I
Hubieran sido contemporáneos. Es fácil imaginarlos juntos, sentados en algún club de caballeros londinense o en el salón de una respetada anfitriona vienesa. Uno fuma su pipa, el otro su habano-que-es-sólo-un-habano. Además del tabaco y la ciencia comparten la cocaína, alternando “sueños de drogas” con el estudio de “las infinitas oscuridades del corazón humano” (Conan Doyle, p. 399). Me gusta pensar que hubieran sido amigos.
En todo caso, hubieran sido colegas. Los dos hombres se ganaban la vida resolviendo inquietantes misterios, explicando lo inexplicable. Ambos lidiaban con casos: combinaciones de signos que dejaban perplejos a los más agudos de sus colegas y al público en general. ¿Un perro demoniaco aterroriza a la campiña inglesa? ¿Una joven con buena salud pierde la capacidad de hablar? No hay problema: cuando el héroe termine con su trabajo quedará claro que “en el fondo, no era nada” (p. 266). Que la gente los aclamara cada vez que encontraban la clave para descifrar un enigma en apariencia sobrenatural no debería sorprendernos. La victoria del intérprete significa que la gente de buenas conciencias puede dormir tranquila: incluso esto tiene una explicación.

Tanto Holmes como Freud, entonces, son famosos por sus habilidades analíticas, por su capacidad de extraer significados claros a partir de situaciones incomprensibles. Sin embargo, su punto en común más importante es que ambos hacen grandes esfuerzos para explicar y justificar sus métodos. Como un documento científico o un ejercicio de teoría literaria, los textos de Freud y de Conan Doyle comentan sobre sí mismos, revelando de manera gradual los procedimientos que se esconden detrás de la interpretación. El resultado se parece en cierto modo a los gestos de un mago que sólo revela sus secretos después de haber asombrado a la audiencia. Así, los comentarios del Dr. Watson pueden aplicarse de manera indistinta a la experiencia de leer a Conan Doyle o a Freud:
“Cuando lo escucho exponer su razonamiento”, dije, “el asunto entero me parece siempre tan ridículamente simple que hubiera podido entenderlo por mí mismo. Y sin embargo, cada paso me deja perplejo hasta que usted lo explica” (p. 241).
O, más adelante:
Además de la fascinante naturaleza de la investigación, había algo en el agudo e incisivo raciocino de mi amigo que convertía el estudio del rápido y sutil método con el que desenredaba los mas inextricables misterios en un verdadero placer. Tanto me acostumbré a sus éxitos que la posibilidad de que alguna vez fracasara había desaparecido de mi mente (p. 249).
Watson señala un punto importante: el hecho de que Freud y Holmes sean capaces de justificar sus métodos los hace no sólo famosos, sino también respetados. La certeza de sus interpretaciones les dota de una enorme autoridad y esta autoridad, a su vez, refuerza el poder de sus interpretaciones. Dado este movimiento circular, resulta natural que tanto Holmes como Freud se preocupen por sus reputaciones, y que reaccionen casi con violencia cada vez que alguien cuestiona sus resultados. No es coincidencia que el primer sueño que Freud analiza en La interpretación de los sueños gire en torno a la ira del analista contra una paciente que interrumpe el tratamiento. Por su parte, Holmes tiende a atacar a Watson cada vez que el apacible doctor se atreve a dudar de sus capacidades analíticas:
“Me tomé la libertad de dudar de su proposición”. “Eso hizo usted, Doctor, pero tarde o temprano terminará por estar de acuerdo conmigo. De lo contrario, continuaré apilando hecho sobre hecho hasta que su razón se quiebre bajo el peso de mi argumento, y no le quede otro remedio que admitir que tuve razón desde el principio” (p. 264).
Lo más prudente, entonces, sería no cuestionar a los maestros de la interpretación, evitando así “el ácido de [su] furia”.2 Tendré entonces que ser cuidadoso, porque cuestionarlos es precisamente lo que pretendo hacer. Tanto Holmes como Freud exhiben una actitud que sólo puedo describir como ansiedad autoritaria, y esta ansiedad, creo yo, es en sí misma un signo que merece ser interpretado. Mi hipótesis es que tanto Holmes como Freud sufren de esta ansiedad porque tienen claro que hay cosas que no les quedan claras. El analista y el detective saben que en el corazón de la solución de cualquier enigma se esconden incontables enigmas sin solución —y esto los inquieta.
Toda crítica es una actividad parasítica y autorreferencial, así que mi decisión de aplicar los métodos analíticos de Holmes y de Freud a sus propios textos no debería ofender a nadie. De manera tal vez injusta, he escogido dos casos en los que el punto ciego del intérprete es tan obvio que resulta casi vergonzoso. Los dos episodios —el sueño de la inyección de Irma, de Freud, y la Aventura de la banda moteada de Holmes— tienen muchos elementos en común. Ambos giran en torno a un hombre autoritario que le inyecta veneno a una mujer. Y, al menos a primera vista, ambos concluyen con la extracción de un significado reconfortante de entre los signos del desasosiego. Sin embargo, y esto es lo que espero demostrar, esta conclusión tranquilizadora sólo es posible si el intérprete excluye de su análisis las pistas más misteriosas y los enigmas más perturbadores.
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