Muchas veces las ciudades, a pesar de los obstinados intentos de los urbanistas, terminan viéndose más como un manchón amorfo que como los meticulosos planos y maquetas propuestos en alguna reunión gubernamental. Las ciudades tienen vida propia, crecen a un ritmo que es una mezcla entre planificación y caos. La ciudad de México es un perfecto ejemplo de todo esto. Su historia está marcada por el constante estira y afloja entre los incontables planes urbanísticos y las construcciones no autorizadas, los espacios inventados, los terrenos ocupados. Valeria Luiselli no se equivoca al decir que “la ciudad de México fue su propio plano”. Los intentos por darle un orden a la capital de nuestro país terminan siendo engullidos por la lógica de la metrópoli.

Aunque siempre se nos escapa de las manos, la ciudad de México tiene elementos que le dan cohesión y coherencia al aparente descontrol generalizado. Hay que subrayarlo: son elementos simbólicos, que muchas veces sólo son percibidos por aquellos arraigados a su pavimento. Uno de los más importantes es la avenida principal de la ciudad: Paseo de la Reforma. Ésta, no sólo es fundamental por el lugar que ocupa sino también por su importancia simbólica, económica y política. En ella habitan los viejos héroes patrios: Cuauhtémoc, Hidalgo, Morelos. Y junto a ellos, los nuevos símbolos de poder: la bolsa de valores, las oficinas gubernamentales, las embajadas. Todos estos símbolos elegantemente adornados por decenas de museos y un zoológico.

La importancia de Reforma no termina allí. Hay que recordar que fue ideada por Maximiliano de Habsburgo en el siglo XIX para unir el Castillo de Chapultepec con el Palacio de Gobierno a semejanza de los grandes paseos de las urbes europeas. En ese sentido, Reforma es una metáfora de los últimos quinientos años de la historia de México, es decir, es la encarnación de una historia dialéctica entre imitación y creación. Dialéctica en tanto la imitación contiene en sí misma la creación y viceversa, y debido a que su oposición termina dando a lugar a una síntesis de ambas. Dialéctica porque es un proceso siempre activo, que se mueve por el conflicto. Así como México nace imitando y termina inventándose como un nuevo país, Reforma nace como copia y se convierte en una avenida irrepetible. De la misma forma que la historia mexicana se mueve por el conflicto y nunca se estabiliza, el desarrollo de Reforma está marcado por una serie de tensiones que aseguran su eterna construcción: su vitalidad.

Pero el rasgo más significativo de Reforma, o al menos el que más nos interesa enfatizar aquí, es su similitud con la realidad mexicana. En esta avenida, como sucede en la totalidad del país, confluyen los más diversos mundos y tiempos. De las Lomas de Chapultepec a Tlatelolco, del Centro Histórico a la Zona Rosa, de Polanco a Peralvillo. País de contrastes y diferencias, México en sentido estricto no es uno: son varios. Reforma reproduce esto, en ella existen una multiplicidad de realidades que se alternan, se entremezclan y se enfrentan. Nunca Paseo de la Reforma, siempre Paseos de la Reforma.

 

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Publicado en: Crónica
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