Los acontecimientos que El territorio interior evoca “muchas veces fueron la consecuencia de las ensoñaciones que el arte italiano suscitó en mí, durante el tiempo en el que lo descubrí, antes de incitarme a cierta lucidez”, escribió Yves Bonnefoy (Tours, 1923) en el postfacio del libro. Mezcla de ensayo sobre arte, autobiografía y relato onírico, El territorio interior —escrito en Bonnieux durante el verano de 1971— es una reflexión sobre “los sueños, las ilusiones, peligros de las horas en soledad”. Bonnefoy —poeta fundamental del siglo XX— recuerda las marcas de la infancia, la lectura de Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud, evoca su ciudad natal y se desplaza en “un espacio mítico que tiene sus más distantes fronteras, difíciles de situar, en las arenas del Asia central o en los patios traseros o en las tierras baldías de la periferia que el Extremo Occidente abandona a los vidrios rotos, a los fierros oxidados en la yerba”.

- Si las orillas me atraen, mucho más la idea de un territorio interior, protegido por la amplitud de sus montañas, sellado como el inconsciente.
- Pero si éste es mi sueño, ¿qué es para mí la luz de aquí, o de hoy, y qué encuentro en ella? Son sólo carencias cuya grandeza es el deseo, y la frecuentación un exilio.
- Lo que se marcha con el espíritu, permanece con el cuerpo, y esa presencia minada posee, sobre un fondo de naturaleza desierta, tal intensidad que es como un incremento del ser en la nada, tan insistente como paradójico.
- Son antiguos la mayoría de los recuerdos que he evocado del territorio interior (para mí son ésas las palabras que fijan mejor la firme aspiración y la intuición incierta), porque únicamente ellos son “puros”, los más recientes se han impregnado cada vez más de reflexión, de una denuncia lúcida quizá, en todo caso de un designio que cree poder superar la oposición entre ambos reinos.
- Y primero diré que si el territorio interior ha permanecido para mí inaccesible —y aun si, lo sé bien, siempre lo he sabido, no existe— no es por eso completamente ilocalizable, basta con renunciar, por poco que sea, a las leyes de continuidad de la geografía ordinaria y al principio del tercero excluso.
- En sueños veía la soledad de las arenas, las tiendas de fieltro de una tribu de nómadas, y un monasterio sobre el abismo.
- He aquí circunscrita el área donde me siento llamado a buscar el territorio interior. Podría aún soñar en el Tibet, pero ahí, debido a sus espacios y a sus hombres —que hablan de desprendimiento—, hubiese cruzado la frontera. Y en Japón, donde estaba en paz con mi vieja obsesión, porque allí, la arquitectura en madera, los pisos vibrantes, las galerías frágiles como burbujas, nos enseñan que la pretensión humana está circundada y disuelta en el temblor del árbol universal, que no tiene lugar, que no existe. Esos países de budismo extremo son demasiado lúcidos, o pesimistas (mallarmeanos); sostienen que los lugares, como los dioses, son sueños; se precipitan con velocidad en la experiencia del vacío.
- El área del territorio interior se extiende desde Irlanda hasta las lejanías del imperio de Alejandro, que Camboya prolonga. Sus provincias son Egipto, las arenas de Irán que ocultan bibliotecas, las ciudades islámicas de Asia, Zimbabue, Tombuctú, los viejos imperios de África —y por supuesto el Cáucaso, Anatolia y todos los países del Mediterráneo, aun si el templo griego, rectangular, me habla de otra manera. Porque las civilizaciones que congrego, nacidas del deseo de fundar, tienen como signo de sí mismas el círculo, el patio central y el domo.
- El área del territorio interior es el orgullo, pero también la insatisfacción, la esperanza, la credulidad, la fuga, la fiebre siempre próxima. Y no la sabiduría. Pero quizá —cómo saberlo— algo mejor.
- Pienso en la India, donde la dialéctica de la afirmación que se niega fue vivida con plena conciencia. Sólo estuve ahí algunos días, pero fueron suficientes para escuchar la afluencia regular, arborescente, arterial, de la irrealidad en la certeza. Atravesábamos Rajastán, y las montañas se abrían, se desplegaban, se cerraban en el silencio augural del inicio de ciertos sueños.
- Antes del territorio interior de montañas secas y vacías, continuamos por la última calle, cuyas fachadas, cuyos muros están cubiertos de rosa, adornados de estuco —es la gracia un poco rococó que crea el encanto de Jaipur, de su disonancia con el olor del inconsciente, de la sexualidad, de la muerte, que expande por todas partes el jazmín. La luz también, por una hora aún, es ligera.
- Conocía apenas la pintura italiana antes de mi primer viaje a la Toscana. Por supuesto, tenía cierta idea de los pintores más célebres, y ciertos cuadros de Leonardo da Vinci como en sueños venían a mí. Pero lo que más me habría de conmover, me era aún desconocido.
- ¿Cuál podría ser mi orientación? ¿Cuál sería mi marca en el camino? ¿La forma de representar la tierra y el cielo, porque el territorio interior es, antes que nada, una mirada al lugar más próximo? ¿O de edificar el trono divino, ese edificio supremo?
