La increíble vida de Walter Mitty

En 1939, The New Yorker publicó un cuento titulado The Secret Life of Walter Mitty, escrito por James Thurber.  El texto daba cuenta de un tipo que vivía casi la mitad de su vida en un mundo imaginario que lo llevaba a perderse de la realidad por varios minutos. Una especie de enfermedad recurrente que no lo dejaba permanecer en el mundo. Walter Mitty era invadido por la fantasía que lo llevaba a construir escenarios ficticios a partir de lo que estaba viviendo. El cuento pasó con el tiempo a ser considerado un referente no sólo del autor sino de las personas que continuamente están dispersas de la realidad. El personaje se volvió un arquetipo de aquel que gasta más su tiempo en sueños heroicos que en poner atención al mundo real.

La historia fue llevada al cine en 1947 bajo la dirección de Norman Z. McLeod y producida por Samuel Goldwyn. La cinta fue bien recibida. Incluso en el 2008, la revista Empire la consideró dentro de las  500 mejores películas de todos los tiempos. El resultado fue tan benéfico y entrañable, que  para 1994 Samuel Goldwyn Jr. pensó en producir un remake siguiendo la formula de su padre. No fue sino hasta el 2012 que comenzó su filmación con Ben Stiller como protagónico y director.

Si bien es cierto que el trabajo de Stiller puede brindar poca confianza para desarrollar una historia tan popular, también se debe estar abierto a la oportunidad para explorar este nuevo trabajo. Quizá La increíble vida de Walter Mitty es su mejor obra.

En esta nueva cinta, poco se puede encontrar de aquel breve relato de Thurber. Éste se vuelve sólo  un motivo para el nombre y para la situación a desarrollar del personaje principal pero no es el eje central de la narración. La trama acerca al espectador a la vida de un Walter Mitty que labora en el área de negativos de fotografía en la revista Life, que está por mudarse a digital. Un tipo gris que no ha viajado ni realizado actividades temerarias pero que continuamente las inventa para sí mismo como escape de su vida monótona de soltero. Walter se queda estático, pasmado cada que una fantasía viene a su cabeza, lo cual lo ha vuelto víctima de chistes en diferentes lugares. Ha dedicado gran parte de su vida a la revista Life, ama la labor del revelado pero sabe que su trabajo tiene un fin próximo a causa no sólo de la era digital sino también del cambio de jefes en la oficina. El último número de la revista impresa está por publicarse y la foto que será la portada, la gran portada final, ha sido enviada a la oficina de Mitty, pero no la encuentra. El legendario fotógrafo Sean O’Connell (Sean Penn) ha retratado la imagen que según él captura la esencia del fotoperiodismo. Walter Mitty tiene que buscar una solución.

La increíble vida de Walter Mitty

Los primeros treinta minutos transcurren sin mayor éxito, es un principio soso plagado de escenas que se esfuerzan por demostrar la capacidad de imaginación del personaje pero que llevan al espectador a sentirse agobiado, pues se teme que toda la película sea bajo ese tono (ese mismo sentir del espectador cuando descubre que la cinta que está por ver es un musical más que una narrativa estándar). Afortunadamente Stiller logra romper con esto y termina por llevar el filme  hacia un trabajo satisfactorio dentro del género.

 

Por supuesto que La increíble vida de Walter Mitty es una película que invita al pensamiento positivo, a la new age que tan de moda está y que a muchos racionalistas molesta, pero si algo ayuda a no quedarse en ese nivel tan básico son tres elementos diferentes: el gran reparto armado por Stiller, donde figuran personajes como Sean Penn y Shirley MacLaine; una fotografía espectacular a cargo de Stuart Dryburgh (nominado en 1994 al Oscar por su trabajo en El Piano) que invita a viajar a Groenlandia o Islandia; y finalmente, la historia que se desarrolla al fondo de la trama. La increíble vida de Walter Mitty además de mostrar la vida de un soñador que un día se acciona en la práctica, también toca la problemática actual que han sufrido grandes revistas y editoriales impresas frente a lo virtual, donde lo inmediato y actual se ha convertido en lo necesario. Aquí hay  un homenaje a esa jubilación de algunos medios impresos que recuerda y afirma el trabajo de todos aquellos periodistas y oficinistas que lograron consolidar ciertas publicaciones. Claro, en la actualidad se ha vuelto necesario estar en la red, pero no hay que olvidar lo importante de todo ese trabajo impreso que se llevó a cabo, eso que llevó a una revista a ser lo que es (fue) y que hoy en día casi se pasa por alto por muchos lectores. La cinta, además de ser una invitación contemporánea a vivir con júbilo, es un buen pretexto para recordar la historia de grandes medios de comunicación y de aquellos grandes fotógrafos que no usaron cámaras digitales.

La increíble vida de Walter Mitty no es, ni de lejos, una de las mejores películas del 2013 (tiene, cabe decirlo, uno de los peores product placements que se hayan visto en los últimos años) pero sí una que vale la pena ver por el contagio ¿ingenuo? a la aventura. No es la gran película que vociferan quienes sintieron empatía por No se aceptan devoluciones, pero sí un buen trabajo de Ben Stiller que agradará a quienes gusten del género fantasía.

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Publicado en: Cine