Fotografía: Daniel Mordzinski
Fotografía: Daniel Mordzinski

A Vivian Abenshushan (Ciudad de México, 1972) el ensayo le interesa menos como un paseo que como una deriva. Lo constata en Escritos para desocupados (Surplus ediciones, 2013), su más reciente colección de ensayos. La narradora, ensayista y editora reflexiona sobre los vínculos afectivos que generan los libros, elabora una genealogía del ocioso, ahonda en la noción de contraensayo —un proyecto existencial más allá de la página— y se manifiesta en contra de la tiranía del copyright —el volumen se puede descargar de manera gratuita aquí.

El libro “surgió como una bitácora en Internet donde reflexionaba públicamente sobre las condiciones de mi vida desocupada, una vida que me llenaba, simultáneamente, de entusiasmo y angustia. En ese espacio podía discutir con los visitantes del blog, establecer hipervínculos con otras páginas, linkear los posts y ponerles imágenes. Todo ese material que originalmente alimentaba el blog provenía de la circulación cultural liberada que permite la red. Una vez que el blog se volvió más complejo y decidí ‘volver a la interface de la página’ para darle a los ensayos más tiempo y espacio de reflexión, temí que el libro perdiera ese vínculo inicial con Internet. Por eso, una vez que lo terminé, decidí devolverlo al lugar del que salió convertido en otra cosa: un libro aumentado, una página web navegable, llena de referencias, imágenes, links, audio, video. Para eso era imprescindible que la página y el libro fueran copyleft y que los editores estuvieran de acuerdo”, afirma la escritora.

En entrevista, Abenshushan conversó sobre la idea de contraensayo, el andar que pone la vida (y las ideas) en movimiento y el trastrocamiento que ha propiciado Internet en la escritura.

Alejandro García Abreu: Adviertes que los prime­ros malestares de la velocidad son el tedio, el spleen y el desasosiego. ¿Cómo los contrastas —en función del ensayo— con los paseos de Rousseau o Kierkegaard, la flânerie de Baudelaire, las incursiones urbanas del dadaísmo, las derivas situacionistas y los tours por lugares inútiles de Fluxus?
Vivian Abenshushan: El andar como práctica filosófica o estética ha surgido como una ruta paralela, marginal y a veces contraria a la de los engranajes sociales. El paseo establece su propio ritmo, no se dirige hacia un lugar determinado (para Montaigne, lo importante es el trayecto, no la llegada), no persigue otro fin que la creación de un espacio autónomo para reflexionar, un espacio lejos de la aldea o los centros de poder. El andar pone la vida (y las ideas) en movimiento: cuerpo y mente entran en un mismo circuito donde las ideas, como escribía Nietzsche, se deletrean con los pies. No es extraño que frente a los ritmos opresivos de la vida moderna, parcelados por el reloj y la producción, Baudelaire haya opuesto la vagancia crítica: sin horarios, sin oficina, sin cuartel, el flâneur se pierde en la multitud para enunciar su vacío. También para las vanguardias, desde Dadá hasta el Situacionismo, el paseo o la deriva se convirtieron en estrategias no sólo estéticas sino vitales que buscaban contrarrestar la indigencia del mundo, invirtiendo los trayectos prefijados por el trabajo o el consumo, abriendo grietas en la cuadrícula de la urbe. En los laboratorios de escritura que doy aquí y allá, suelo hacer derivas con los asistentes, pues ¿de qué otro modo aprenderán a escribir, es decir, a ser ellos mismos, si no se pierden en la ciudad? Detesto los talleres que enseñar a escribir: de nada sirve aprender técnicas narrativas si no se introduce un quiebre crítico en la mirada. Esos talleres producen una escritura estandarizada y conveniente.  Esa que infesta hoy al mercado.