- Dicho de otra forma, concebí el proyecto de escribir un libro donde el “viajero” recorrería su propio camino o, mejor, se comprometería con él verdaderamente, e iría donde yo no había ido, reflexionando sobre las obras con mayor cuidado del que yo mostré: y daría de nuevo vida a las ilusiones que no tuve, por así decirlo, más que en sueños, y descubriría lo que yo aún ignoraba, la razón de ser y los mecanismos de esa descentralización en el nombre del centro, de ese guante al envés que era mi vida.
- Pero mejor entregar a la atemporalidad de la escritura lo que hería mi vida: el temor, que nace de las palabras, de la finitud, del tiempo; y pensé que, estrellándome contra esa fatalidad, me interrogaría aún más. Un libro de dos niveles, y no una ambigüedad. Un libro donde la razón terminaría por circunscribir el sueño.
- Al partir, cuando se forman apenas las primeras nieblas en septiembre, casi siempre dejábamos las uvas madurando todavía, y era entonces un verano sin fin el que nos recibiría al año siguiente, era este valle, este río, estas colinas, el territorio intemporal, era la tierra ya un sueño donde perpetuar la seguridad de los años que no saben nada de la muerte.
- Y cuando aquellos signos que hubiese preferido no ver —un puente de hierro bajo los álamos, una charca de aceite, y otros más que significaban la nada— coagularon en la luz primera, como la edad me lo exigía, quise creer que lo que quedaba de mi sueño, privado ya de todo atractivo, sólo se había desplazado al horizonte.
- ¿Con qué sentido haber tomado la decisión de afrontar la finitud, haber leído a Baudelaire, Rimbaud, Chestov, haber inscrito como epígrafe de un libro palabras sobre la vida de la inteligencia y la muerte, y decir que yo conocía la verdad de la poesía tanto como de la existencia, si era para volver a caer, si no en el primer sueño (porque al menos Florencia, y esos escrúpulos, me liberaban de él), al menos en la añoranza del sueño y en la inhibición frente a él?
- No puedo aceptar que Roma —una existencia— perezca. En el lugar donde parecía haber triunfado la muerte, en realidad se perpetuaba la existencia; esa idea cayó sobre mí como un encanto. Pero de forma más que reveladora, la supervivencia tiene lugar en el desierto, porque lejos de vencer a la muerte en la profundidad de lo vivido, con algo semejante a la fe imaginé su derrota en la distancia, en la soledad del sueño y en la vana libertad de las palabras. Y entonces se iluminó la última página que tanto me había conmovido, y que al leer no comprendí.
- Era el espacio del sueño donde sin movernos avanzamos, donde ya sabemos lo que no obstante ignoramos —y donde simulamos enfrentar una “misteriosa frontera” porque en realidad queremos escapar a la evidencia de otra, la que impone a la inteligencia el conocimiento de la finitud.
- La tierra es, la palabra presencia tiene sentido. Y el sueño existe, también, pero no para destruirlas o devastarlas como he llegado a creer en mis horas de duda o en mi orgullo: es necesario que, al vivirlo, lo disipe, y no lo escriba: porque entonces, al saberse un sueño, se simplifica, y la tierra adviene, poco a poco. Es en mi devenir y no en el texto cerrado, donde este pensamiento próximo, esta visión, si algún sentido tiene para mí —y así lo creo—, puede permanecer abierta, e inscribirse y florecer y fructificar. Es ahí el crisol donde el territorio interior, al disiparse, se formará de nuevo; donde el aquí, vacío, se cristaliza. Y donde por fin, tal vez, algunas palabras brillarán, simples y transparentes como la nada del lenguaje, pero serán la totalidad, y serán reales.
- Reservé entonces mi conocimiento de columnas en espiral, de frontones cortados, de pesadas estatuas sobre el cielo, para el sueño segundo y sin freno de una metrópoli allá (en el desierto, o en las altas montañas, o en las tormentosas orillas de cualquier mar interior), y como buscaba en la pequeña Italia algo más concreto, un mínimo territorio interior, reducido a un repliegue del terreno, a un matiz en la luz, a una pintura resquebrajada en el cierre de una cúpula, no me detuve mucho tiempo en Sant’Agnese o en San Pietro, ni siquiera en Roma, sin olvidar el corte en las nubes de Sant’Ivo alla Sapienza.
- Sin embargo llegó el día en el que mi obsesión se disipó, y el arte italiano apareció frente a mí con toda su verdad, con mi “locura” desafiada, y algunas veces superada. Y pronto el barroco, el barroco romano, se levantó con el misterio entre sus manos, en plena luz, de la aceptación del lugar de la existencia. Fueron Roma, y el espacio griego, quienes prepararon esa mañana en Venecia. Uno de ellos proponía subordinar el lugar humano, y la morada misma de los dioses, a la curvatura, único absoluto, de la tierra. Y la arquitectura de Bernini terminó por decirme que el ser del lugar, nuestra totalidad, se forja desde la nada, gracias a un acto de fe que se asemeja a un sueño que hemos vivido tantas veces y de forma tan sencilla, que parece encarnado… Me detuve entonces en el siglo XVII romano como en el teatro mismo de la Presencia. Borromini el gnóstico, mi prójimo en muchos momentos (cuando interrogué la otra ruta en la encrucijada), encierra el sueño en el sueño, y en el laberinto se pierde.
Fuente:
Yves Bonnefoy, El territorio interior, traducción de Ernesto Kavi, Sexto Piso, México, D.F., 2013.
Un comentario en “Yves Bonnefoy y el espacio del sueño”
Comentarios cerrados