Quién castigaría una simple muerte en medio de una masacre. Así inicia La fila india, novela más reciente de Antonio Ortuño (Zapopan, 1976). O, mejor dicho, así inicia el viaje al corazón de las diversas masacres simultáneas que llamábamos México.
Un tren proveniente de Centroamérica —puede ser La Bestia, puede ser cualquier otro, en realidad no importa— entra al país cargado de inmigrantes. Éste, lo saben, será el tramo más difícil, la prueba más álgida, para llegar a cualquiera que sea su destino en Estados Unidos. Lo único que los separa a ellos de su sueño de podar céspedes o lavar loza ganando dólares es un país que se ha convertido en máquina de picar carne.
Un tiro en la obscuridad, un revólver humeante. Un alberge y un incendio. Decenas de muertos. Son éstas las condiciones en las que el lector llega a Santa Rita, una especie de versión macabra del Cuévano de Ibargüengoitia. Sin embargo, Cuévano, se sabe, es Guanajuato. Santa Rita podría ser cualquier municipio de Chiapas, de Tabasco, de Veracruz. De Tamaulipas. Cualquier lugar en donde los centroamericanos sean cazados como moscas.
Y es justamente esa uniformidad del horror, esa posibilidad de que cada municipio sea un escenario potencial para la carnicería, la que vuelve tan escalofriante la novela de Ortuño. El México de La filia india es el país en donde las dependencias federales se preocupan más por que una nueva masacre las saque de los titulares que por resolver las matanzas propias; el México de los boletines idénticos, las calcas exactas de juramentos de compromiso y justicia que nunca llegarán y que son reproducidos por los medios sin más.
La mexicana es, a los ojos del autor, una sociedad que se asquea al leer las noticias en el diario matutino pero que, para el momento de dormir, ha olvidado por completo las zanjas y las fosas comunes; los alevosos incendios, las decapitaciones, los linchamientos. Pero quién —pregunta Ortuño— recuerda la anterior matanza cuando aparece otra en escena.No es trivial, tampoco, que las víctimas del libro sean centroamericanos. La fila india nos muestra a una sociedad que llora a sus miembros muertos pero que desdeña la muerte del migrante. Es constante la sombra del racismo que nos separa de ellos. Es, el nuestro, un país de víctimas —y al mismo tiempo de victimarios.
Se ha dicho que la prosa de Ortuño es filosa, y que es éste su libro de madurez. Estoy en desacuerdo con ambas. Ortuño, por supuesto, escribe sin concesiones y sin ofrecer cuartel. Pero sus cortas y limpias oraciones se asemejan más a los precisos golpes de un cincel que a un bisturí. Un cincel que deja completamente expuestos a sus objetos; el seco martillo de un revólver que exhibe lo peor de quien se encuentre en su mira. En cuanto a la madurez, me limito a decir que eso suena a fruta ¾y estoy casi seguro de que Ortuño las odia. Es ésta, sin embargo, su novela más ambiciosa. Y, en manos de alguien que escribe con la misma soltura desde la cabeza de un burócrata o la de un asesino en masa, es una ambición que se agradece y celebra.
El país de La fila india es escalofriante, pero el México en el que está basado es aterrador. En un momento en el que parece ser que nos hemos acostumbrado a la barbarie, el libro de Ortuño nos devuelve nuestra capacidad de indignación.
No es poca cosa.
La fila india, de Antonio Ortuño, se presenta en la FIL Guadalajara el 30 de noviembre.