Fraterno y nada extraño encuentro con Montaigne

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En El hombre nacido en Danzig, la más reciente novela de Guillermo Fadanelli, el narrador —ex basquetbolista, filósofo diletante y hombre abandonado por su mujer, Elisa Miller— repasa la vida y las ideas de Arthur Schopenhauer, charla en su cabeza con Otto Weininger, Michel de Montaigne y Séneca, con la intención de dotar de algún sentido la trama de su abandono. Presentamos un fragmento del libro que Almadía puso a circular recientemente.


En La náusea uno de los personajes, que no el mismo Sartre, sino Antoine Roquentin, dice que las tres de la tarde es una inmejorable oportunidad para suicidarse, una hora propicia o adecuada, decía, según recuerdo, aunque es posible que me equivoque. Las tres de la tarde es una hora que parte el día en dos mitades inalcanzables y lejanas. La mañana se ha marchado y la noche no asoma aún la cabeza. En cambio, a las once treinta de la mañana de aquel día yo me suicidé. El momento más adecuado para que la mirada, es decir el coño del alma, de Elisa Miller me conmoviera y me hiciera tropezar con su influjo y la seducción de sus escasas palabras: cuando se acerca el mediodía la felicidad nubla tus ojos y no ves más allá de un placer que es, en su sentido más exacto, olor a muerte que baila y suda. Podía oler la muerte al mediodía, no a las tres de la tarde como creía Roquentin, el viejo amigo Roquentin. No hay en la súbita atracción que me causó Elisa ningún misterio escabroso sobre el cual hacer precisiones y botar la pelota más tiempo de la cuenta: la joven espigada había llegado, puntual, mustia y desinteresada. Es aquí donde la hipótesis de que el tiempo marcha de futuro hacia el pasado toma un sentido profundo y magistral. Es al revés: el futuro es lo que ya fue y el pasado es lo que sucederá. El futuro ya lo vivimos. Arropado bajo este presentimiento afirmo entonces que un instante antes de comenzar la conversación entre aquellos dos estudiantes, Elisa y yo, se había dado el punto final de nuestra relación, la tumba, el funeral de las once treinta, allí, en ese espacio de tiempo en el que Elisa Miller dejaba de ser totalmente Elisa Miller y se convertía en un halo de muerto, en una exhalación demacrada que llegaba a su límite, y desaparecía.

Pues bien, este halo de muerto me ha obligado, en el presente, a contratar a un ser tan detestable y poca cosa como Riquelme para que ponga en su lugar los objetos sensibles que giran a mi alrededor. Ay, Riquelme, si tú no puedes ayudarme nadie lo hará. En el momento de mayor excitación y ofuscación de mis habilidades apareció Montaigne, no Schopenhauer que se había ya cansado de aparecer en este libelo, sino Michel de Montaigne envuelto en una capa frondosa y ahorcado por su cerrada gola, tal como lo esculpió Paul Landowski, y me dijo:

–Tu Elisa Miller me recuerda a mi María de Gournay. Espero que no te moleste la comparación: yo era un viejo de cincuenta y cinco años entonces y ella tenía veintitrés –éste sí que era un hombre amable y de mundo. No un loco como Weininger.

–Tu María tenía carácter temible, según me entero, y se le podría considerar ya desde entonces una feminista hecha y derecha –le dije a Montaigne, como antes a Weininger, y temí por un momento que nuestra conversación se alargara demasiado y cualquiera de los dos terminara lamentando viejos pasajes de su vida.

–María había sufrido mucho para abrirse camino y yo la ayudé a afinar su educación, pero a veces la rigidez de sus convicciones llegaba a molestarme. Sí que era terca. La amaba, a pesar de todo, a pesar de que yo sólo tomé partido cuando mi vida estuvo en peligro, bueno, sabes que la política me aburría, eso hace bostezar a cualquier persona de mundo. La locura criminal de los hugonotes y católicos me llevó a cultivar cierto odio hacia las “convicciones”, pero María era en verdad adorable.

–Elisa Miller, en cambio –le dije a Montaigne, ignorando sus comentarios sobre política–, completó mi educación, es decir se tomó su tiempo para destruirme.

–Creo que se conocieron ambos muy jóvenes y esos amores regularmente fracasan. A mí me aburría mi esposa, por eso mismo.

–¿Te fuiste a la cama con María de Gournay? ¿Te masturbabas pensando en ella? –A Montaigne se le podían hacer estas preguntas y no las tomaba a mal, ni las consideraba una ofensa al buen gusto.

–Mi mala memoria es como un saco pesado, pero supongo que lo intentamos, el ir a la cama, y no fue tal como se esperaba. Ella, en todo caso, prefería hacer la crítica de mis Ensayos. La literatura la excitaba, ¿puedes creerlo?

–¿Te gusta el basquetbol?

–¿Qué es eso? Yo he venido a ti con un propósito noble, decirte que Elisa no volverá y que todavía estás en edad de conocer a tu María de Gournay. ¡Qué afortunado eres! Lo mismo le he dicho a Jorge Edwards y a otros escritores mucho más jóvenes que él.

–Estimado Montaigne, yo no seré famoso como tú en ningún aspecto y casi ninguna mujer estaría dispuesta a ser mi discípula. No tengo nada que enseñarles más que mi cobardía. Soy socio en cierto negocio que me deja una renta miserable, ¿sabes?, un negocio miserable, no escribo libros, no poseo una torre en donde refugiarme a descansar y pensar; y además leo a Schopenhauer.

–La autocompasión, sí, yo la viví también y la reconozco en tus palabras. En cuanto a los alemanes y sus filosofías, aunque no florecieron en mi tiempo, por fortuna, las considero una barbaridad. Esos hombres han hecho sufrir al mundo con sus ideas y su supuesta genialidad.

–Honestamente, no me avergüenza la autocompasión. He vivido de más –dije, ignorando su comentario acerca de los alemanes. ¿Cómo podría hablar yo con Montaigne de los alemanes? Ya lo he dicho, tengo un negocio y he contratado un detective para aclarar algunos misterios. Y ya. ¿Qué sé yo de los alemanes?

–Llegará tu María de Gournay, ten paciencia –nuestras ralas calvicies habían simpatizado, la de Montaigne y la mía.

–No lo hará, no existe…

 

Guillermo Fadanelli

Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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Publicado en: Ciudad de libros