Desde la banca de los acusados, Djamila Bouhired rechaza sus cargos como terrorista; se reconoce como defensora de la libertad. Del otro lado del Mediterráneo un compatriota suyo se deslinda de la campaña mediática que defiende a la inculpada y sólo opina al respecto: “Siempre reproché el terror. Creo que también debo condenar el terrorismo que se ejerce ciegamente en las calles de Argel”. Aunque fuese un gran crítico de la colonia, Albert Camus no pudo ser partidario de las acciones del FLN porqué su mayor convicción era la solidaridad con los hombres. Su posición lo fue apartando de los círculos intelectuales de izquierda hasta romper inclusive con Sartre, quien lo consideraba como un traidor. Y es dentro de esta marginalización intelectual en la que vivía en los años cincuenta que conoce a otro marginalizado: Octavio Paz. Quizá fuese porque ambos eran hijos de la Colonia, o porque los dos habían militado desde la izquierda, o bien porque compartieron el amor de las ideas, en todo caso fueron dos escritores que se apartaron del adormecimiento intelectual de la época para volver a plantear las preguntas esenciales sobre el valor de la revolución.
A lo largo de este ensayo veremos la lectura que le dan a dicho concepto estos dos autores, como un fenómeno inserto en la historia que no puede condenarnos a un cinismo frente al crimen y a la mentira.
La génesis de la “revolución” es para Paz el resultado de una carencia de absolutos religiosos que busca ser compensada en el comunismo que se conjuga con el afán de racionalidad en occidente. Así es como el autor explica ese magnetismo que tuvo en las sociedades occidentales: tiene la certeza de la razón griega, y la esperanza de la fe cristiana: es “razón hecha y acto de providencia”. Por un lado rompe las cadenas de una condición de explotación y nos da la fe que añoramos desde la comunión. Por el otro, tiene esta virtud de la destrucción creadora, que al romper con el pasado instaura un régimen racional.
Y ese es para Camus el primer error de la Revolución: confundir asuntos de la política con los de la religión: “La política no es religión si no es inquisición”[1]. La política tiene como tarea la de crear un espacio común en donde cada quien pueda desenvolverse con libertad; no la de tratar de responder, con la voz del materialismo histórico, a las preguntas que alguna vez respondía Dios.
Pero el autor entiende también que la desacralización de las respuestas puede ser la posibilidad de existencia de la rebeldía. Para él, lo sagrado es indisoluble de la rebelión: para que el hombre entre o abandone lo sagrado debe interrogar y rebelar. Cuando Dios deja de ser protagonista en las grandes interrogantes, el rebelde revindica el orden humano y sus respuestas se convierten en humanas[2]. El rebelde, a diferencia del que invoca la Biblia o el poder de la historia para explicar el sufrimiento, no pretende resolverlo todo, sólo enfrenta el presente para entregarse “al tiempo de su vida, a la casa que defiende, a la dignidad de la vida”[3]. Por lo tanto, la inexistencia de lo sagrado en la historia actual no sólo es para Camus la razón de ser del revolucionario, si no el porqué de la rebeldía y de sus máximas de conducta.
“La historia actual, con sus negaciones, nos obliga a decir que la rebelión es una de las dimensiones esenciales del hombre. Es nuestra realidad histórica. A menos de que huyamos de la realidad estamos obligados a encontrar en ella nuestros valores, ¿Puede hallarse la regla de conducta lejos de lo sagrado y de sus valores absolutos? Tal es la pregunta de la rebelión”[4] .
