Cuenta la historia que, durante un viaje, Werner Herzog fue contactado por un colaborador suyo. Lo que le pedía era inusual, extraño. Quería que Herzog se reuniera, aunque fuese por unos minutos, con un joven cineasta llamado Joshua Oppenheimer. Escéptico, y sin comprender la urgencia, Herzog aceptó. Al día siguiente, Oppenheimer le mostró fragmentos de la película que acababa de rodar en Indonesia.El impacto fue tal que, en el acto, Herzog accedió a ser productor ejecutivo de la película. Lo mismo sucedería después con Errol Morris.
¿Qué fue aquello que pudo causar tan profunda impresión en dos realizadores conocidos por su audacia?
La respuesta al misterio es The Act of Killing.

La película inicia con un paisaje onírico: mujeres cantando con una imponente cascada de fondo; no comprendemos nada más. Posteriormente, se nos informa sobre los acontecimientos en la Indonesia de 1965: un Golpe de Estado, grupos paramilitares, cientos de miles de muertos. No es un sueño en donde nos estamos adentrando: es una profunda pesadilla.
Pero The Act of Killing no es un documental histórico, no está compuesto por fragmentos de documentos o videos de la época; no es, pues, una lección de historia1 : es una película sobre historia. Sobre la historia desde la perspectiva de los vencedores —y donde vencer implica asesinar.
Oppenheimer llega a Indonesia a 50 años de las ejecuciones de cientos de miles de supuestos “comunistas” para contar la historia de algunos de los muchos verdugos anónimos que diezmaron la población en una purga que no dio cuartel. Cualquier persona, comunista o no, que se opusiera al régimen militar de Suharto podía ser ejecutada por grupos paramilitares; bastaba ser étnicamente chino, por ejemplo, para estar en la mira de los asesinos. Un grupo paramilitar auspiciado por el Estado, “Juventud Pancasila2 ”, tuvo una responsabilidad sobresaliente en las ejecuciones. La organización cuenta, según el documental, con tres millones de integrantes. Muchos de sus miembros ocupan, en la actualidad, puestos en secretarías de estado o son integrantes del parlamento indonesio.
Asimismo, los verdugos mejor conocidos —el caso del protagonista, Anwar Congo, quien mató aproximadamente a mil personas— no son considerados criminales, sino héroes que salvaron al país del comunismo. Como cualquier otra figura pública, los paramilitares aparecen en talk-shows; son reconocidos por haber inventado métodos “más eficientes” para matar “comunistas”; asisten a mítines electorales para apoyar a algún candidato…
Lo sorprendente es que, al ser cuestionados, no intentan negar sus acciones; al contrario: las presumen, orgullosos de que alguien se interese por sus proezas. La sociedad misma les ha concedido ese estado de celebridad, esa fama nacionalista, ese heroico cariz. Pero Oppenheimer no para ahí, no se limita sólo a entrevistarlos, sino que les propone un trato: recrear, con el estilo que ellos decidan, algunas de sus ejecuciones favoritas. Los paramilitares aceptan sin chistar.
Es a través de proceso, en el que el asesino se convierte en espectador, en donde más se revela sobre el acto de matar del título. Los verdugos, convertidos en directores de macabras puestas en escena, se interesan, en un principio, por el aspecto meramente estético de sus ejecuciones —“para masacres hay que vestir pantalones obscuros”, llega a decir Anwar Congo—. Enmarcan sus recreaciones en escenarios noir, se preocupan por el maquillaje; cuidan que los alaridos de mujeres y niños suenen convincentes.
Posteriormente, al ver desde una posición externa sus actos, llega la reflexión moral. Al ver la crueldad de sus montajes, al ver plasmado en una pantalla el sadismo de sus recuerdos, es cuando surge la pregunta “¿he pecado?”. Algunos de los asesinos encuentran más escalofriantes sus propias escenas que aquellas mostradas en la película de propaganda anticomunista del régimen de Suharto. Otros, en cambio, permanecen inalterados. Al ser cuestionado sobre si teme ser juzgado por crímenes de guerra, uno de los paramilitares responde: “Los crímenes de guerra son definidos por los ganadores —y yo soy un ganador”3.
El mérito principal de la película de Oppenheimer no es el de ofrecer respuestas, sino, al contrario, plantear preguntas. Preguntas sobre la construcción de una historia oficial —y sobre el papel del Estado en la misma; sobre, usando el término de Arendt, la banalidad del mal; sobre deshumanización y muerte. Preguntas sobre lo que una película como ésta dice de nosotros como espectadores.
No son preguntas agradables —es importante que alguien las formule.
1 Sobre el apoyo estadounidense al régimen de Suharto y su relación con la película, hay un largo, documentado e interesantísimo ensayo de Errol Morris en el que se pone en perspectiva el conflicto Indonesio con el resto de las acciones militares de Estados Unidos en el sureste asiático durante los sesenta.
Sobre la colaboración con Suharto posterior a las purgas de 1965, particularmente la invasión indonesia de Timor Oriental, ver The Trial of Henry Kissinger, de Cristopher Hitchens, o la adaptación fílmica que realizó Eugene Jarecki. El fragmento sobre Timor Oriental puede verse aquí.
2 Pemuda Pancasila.
3 Para más sobre esta “definición” de los crímenes de guerra por parte de los ganadores, ver The Fog of War: Eleven Lessons from the Life of Robert S. McNamara, también de Errol Morris. Particularmente, lo que McNamara dice sobre los bombardeos a Tokio durante la Segunda Guerra Mundial.
Escalofriantes preguntas.
Aquí una entrevista con el director del documental en un medio chileno, con un video sobre la película. http://www.elmostrador.cl/cultura/2013/12/03/cometieron-genocidio-y-hoy-se-jactan-en-premiado-documental-the-act-of-killing/