A propósito de la reciente publicación del libro de Guillermo Fadanelli, Insolencia, en Nexos le hicimos una entrevista al autor con le interés de saber cómo se concibe y qué pretende este nuevo proyecto.

Nexos.- Lo primero que nos llamó la atención de Insolencia, es que se trata de un libro muy político, y que parecería ser en esta tónica, que reflexiona acerca de los temas de literatura y moralidad. De esta combinación surgen las interrogantes sobre la esencia de la moralidad de los vendedores, y de esta locura civil de la cual todos somos susceptibles.

Guillermo Fadanelli.- Yo creo que un ensayo que tenga sentido, no debe tener una dirección. Y la divagación que

resulta de la elaboración de un ensayo, es al tiempo un acto de auto reconocimiento y de conocimiento del mundo. En Insolencia hay diversas preocupaciones que saltan a la vista, y entre ellas, está la relación entre literatura y ética. Yo no diría que mis preocupaciones son políticas, sino que más bien plantean la relación que existe entre lo que es real y el alcance de nuestra imaginación. En el ensayo me pregunto hasta qué punto la literatura tiene una responsabilidad en la vida civil, y si es posible obtener conocimiento moral o ético a través de la lectura de ficciones.

N: Y de ser posible eso, ¿cuáles son los beneficios?

G.F.- Es cierto que la literatura no te dice nunca qué es la justicia, sin embargo, te da noticias de que vivimos en un mundo de moral inacabada. A mi parecer, la sola lectura lleva a la crítica y a la reflexión, y en consecuencia, a la rebeldía. El buen lector es alguien que por principio duda, y que es capaz de imaginar el mundo de las más diversas maneras. La lectura es en sí misma un acto crítico, de reflexión sobre uno y sobre el mundo, no sólo es un acto de entretenimiento. La literatura que tiene como fin contarnos una historia, que tiene cierta finalidad, si está bien escrita y ha aceptado su responsabilidad ante el lenguaje lleva al lector a una especie de evolución crítica. Incluso la literatura de ficción nos convierte en seres críticos porque nos propone mundos a partir de la imaginación.

El tema es lo de menos, creo que la literatura es importante porque nos muestra que el lenguaje es inacabado, misterioso, complejo e indomable. De hecho, Insolencia comienza diciendo que siempre estamos en medio de una historia, no somos comienzo ni fin de nada. Heredamos el lenguaje y lo mal administramos. De este modo, nos pertenece y no; y cuando la literatura te enfrenta a mundos desconocidos y te hace ver que eres uno más en un mundo que conoces a medias creo que nos propone una especie de ética. Esta propuesta ética por parte de la literatura es la que busco esclarecer en Insolencia. Siempre he procurado ir a la contra casi como un método para producir la crítica y este ensayo es eso, es producto de una preocupación que siempre he tenido.

N.- A lo largo de tu ensayo hablas de respetar el lenguaje y planteas esa dimensión compleja, pero a la vez ética, que implica su uso y abuso como herramienta para confrontar. En el libro haces referencia a la tradición que denominas “de Rabelais a Beckett” y que implica la confianza en la complejidad del lenguaje para salvarnos. Sin embargo, está también la tradición que busca respetar el lenguaje y que propone Orwell en su ensayo “La política y el idioma inglés”. Orwell plantea no abusar de los símiles ya manoseados, y considera que hay que hacer el lenguaje algo menos engolado y sin trampas retóricas. ¿En tu libro das preferencia a alguna de estas dos tradiciones?

G.F.- Justamente creo que es la tensión entre ambas versiones lo que da vida a Insolencia. Por una parte, respetar al lenguaje significa desde mi punto de vista, asumir su inmensidad y su ser indomable. Para mi, este es el respeto máximo que se puede tener por el lenguaje al no asumirlo como herramienta, o como medio transparente, sino como un bosque, una nebulosa, un universo o un horizonte. Para hablar de cuestiones éticas es necesario poner al lenguaje de tu parte y construir una buena retórica sobre la convivencia pública y sobre el bien civil. ¿De dónde viene ésta? En primer lugar de la honestidad y las buenas intenciones. Sin embargo, ambas caras están en mi libro. Yo un día me despierto y me avergüenzo por ser un humanista y preocuparme por los demás pues a veces creo, como Joseph de Maistre, que el hombre se devorará a lo largo del tiempo, eternamente, y que ningún esfuerzo vale la pena. A veces me levanto con semblante Kafkiano y a veces me levanto como un hombre más sensato y más reflexivo que cree que a partir de su experiencia con el lenguaje es capaz, no de proponer respuestas a problemas cotidianos o cívicos, sino de hacer buenas preguntas. Yo creo que la responsabilidad de un escritor que es ciudadano al mismo tiempo, es la de edificar estas buenas preguntas. Y efectivamente, no preguntas retóricas, sino sencillas y en un buen castellano, que busquen al menos tocar las raíces del problema.

Como verás hay una dicotomía que probablemente me llevará a la esquizofrenia, pero ya la estoy esperando.

 

 

Un comentario en “Entrevista a Guillermo Fadanelli: La edificación de las buenas preguntas.

  1. También el bello gesto puede ser bueno y útil, pero cuando se hace con valentía y dignidad, cuando la insolencia se lanza en pleno rostro del enemigo y se aceptan todas las responsabilidades. Entonces la palabra resulta un acto, se convierte en propaganda por el hecho. Más de uno hemos visto que pasa por tímido entre los anarquistas y que, presentada la ocasión, fue un héroe ante un tribunal o frente a las bayonetas, y en cambio hemos visto a muchos terribles vozarrones que se aquietaron al asomar el peligro, o, peor aún, hicieron papeles ridículos, como algunos de los más violentos redactores del Sempre Avanti, de Liorna, y del Ordine, de Turin, que en los años 1893-1894 escribían con una bomba de dinamita en la mesa de redacción, pero que, llevados la tribunal renegaron de la anarquía, sacaron al párroco por testigo de lo bondadosos que eran, después de habler comulgado devotamente, o se llamaron anarquistas evolucionistas spencerianos y otras cosas peores. Y menos mal cuando la violencia del lenguaje tenía la belleza artística o contenía un concepto sustancialmente justo, pero en la inmensa mayoría de los casos, las cosas dichas más violentamente lo son con un vocabulario que causa risa o pena.