Vi por primera vez personas como trasuntas estatuas en el Distrito Federal. Vi después otras en París hace algunos años y hace unas semanas en Amsterdam. Mi predominante sedentarismo me impide tener mas referencias y no poseo recuerdos de haber atestiguado semejante práctica en ciudades de pequeñas dimensiones pero observo ahora el fenómeno en Brujas, un pequeño y encantador poblado del norte de Bélgica inferior a 200 mil habitantes que comparte con las otras capitales una abundancia, la de los millones de turistas que inundan sus calles.

La alta densidad poblacional de esas tres primeras ciudades es caldo de cultivo para la precariedad laboral (o peor, para el franco desempleo) y la falta de espacios. Encontrar un lugar (para vivir, para estudiar, para trabajar) no es fácil. En busca de airear semejante asfixia, los habitantes que pueden se escapan a consumir paseos. Se dedican así a llenar otras avenidas, atascar otro transporte público y abarrotar otras plazas. La aglomeración, sin embargo, no solo posee facetas negativas: las concentraciones humanas son también hervidero de manifestaciones culturales de todo tipo.

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA Así, los que no caben y los que entran y salen confluyen en esos personajes que, quizá sin muchas opciones a su alrededor, optan por engarrotarse la mayor parte del día para conseguir unas monedas de esos que andan siempre en movimiento. Aunque no pueda excluirse la posibilidad de que algunos encuentren satisfactorio ese modo de ganarse la vida, dedicarse al ejercicio de la inmovilidad en sociedades impacientes y afectas al vértigo como las nuestras no se antoja acorde con estos tiempos. Más que como expresión artística, pareciera que el untarse de pinturas e imitar figuras petrificadas es otra de las inesperadas formas de supervivencia hoy en día. ¿Por qué, sin embargo, se asume que tienen un atractivo turístico?

Cualquiera que deje su casa por unos días aspira a descansar de lo habitual, columbrar nuevos paisajes, paladear otros sabores, acaso escuchar otros acentos. Sea que se funja como auténtico viajero en espera de la imprevisible o como un cazador comodino de fotos que den testimonio de la capacidad de su bolsillo en las redes sociales, quien acude a lugares distintos al suyo desea experimentar sensaciones ajenas a las cotidianas. Algunos se maravillarán con ciertas ejecuciones arquitectónicas u otros gozarán al respirar aromas insospechados. Lo que sea, pero que sea diferente. Es aquí donde las “estatuas humanas” parecieran encontrar su sitio como un ejercicio de lo inusual.

No es esa posible excentricidad, sin embargo, lo que llama mi atención. En cierto sentido, dedicar las horas a negar el desplazamiento representa una declaración de desprecio por nuestro entorno. Para aquellos que hacen de la productividad su bandera, nada puede concebirse mas ultrajante que una persona en estado de suspensión a lo largo del día. Generar dinero, estar informado o cumplir con nuestros roles sociales exigen una actividad perenne. Quedarse parado no es una opción económica o socialmente encomiable. Que existan personas que deciden dedicarse a hacer de la parálisis su modo de vida no constituye pues una mera curiosidad sino un recordatorio capaz de sumirnos en el espanto: el perpetuo movimiento no es indispensable.

Para quienes vivimos asolados por plazos, clics, novedades, actualizaciones y demás, observar un cuerpo en tensión solo con pretensiones estáticas resulta ciertamente extraño y hasta perturbador. El turista, epítome de lo pasajero y fugaz, se topa así con su antípoda. En su intento por recorrer mundo se atraviesa una figura que niega lo que él es. Si las estatuas humanas resultan atractivas lo son en la medida de su condición anómala. Su extrañeza las emparenta con lo nuevo, con lo desconocido. El buscador de experiencias poco habituales encontrará un ser humano que pareciera provenir de otra dimensión.

Tristemente, el encuentro suele carecer de repercusiones como no sea la del instante fotográfico. Para el visitante es imperativo seguirse moviendo y acceder a la siguiente impresión. El cisma que pudo ocurrir no se produce y mientras la estatua humana es pronto olvidada, su ejecutor ha de desentumir sus miembros al finalizar la jornada para recolectar las monedas que le permitan volver, al siguiente día, al reino de la inacción.

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Publicado en: Ensayo literario

2 comentarios en “Estatuas humanas

  1. Me gusto el articulo, en algunos estados de la República ya se ven con Frecuencia.estas “estatuas vivientes”,

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