Ahora ya no veo televisión. Pero la vi durante muchos años y no puedo más que traer a cuenta la nostalgia cuando recuerdo en reuniones de amigos los programas que marcaron una parte de mi vida. Sigo usando activamente el televisor, pero veo películas y series que compro o rento; o un evento deportivo. De alguna forma logré liberarme de esa dictadura de horarios, de imposición de una programación elegida, supongo, con fines comerciales. Cuando era niño, sobre todo, me atenía a lo que en alguna junta, sobre todo de Televisa, se dictaba. “Pongan a los Thundercats, luego la repetición de Remi, enseguida algo de Los Picapiedra y terminen con una película de Disney”, esa fue mi educación sentimental durante años: el metódico ejercicio para vender juguetes e ilusiones. Y, debo confesarlo, fui un diario seguidor de esta doctrina popular que ahora, de adulto, no puedo sino recordar con alegría y sentimiento. Es duro decirlo: dejarme llevar por esa conducción, que abolía mi pensamiento y decisión, me hace recordar aquellos años como los más felices.
Quizá sólo tengo un ligero extrañamiento al intuir que aquellos domingos de “Permanencia voluntaria”, y caricaturas, videos y comerciales: la tríada del mal, han sido el sustento para una obsesión que practico de adulto: la cultura popular. Porque aunque leo, miro series de alta calidad (The Sopranos, The Wire y Six Feet Under, la trilogía sagrada) y soy más selectivo en mis gustos y en lo que quiero o no quiero ver, esa permanencia de películas palomeras y ese entusiasmo por el consumo en todas sus manifestaciones de la cultura popular me persiguen.
Estoy marcado, lo sé, por esa temporada en que no existía ni Internet ni televisión de paga. Ni siquiera control remoto. En aquellos años la elección no existía: había que “permanecer” para captar algo bueno. Pero el castigo de la rigidez de la programación (soportar el noticiero de Antena 5, u otra cosa, para ver lo que realmente quería ver) era momentáneo y se extinguía pronto: cuando la mágica cortinilla anunciaba que la promesa se cumpliría por fin. –Jaime Mesa