Hay una historia que escuché muchas veces en mi infancia y que, aunque permanece en mi memoria de manera casi textual, no logro recordar dónde fue que la escuché o leí por primera vez. Probablemente en la parte de atrás de uno de esos cursis “Recuerdos de mi primera comunión” o bautizo, o tal vez alguien la contó en alguna de las misas escolares de viernes en la mañana a las que mi cuerpo adolescente se arrastraba pero a las que mi mente rara vez llegó –como a la mayoría de las experiencias en esa etapa de la vida. En fin, sin importar cómo llegó a mi, este relato se ha quedado en mi cabeza por años y en los últimos días, pensando en los niños migrantes, ha regresado a mis pensamientos con una fuerza particular.
La historia va más o menos así: alguien relata un sueño en el que al caminar por la playa recorre varios momentos de su vida. Caminando junto a esta persona va Jesús -o alguna de las muchas representaciones católicas de dios- y, cuando de pronto mira hacia atrás, el caminante se da cuenta de que hay momentos en los que sólo hay un par de huellas en la arena; coincide, además, con que justo esos son los momentos más duros que ha vivido. Desconcertado, el soñador pregunta por qué en esos momentos se le ha abandonado, y la respuesta es que no ha sido abandonado si no que en esos momentos duros Jesús, “el Señor”, dios, o quien sea su interlocutor, le cargaba en sus brazos.
Hace unos días explotó en los medios la noticia de los niños migrantes. Una noticia que sorprende a muchos, y a otros lo que nos desconcierta es más bien esta sorpresa. La presencia de menores cruzando fronteras –en muchas ocasiones sin compañía de adultos- ha causado reacciones diversas; ha sido declarada crisis humanitaria, amenaza para la seguridad nacional y tragedia nacional e internacional entre otros apelativos.
El desconcierto causado por la revelación mediática es similar al del soñante en el relato de las huellas en donde una de las primeras preguntas que viene a la mente es ¿por qué me has dejado sólo?; en este caso ¿por qué estos niños caminan y cruzan fronteras solos?

Tal vez para algunos en efecto sólo hay un par de huellas, las pisadas de una niña o niño que camina solo desde Honduras, El Salvador o Guatemala, que pasa por la frontera sur y entra a México por Tapachula, Chiapas. Desde esta perspectiva, el paisaje es uno de desolación, que desde luego se asemeja a la realidad, pero no la retrata por completo. Sin embargo, el peligro de equiparar al migrante con un caminante solitario lo priva no sólo de compañía, sino que puede conducir a una visión miope del fenómeno migratorio en que el migrar es, o una simple una decisión individual incentivada por el así denominado “sueño Americano”, o causa del abandono de padres descuidados. En otras palabras, podría llevar a interpretar este fenómeno con excesiva simpleza, ignorando la complejidad que rodea a estos pasos migrantes.
Yo veo un camino menos vacío, aunque no por eso menos desamparado. Al imaginarlo, más bien pienso en un grupo de niños volteando la cabeza y encontrándose con una serie de huellas pequeñas -las suyas- junto a otras parecidas; rodeadas de huellas de autobuses y trenes de carga convertidos en refugios temporales y, en muchas ocasiones, mortales. Veo también pick-ups con policía federal armada hasta los dientes, que patrulla las calles y carreteras y se aprovecha de la falta de iluminación y conocimiento para cometer terribles abusos. Aparecen, cerca de las pisadas de los migrantes, aterrorizantes camionetas Lobo negras con vidrios polarizados, bandas de asaltantes nómadas y jeeps de las patrullas fronterizas. También a orillas de esta vereda trazada por generaciones de pisadas hay cocinetas improvisadas y albergues temporales; jóvenes y viejos que al mirar a los pasantes los saludan, les ofrecen alimentos y agua, y algunas palabras de aliento.
Yo no puedo dejar de ver otras huellas y obstáculos acompañando a esos pies de niña o niño. La realidad es que estos pies también van siguiendo pisadas anteriores, de sus padres y sus madres, de los abuelos, de los hermanos grandes, los primos y vecinos. No es un camino nuevo, no es arena impoluta hundiéndose ante pasos que alteran su calma. La vía se asemeja más una precaria carretera construida intencionalmente y planeada pero que, a pesar de estar pavimentada, carece absolutamente de iluminación, no cuenta con señalamientos ni espacios para parar, descansar, comer algo, o cargar gasolina. La carretera está ahí, a pesar de los muchos esfuerzos por esconderla. Estos niños y niñas lograron exponerla por un momento.
La caminata de los niños es parte de ese movimiento migratorio que pareciera ser uno de caminar sin descanso; es un fluir constante, a pesar de las barreras al movimiento. La realidad del migrante -niño y adulto- es ,en la mayoría de los casos, una de permanente informalidad estructural; una realidad oximorónica de la que las historias de los niños migrantes son parte fundamental, pero no exclusiva.
Dicen que caminar aclara las ideas, estructura el pensamiento y desencadena la creatividad; y el caminar migrante es prueba de la veracidad de esta idea. A pesar de la precariedad y vulnerabilidad constante a la que esta marcha las expone, las comunidades migrantes han creado rutas, redes de apoyo, lenguajes y sistemas para resistir, sobrevivir, y hacerse de espacios ahí donde se les niegan. Durante años, el cruce de fronteras ha cuestionado activamente los límites, no sólo de los países, sino de la rigidez de la idea misma del Estado-nación y de la insuficiencia detrás de conceptos tradicionales de identidad y subjetividad, entre otras cosas. Tal vez, a los que nos hace falta caminar, y mucho, es al resto de nosotros.