Hace casi un mes, Andrés Hoyos, fundador de la revista colombiana El Malpensante envió un correo electrónico a los lectores de esta publicación, para anunciar que había llegado el momento de buscar nuevas entradas económicas:

“Quiero que nuestros amigos nos apoyen en el esfuerzo de publicar El Malpensante. A lo largo de estos dieciocho años mi familia y yo hemos cubierto el déficit mensual que deja la revista. Dado que somos una fundación sin ánimo de lucro, podemos recibir donaciones que generan beneficios fiscales —y bienvenidos sean los apoyos grandes o pequeños—, pero me parece más importante que nuestros amigos miren a su alrededor y descubran algún modo creativo de ayudarnos: de seguro conocen posibles anunciantes, posibles suscriptores o posibles clientes que quieran compartir la potencia de las artes con nosotros y con nuestra sólida presencia en las redes sociales (524.000 seguidores en Twitter (@malpensante) y 502.000 likes en Facebook) y con nuestras amplias bases de datos.  

De nuevo alguien toca la fibra sensible del periodismo cultural, de nuevo alguien viene a recordar que las publicaciones literarias no son santo de la devoción de muchos, que siempre hay que estar picando piedra para cubrir la nómina del siguiente número. “Cualquiera diría que la cultura y las artes, en especial la literatura, van en retroceso en Colombia”, escribió en su mensaje Andrés Hoyos. No hay palabras de aliento, cualquiera diría que el retroceso se percibe por completo en América Latina.
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Luego del llamado de auxilio de su fundador, El Malpensante da señales de que la maquinaria volvió a ser aceitada: este 11 de agosto presenta el rediseño de su página electrónica. En espera de más y mejores noticias, queda aquí un acercamiento a esta publicación que ha acompañado a los colombianos en sus filias y en sus fobias culturales  desde 1996.    

Kathya Millares:¿Cómo es la radiografía que usted haría de El Malpensante a sus dieciocho años de existencia?
Andrés Hoyos: Pues la radiografía demuestra que no tenemos ningún hueso roto, así haya una cierta osteoporosis financiera preocupante para la que estamos buscando tratamiento. No sé si sea legado de Gabo, pero a estas alturas padecemos de una fuerte soledad, ya que las demás publicaciones culturales del país han ido desapareciendo una tras otra. Queda apenas Arcadia, del grupo Semana, una ventana valiosa aunque de corte netamente informativo, es decir, que no incluye creaciones literarias propiamente dichas, como son cuentos, ensayos, poesía, periodismo narrativo y el largo etcétera que nosotros sí publicamos. Esta soledad nos ha convertido en una institución, categoría que no es fácil de sobrellevar.

KM: ¿Cuál es el escenario del periodismo cultural en el que convive El Malpensante en Colombia?
AH: Una rama del periodismo, como la cultural y más específicamente la de las artes, tiene en un país la fuerza y la importancia que tiene el fenómeno del que se nutre. En Colombia, las artes son hoy consideradas secundarias por los poderes del país, tanto el político como el empresarial. Hay la esperanza de que las oleadas más jóvenes que están llegando sean más generosas con las artes, entre otras razones porque varios de sus líderes crecieron leyendo El Malpensante.
 
KM: ¿Cómo fue que usted y su grupo de amigos decidieron crear esta revista en 1996?
AH: Hay un texto sangriento de Juan Carlos Onetti que se llama “Reflexiones de un revistero”. Allí el cáustico uruguayo precisa que las razones para  hacer una revista pueden ser medio cursis: uno hace revistas porque no le gustan las que hay, porque no tiene dónde publicar sus genialidades, porque anda de malas pulgas con el Establecimiento cultural de su localidad o país. Al final, si el empeño subsiste, se llega a una fórmula: uno debe hacer la revista que querría leer si no existiera. Claro, cuando el editor es doctrinario y sólo quiere leer aquellas cosas que confirman sus teorías, mal asunto y el medio desaparece.