AGA: Afirmas que el contraensayo es el experimento en busca de la transfiguración vital, que la existencia es el ensayo, el espacio del tanteo, el sopesar de contrario. Has escrito que el ensayo —un programa inacabado— te interesa menos como un paseo —a la manera de Hazlitt, Stevenson o Woolf—, que como un paseo llevado hasta el límite, una deriva asumida como el desvío de los códigos en los que vivimos —siguiendo a los situacionistas franceses. ¿De qué manera percibes la transición del paseo a la deriva, pensada como contraensayo?
VA: Esto se conecta de algún modo con la pregunta-respuesta anterior. Hace años que practico derivas por la ciudad (aunque no tantas ni tan frecuentes como quisiera; escapar a la prisa del DF, a sus presiones económicas, es cosa cada vez más difícil). Hace años, también, que escribo y discuto con otros ensayistas sobre la naturaleza del ensayo (¿será un vicio del ensayista volver machaconamente a esa discusión?). En cierto momento, poco después de que propusiera ponerle el nombre de Derivas a la colección de ensayo de nuestra pequeña editorial, Tumbona Ediciones, entendí algo que sólo vagamente había entrevisto al comparar la forma errática, no conclusiva, del ensayo con el paseo (para los curiosos, ver “Contra el ensayista sin estilo”, en Una habitación desordenada, El Equilibrista, 2007). Lo que entendí es que para los situacionistas, la deriva tenía un carácter revulsivo, se trataba de una estrategia estética y política de incursiones sin rumbo en los suburbios de la ciudad, a diferencia del paseo que a menudo tenía un carácter más bien bucólico (si pensamos en Rousseau o en Stevenson), menos consciente de su potencia crítica. La idea de contraensayo vuelve a reflexionar sobre la posibilidad, abierta en la práctica de las vanguardias, de superar la fractura entre arte y vida, que también estuvo presente, a su manera, en la filosofía antes de que se convirtiera en una práctica meramente curricular y desvinculada de la existencia concreta. Sócrates, Diógenes, Aristipo, Epicuro, Séneca, Espinoza, Nietzsche, incluso Marx, fueron filósofos que ejercitaron el pensamiento, pero sólo en función de transfigurar la vida. Esa sería, para mí, la peculiaridad del contraensayo: ser un proyecto existencial más allá de la página. Un proyecto estético, pero también político y vital. Creo que eso es Escritos para desocupados: un contraensayo. Renunciar al trabajo (o a esa versión actual del trabajo: abusivo, idiota, extenuante, sin sentido y que nos deja vacíos) no para escribir un libro, sino para cambiar las condiciones de mi vida cotidiana, para transfigurar la existencia y construir un espacio donde poder habitar.

AGA: “Los libros son una pasión electiva, no un imperativo. Del mismo modo que a nadie se le puede obligar a soñar o amar, la intimidad con el libro, dice Daniel Pennac, no es algo que se pueda decretar ni promover a través del yugo”, escribiste en “El lector insumiso”. ¿Cómo ha sido la relación con tu hijo a través de la lectura?
VA: Los vínculos afectivos que propician los libros son potentes, siempre y cuando se produzcan de manera espontánea, no coercitiva. Exactamente como ha escrito Pennac, en su ensayo ya clásico, Como una novela: del mismo modo que no se puede amar, tener amigos o soñar bajo presión, el amor por los libros se despierta sólo en un espacio de libertad. Así ha sido nuestra relación con Oliverio, a quien le leímos por puro gusto desde que era un crío en pañales y apenas balbuceaba. Ahora tiene siete años y le gustan tanto los libros que está haciendo el suyo, con “portada, título, contraportada, índice, capítulos”, todos esos términos que él ha aprendido de manera natural porque sus padres, además de escritores, tienen una editorial metida en la casa. Los libros son para él (como lo fueron para mí en mi infancia) animales familiares, cercanos, domésticos, íntimos. Jamás nadie le ha dicho que debe leer. Una mañana me dijo: “Mamá, voy a escribir un nuevo libro y tú, si quieres, me puedes ayudar. También papá. Es de criaturas imaginarias. Se llamará Peligmales. Cada quien inventa unos seres fantásticos, los describe y los dibuja. Luego lo vendemos a nueve pesos y repartimos el dinero en partes iguales”. Así, Oliverio. Es un niño y ya ha entendido cosas fundamentales: que el lenguaje es un territorio común, que la lectura es sobre todo un proceso creativo (y que produce vínculos con los otros), que cualquiera puede, si lo desea, escribir y que la escritura, incluso cuando estamos a solas, es un proceso colaborativo. Se trata de una iniciativa suya y, al mismo tiempo, de un libro colectivo que tiene ya treinta páginas ilustradas. ¿No es esa la mejor forma de “acercarse a los libros”? Que los niños hagan sus propios libros, que los manufacturen, conciban, dibujen y escriban con su letra chueca y luego los distribuyan de mano en mano (¡como decía Carrión en el Arte nuevo de hacer libros!) es la mejor relación que pueden establecer con ellos: sin el sentimiento de autoridad que impone la tradición, sin la sensación de que se trata de objetos intocables que “hacen otros” (los que saben, los entendidos, los eruditos, los académicos, los intelectuales, ¡bah!).  By the way: el enorme trastrocamiento que ha producido Internet en la escritura contemporánea radica precisamente en que cualquiera puede escribir (¡como quería Lautréamont!). Eso, por supuesto, despierta la histeria de quienes ven en peligro la hegemonía de las viejas jerarquías.