Aunque el desarrollo anterior sea esclarecedor sobre el nacimiento del mito de la revolución como un sustrato religioso e histórico, éste no explica cómo el encantamiento ingenuo de la misma cegó a tantos ante las atrocidades perpetradas por los distintos regímenes comunistas: los Gulag, el genocidio camboyano, la revolución cultural en China… “¿cómo explicar su silencio ante la mentira y el crimen?” ¿Por qué los intelectuales esquivan su responsabilidad ante la denuncia del Mal?”[5] Esto es lo absurdo del tiempo de las ideologías que viven los dos autores: todo parece ajustarse a la métrica de la muerte; incluso la filosofía y la ciencia se han puesto al servicio del discurso ideológico para justificar el crimen lógico. Tanto para Camus como para Paz es el colmo, que Sartre, por ejemplo, envuelto en su toga de filósofo justifique el Mal desde la lógica de la historia; y que en nombre de la libertad encubra todos los crímenes de la revolución.[6]
La revolución no es sin duda una alternativa para Camus, porqué ésta siempre toma la forma del asesinato : sacrifica al hombre del hoy en nombre de la sociedad del porvenir que promete ser mejor. Por lo tanto si el movimiento revolucionario está por definición entrelazado con la destrucción, éste no puede ser la base de una unidad humana o de un nuevo orden. Hacer añicos del pasado para cambiar las bases del mundo y así liberar el hombre de sus dioses, reyes, y tribunos, es contradictorio en sí mismo: el revolucionario toma como estandarte de su movimiento el poder ilimitado de dar la muerte, convirtiéndose así en dios. En cambio el rebelde es el que rechaza la divinidad para compartir un destino común. Rechaza el credo totalitario, se levanta contra el opresor aboga por la vida, y así denuncia condiciones injustas, y se compromete; a diferencia del revolucionario, el rebelde de Camus revindica el orden y la mesura frente al caos. De modo que la revuelta trasciende la revolución sanguinaria porque defiende lo único permanente: el hombre.
Así Camus desafía el silencio y el crimen de los intelectuales ofreciendo una respuesta moral. En la revuelta histórica afirma que el aparente dilema que surge con la “imposibilidad de afirmar una razón superior que no encuentre su límite en el mal” no se encuentra entre el silencio o el asesinato; ni tampoco de un conflicto necesario entre la libertad y la justicia. Estas contradicciones sólo son aparentes si se habla en términos absolutos. De ahí que una máxima de acción podría ser para Camus la mesura. Y para Paz [7], el mayor acierto de esta respuesta no es sólo lo que implica para los males su tiempo, si no de haberla unido con la revuelta: “la mesura da forma a la revuelta, la informa y le da permanencia.” En la lectura que le da Paz al Pensamiento del Mediodía se adentra en las implicaciones de este binomio como una reconciliación de lo que desgarraba occidente con el terrorismo y el terror estatal: orden, libertad y revolución; y añade, que la mesura también consiste en aceptar la relatividad de los valores y actos políticos e históricos. Esto quiere decir que frente al cinismo, la regla moral impuesta por la mesura tiene que ser realista con relación a su tiempo y a su sociedad ser práctica y no caer en charlatanería.
La gran validez del argumento de Camus es la revisión que le hace Paz en Itinerario y en su discurso Revolución, Mito, y Poesía porque ambos textos son escritos por un hombre que ya ha madurado su posición política y ha sido congruente con ella por décadas: el primero fue escrito en 1977, el segundo en 1989. Tras años de haber leído por primera vez El hombre rebelde, decide volver a mostrar aquella regla de acción que tomó como suya a lo largo de su obra: el intelectual debe ser fiel a su papel de crítico frente al orden establecido y así comprometerse sin caer en grandes discursos. Porque esta tarea no murió con la era totalitaria, sino permanece latente frente al cinismo, la corrupción de la política, la descomposición de la sociedad, la destrucción del medio ambiente, la situación de los países de America Latina… Paz, el hijo de la Revolución, lo sabía muy bien.
[1] El hombre rebelde P.353
[2] El hombre rebelde P.37
[3] Ídem P.353
[4] Ídem P.38
[5] Ídem P.336
[6] Ídem P.336
[7] Sueño en Libertad, p.32

¿O sea que esta nueva sección de Nexos es para trabajos preparatorianos?
Daniela:
Le recomiendo que lea “Octavio Paz y su cìrculo intelectual”. Incluyo el sitio http://www.examiner.com/article/new-biography-on-nobel-octavio-paz. El libro se agota, se agota, se agota y se agota. Se encuentra en todas las liberìas en Mèxico…