él está ligado por un sentimiento de azar extremo.
Procediendo primero, entonces, del delirio impotente al poder –tal como debe proceder en la crisis de su vida a cambio del poder de colapsar, repentina o lentamente– sus años no pueden pasar más que en la búsqueda –impersonal– de la fuerza. Ha visto, en el momento en el que la totalidad de su vida aparece vinculada a la tragedia que es su logro final, cuan debilitante puede ser esa relación. Ha visto a los que le rodean acercarse al secreto –que por ende representa la verdadera “sal” o el “sentido” de la tierra– y sucumbir a la tórpida disolución de la literatura o el arte. La suerte del destino humano aparece así vinculada a un número reducido de seres sin poder alguno. Porque algunos hombres cargan en sí mismos mucho más de lo que, en su estado de decadencia moral, creen; cuando la multitud que los rodea y sus representantes esclavizan todo lo que tocan. Aquel que ha sido formado al límite en la meditación de la tragedia, en lugar de entregarse a la “expresión simbólica” de las fuerzas destructivas, debe enseñar la consecuencia a los que son como él. Deberá, por su obstinación y firmeza, conducirlos a organizarse, a dejar de ser, en comparación con los fascistas y cristianos, los harapos despreciados por sus oponentes. Tiene la responsabilidad de imponer la oportunidad de ser lo que son a la masa de hombres que exigen una vida servil.
Versión de Luciano Concheiro San Vicente
Nota bibliográfica: Originalmente este ensayo apareció, sin firma, en la revista Acéphale con el título “La folie de Nietzsche” en el número 5 (junio 1939, páginas [1]-8). Luego fue reproducido en: Œuvres Complètes de Georges Bataille p. 545-547. Se publicó en inglés (traducido por Annette Michelson) en October, vol. 36, George Bataille: Writings on Laughter, Sacrifice, Nietzsche, Un-Knowing (Primavera, 1986). p. 42-45.

Gracias
Excelente trabajo, reinvidica, creo, la tesis de Niiettsche sobre la expiación de nuestros juicios y prejuicios.
“TODO LO QUE SOMOS ES EL RESULTADO DE LO QUE PENSAMOS” proverbio japonés.
No deja de ser poesía (y fue una buena experiencia) felicito a Bataille y a esta magnifica tarde que pe permite leer esto, no estoy tan desfachatado. Pero si realmente Nietzsche fue un gran filosofo hay que conocerlo por el pensamiento primero, es después esta experiencia la que viene. En general me parece ad hoc e incluso si se inserta el germen filosófico bajo ciertos momentos. Poético, la dimensión de la filosofía es otro escenario.
Un placer poder leer a Bataille. Para mí la locura, nunca puede ser poética; es prácticamente la muerte del pensamiento, el extravío de la sensualidad, el desajuste de las emociones… etcétera.
Friedrich Nieztsche fue un gran filósofo. Un torrente de conceptos y pensamientos.
Su locura: El ocaso.