AGA: ¿Qué te condujo a reflexionar sobre tus hábitos, los trabajos que has tenido y tu proceso creativo —y sobre los de múltiples autores— en el ensayo “La jornada de la escritora”?
VA: Reflexionar sobre las condiciones del trabajo contemporáneo en abstracto, me parecía un despropósito. Soy ensayista, no académica. Es decir: no creo en la separación entre teoría y práctica. Encuentro más aprendizaje en la experiencia que en las estadísticas. Y para hablar sobre las dinámicas del trabajo intelectual en nuestros días, me parecía que “mi caso” era el mejor lugar para comenzar, puesto que lo conozco de primera mano. Me interesaba sobre todo indagar en la naturaleza de mi propio malestar: entender por qué me sentía como extranjera entre las aspiraciones de mi época (reconocimiento, éxito, prestigio literario). ¿Qué es lo que encontré? Que la dinámica del capitalismo turbo ha infestado también los procesos del trabajo creativo, es decir, que los artistas, pero también los filósofos, los científicos, los académicos, viven hoy bajo la presión del puntaje, la cuantificación del saber, la burocratización del conocimiento, la productividad y la competencia. Producir más (novedades, ponencias, textos certificados, etc.), en lugar de generar verdadero conocimiento o pensamiento crítico, es la forma en que el mercado ha puesto al trabajo intelectual de rodillas. No es de ahí de donde podrán surgir las respuestas para modificar el rumbo de este mundo convulso.

AGA: Los contenidos de tu libro se pueden reproducir y compartir por cualquier medio, siempre y cuando no se haga con fines comerciales y se respete la autoría —incluye la leyenda legal del Creative Commons y fue liberado en su versión PDF y copyleft en la red— y en el penúltimo ensayo imaginas “una prefiguración de la literatura ausente: la página en blanco con copyright”, abordas las nociones de reelaboración, préstamo y transformación y elaboras una lista de plagiarios anarquistas en la que figuran, entre otros, Quevedo, Lautréamont, los experimentos dadaístas, los ready-made, Pierre Menard —autor del Quijote—, los juegos combinatorios del OULIPO, Georges Perec, William Burroughs, Guy Debord y Jonathan Lethem. ¿Cómo vinculas los diversos planteamientos?
VA: Escritos para desocupados no es sólo una crítica del trabajo contemporáneo, sino sobre todo, una respuesta a la violencia económica de nuestra época. Se trata, entonces, de un libro que confronta las condiciones vitales e intelectuales, y no sólo laborales, del capitalismo financiero. Los abusos del copyright provienen de la misma raíz que los abusos laborales: la máxima ganancia, la propiedad, la competencia y el dinero, como valores hegemónicos e incuestionables. Se trata de una legislación hecha para el mercado, no necesariamente para la circulación del conocimiento y la evolución cultural. Sin embargo, la cultura está viviendo hoy un proceso de mutación debido a la revolución digital que pone en cuestión esos valores. Creo que los escritores necesitamos argumentar y tener una posición en esta batalla cultural de enorme trascendencia. Algunos han elegido la defensa a rajatabla de la propiedad intelectual. Algunos otros estamos comenzando a discutir (con argumentos) una posibilidad distinta: el Creative Commons (de raíz liberal) o el copyleft (de raíz anarquista) que resguardan los derechos de los creadores, pero sin olvidar que hay una parte de la cultura que es común, que nos pertenece a todos, que no es privatizable (empezando por el lenguaje mismo). Esta otra concepción del lenguaje y de la escritura tiene implicaciones estéticas y políticas enormes, como ha discutido ampliamente Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación. La reescritura, el tachado, el plagio o la desapropiación como estrategias contemporáneas de la escritura se fundan en una concepción (enteramente distinta a la concepción mercantilizada) de la cultura como espacio compartido y construido colectivamente, no por el genio individual, de raíz romántica. En resumen: que Escritos para desocupados se pudiera descargar de manera gratuita, al tiempo que mis editores pudieran ponerlo en circulación en librerías y recibir una remuneración justa por su apuesta, era una forma de poner en práctica una crítica activa sobre la cuestión, una forma de mostrar también una ruta alternativa: posible, existente y que no pasa por encima de los derechos de nadie.


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Vivian Abenshushan, Escritos para desocupados, Surplus ediciones, Oaxaca, 2013.