KM: ¿En aquellos días el mundo editorial hacía grandes apuestas por las publicaciones culturales?
AH: Lo dramático de la pregunta es que no es un chiste. El mundo editorial colombiano tiene un récord penoso, con tal cual excepción temporal y no siempre exitosa. Digamos, para matizar, que de forma muy espaciada algunos hacían pequeñas, casi diminutas, apuestas por las revistas culturales. Claro, con la crisis del sector esto no ha cambiado. Ha, tal vez, empeorado.

KM: ¿Cuáles son los “compromisos adquiridos” de El Malpensante con sus lectores a lo largo de sus 153 números?
AH: No sé si la forma de verlo sea hablar de compromisos adquiridos con los lectores. Éstos existen, claro, pero es mejor hablar del compromiso que uno adquiere con uno mismo. ¿Por qué? Porque los lectores, sofisticados y todo como son muchos de ellos, a veces no saben qué quieren. Además, cada uno entiende el compromiso con la revista de forma diferente. Hay, sí, algunos lectores agudos y críticos que en ocasiones le aprietan el gaznate a una publicación. Esto no deja de ser saludable, a  menos que el abrazo provenga de una de las tantas boas constrictor que hay por ahí: el poder, el dogmatismo, la intolerancia y así.

KM: ¿Cuáles son las bases editoriales que han sostenido a esta revista literaria? ¿Por qué abrir un espacio para la creación y el periodismo de largo aliento?
AH: Te doy un ejemplo. El año pasado le dieron el Nobel de Literatura a Alice Munro; doña Alice publicó mucho más de la mitad de sus cuentos en una revista, The New Yorker; sin la revista, la obra de doña Alice no sería lo que es. Revistas como la nuestra desempeñan un papel indispensable en la vida artística de un país y/o una ciudad.

KM: En las páginas de El Malpensante aparecen las firmas de Claudio Magris, Edward Said, Jon Lee Anderson, Leila Guerriero, Guillermo Schavelzon, Alberto Manguel, Yuri Herrera… ¿Cómo han logrado ser una publicación que no sólo se ha dedicado a dar espacio a los escritores y periodistas consagrados sino que también abre la puerta a los que apenas están formándose?
AH: Yo creo que una revista recia tiene la obligación ética de dar a conocer nuevos nombres. La analogía con el deporte es clara. Si un equipo solo vive de comprar los cracks que otros formaron, o tiene mucho dinero o va a languidecer en pocos años. Los grandes escritores, como los grandes futbolistas, alguna vez fueron jóvenes y desconocidos. Hay, pues, más mérito en detectarlos entonces que cuando ya tienen fama internacional.

KM: Después de dieciocho años de contar con un solo tipo de financiamiento, ¿cuáles son las dificultades que tienen que enfrentar ahora?
AH: Estamos operando una reconversión de fondo en lo que los conocedores del asunto llaman el modelo de negocios. La idea básica es apoyarnos en nuestros lectores y en aquellas personas o instituciones de alto poder económico con las que ellos puedan relacionarnos o donde haya gente sensible y sensata a cargo. Son como las brujas, no existen, pero que las hay las hay.

KM: ¿Cómo se apoya El Malpensante en las redes sociales?
AH: El Malpensante nunca tuvo dinero para hacer publicidad, de modo que Twitter y Facebook fueron una ventana indispensable para construir y fortalecer nuestra marca. No hay una única fórmula, salvo tal vez la de ejercer de forma ágil la personalidad del medio en las redes sociales. Tenemos 530 mil seguidores en Twitter y más de 500 mil likes en Facebook. Eso es mucho y lo valoramos.

KM: En su página web no se encuentran los números más recientes. ¿Por qué no aprovechar la página electrónica para la difusión del contenido de la revista impresa?
AH: Tuvimos un problema a la hora de modernizar la página web, mezcla de inconformidad tecnológica y de debilidad económica, pero el 11 de agosto relanzamos la página. No va a ser perfecta, si bien la iremos fortaleciendo con el paso de los meses. Dicho esto, durante mucho tiempo la gente aprovechó nuestro archivo y le sacó jugo. Ahora, supongo, será nuestro turno.