El señor acostumbra leer en las cantinas. Busca una mesa apartada, pone su libro en la mesa, solicita un vaso de cerveza, suspira y comienza a pasar las páginas. Sabe concentrarse y no mira de reojo como es costumbre en estas locaciones. A sus amigos judíos les molesta su rara costumbre ya que opinan que cada libro leído por completo en una cantina debe costarle una fortuna. Ellos prefieren reunirse en casa porque la casa significa mucho en la extensa cadena de sus valores. Y además ahorran. Mas el señor no se inmuta por las críticas de sus amigos y encuentra placer en sus hábitos de lectura. La esposa del señor tampoco comprende esa afición a leer en las cantinas y dice no comprender de qué manera logra su marido concentrarse en medio de tanto barullo y charlas inanes. Al igual que los amigos judíos del señor, ella también preferiría que su esposo leyera en casa para no estar con el pendiente. “En casa no puedo leer porque me siento demasiado encerrado. Yo me encuentro entre aquellos que no podrían leer dentro de una celda. Antes me moriría de tristeza”. Dice el señor sin ánimos de comparar su hogar con una celda, ni tampoco con la intención de ofender a su esposa. Ella le permite comprar libros y tenerlos en casa pese a que el espacio se angosta y apenas una semana atrás tuvieron que introducir un pequeño librero en el baño para liberar en lo posible el pasillo que une la recámara con el comedor. El señor es una persona extraña porque, contra lo que pudiera pensarse, goza de que lo interrumpan cuando más concentrado está en las páginas de su libro. “Me traen de nuevo a la realidad”, dice para sí cuando el mesero o un conocido lo interrumpe. Por ello recibe al intruso con una sonrisa amplia y fraternal, aunque evita por todos los medios invitarlo a sentarse a su mesa, le dice: “estoy trabajando”, en vez de “estoy leyendo”. No comprende, el señor, por qué las personas creen que cuando uno lee no está haciendo nada y esta recriminación la extiende incluso a su querida esposa. Ella, la esposa, no tiene reparos en pedirle que corte en pedazos el queso cuando lo ve leyendo una novela. “En la cantina nadie me pide que corte el pan ni el queso”, se queja él entre dientes y se promete que esa misma noche terminará de leer la obra en el bar que se encuentra a dos cuadras de su casa.
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