
Tendría unos ocho años la primera vez que vi un animal disecado. Me encontraba en la casa de una amiga de mi mamá cuando vi unos tigrillos de distintos tamaños, dispuestos sobre unas repisas en la pared. Creo que también había una cabeza de jaguar pero no puedo recordarlo con claridad. De lo que sí me acuerdo es de la impresión que me causaron, porque de lejos, parecían animales vivos, dispuestos a atacar, congelados con las fauces abiertas; de cerca, se podía apreciar la vitalidad peligrosa de los colmillos, la furia, la tersura de la piel llena de manchas negras, la cola erizada.
No sé por qué íbamos a esa casa exótica, creo que mi mamá compraba ropa que le mandaban a su amiga de otros países. Lo cierto es que mientras ellas platicaban durante horas, yo tenía que entretenerme con lo que tuviera al alcance. Así que me acercaba con cautela a los tigrillos, para que no me vieran.
Atrapar lo que se fue, poner en salmuera lo que ya no existe, embalsamar fantasmas, son algunas de las exploraciones que emprende Lugar de taxidermia, de Irma Torregosa (Esdrújula, 2024). Me gusta imaginar los poemas de este libro como frascos de conserva en donde las palabras se sumergen en el tiempo, se curan, se añejan, hasta alcanzar ese punto en el que es posible documentar la extrañeza que produce mirar con asombro las cosas, su descomposición permanente, sus procesos orgánicos; nos recuerdan que estamos inmersos en la vida natural, y que aunque hemos construido todo un andamiaje simbólico alrededor nuestro, en realidad siempre estamos a la intemperie.
En el anverso del lenguaje late el miedo.
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En la primera parte del libro, titulada "La muerte también es una casa", la voz que nos habla en los poemas pareciera asumirse como un animal en ascuas, en permanente estado de supervivencia. Por ejemplo el poema "Byrsonima crassifolia" (nombre científico que recibe el árbol que produce el fruto de nance) encierra la idea de que la vida provee pero no siempre: "mi abuela tiene otros motivos/ mientras prepara la conserva", hay que prever los tiempos de escasez, desconfiar del mundo; la idea ha de transmitirse en familia, de abuela a madre, de madre a hija, de abuela a nieta. Se sobrevive en manada, se sobrevive a través de los cuidados:
Aunque siempre te digan
que la primavera y el verano traen consigo la abundancia,
no se puede estar segura, hija.No sabemos
si el árbol será generoso
alguna otra vez.
Tampoco sabemos si la manada estará completa al día siguiente. En el poema "Tamandua mexicana" un cachorro de oso hormiguero busca refugio en el cuerpo de su madre, que lleva ya varios días muerta. La cría "No sabe la muerte, pero la intuye/ en la rigidez, la temperatura, los ojos abiertos". A pesar de ello, la vida sólo ha desaparecido bajo cierto aspecto: un cuerpo en descomposición es un hervidero de seres minúsculos que proliferan; la materia se transforma pero no cambia la orfandad del cachorro. Ante el desamparo en el que se encuentra, arrojado de golpe a la brutalidad del mundo, sólo le queda refugiarse en el cadáver putrefacto de su madre, como si este fuera una cobija. Hacerse una casa con la muerte es una precisa definición de lo que significa el duelo.
"La primera vez que vi morir tenía cinco años", dice el primer verso de otro poema del libro, en el que una niña corre a preguntarle a su padre qué le está ocurriendo al patito que agoniza entre sus manos. A diferencia de La hojarasca, donde García Márquez escribe "por primera vez he visto un cadáver", aquí lo que se enuncia es la acción, en infinitivo; en el vi morir, nada acaba y nada empieza, es la muerte sucediendo ante alguien que intenta comprender.
Si bien Epicuro hablaba sobre la imposibilidad de experimentar o sentir la muerte ("…si somos, la muerte no es; si la muerte es, no somos"), la literatura ha intentado representar el momento exacto en el que se atraviesa esa "frontera increíble" que dijera José Revueltas. Cuentos como "El hombre muerto", de Quiroga, o "La verdad sobre el caso del señor Valdemar", de Poe, riman con este poema de Irma Torregrosa.
El pato echaba aire por el pico
Y algo latía en su garganta.Pensé que iba a escupir su corazón.
Muchas imágenes mortuorias recorren Lugar de taxidermia: el cadáver de un ave reposa sobre las rejillas de una coladera mientras la gente camina, indiferente; una lechuza enuncia sus "cantos de la muerte" mientras una mujer duerme en un hospital; una muchacha se mantiene insomne por el miedo "de no encontrar el camino de vuelta". Dice Epicuro que es vano temerle a la muerte porque cuando uno está muerto no se siente el dolor que sí es real al esperarla. El problema es que somos animales que esperan. Reaccionamos ante la amenaza, sobrevivimos.
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La segunda sección del libro, "Museo de Historia Natural", es una colección de ensayos breves y poemas en prosa que adopta las formas del lenguaje científico; aprovecha la aspiración de este lenguaje de revestir de objetividad las cosas para trastocarlo y convertirlo en algo que sí nos atraviesa. A la manera de Isabel Zapata en Una ballena es un país, Torregrosa poetiza el modelo de descripciones enciclopedistas y "documenta" nuestra evolución como especie, nuestra necesidad de conservar(nos). ¿Cómo se sobrevive en un mundo que es hostil y violento? ¿De dónde obtenemos alimento, energía si no es a través de otro ser vivo? ¿Qué clase de ciclo natural es este donde la baba, la sangre, el veneno, las espinas, los desgarros de la piel, los tendones rotos, los gritos, las vísceras, los gruñidos, los colmillos ponen en equilibrio a la "sabia naturaleza"?
Dice "De la depredación":
Aunque el ser humano quiera caracterizarse como racional, nunca desaprende el instinto del todo. Ya lo dijo Valeria Tentoni: el corazón es un animal que se alimenta de otro animal. Aunque se crea lo contrario, lo primitivo nos surge en los resquicios del cuerpo, como el sudor.
El mundo griego clásico primero, y el cristianismo después, despreciaron el cuerpo e inventaron el alma. A lo largo de muchos siglos, Occidente se ha jactado de su espiritualidad, de su razón, de la "dignidad del hombre", de su superioridad y diferencia respecto del resto de la naturaleza, como si fuésemos algo radicalmente distinto a ella, como si fuésemos criaturas desterradas de un mundo estelar, ángeles caídos, almas aprisionadas temporalmente en una cárcel orgánica, hijos de dioses, o en casos más mundanos, excepcionales seres súper evolucionados. En cambio, los poemas de Lugar de taxidermia vienen a recordarnos que sólo somos animales asustados que aprendieron a habitar sus propias ficciones; que nos construimos una segunda naturaleza para tratar de olvidar la primera; que nuestro deseo de permanecer nos ha llevado a querer desmarcarnos de un mundo signado por la finitud de la materia.
¿Qué es lo que permanece en los cuerpos una vez que se ha escapado la vida? ¿Qué se busca retener? Al principio de la taxidermia, que funge como metáfora y articulación de todo el libro, se unen otras formas de conservación como la fotografía post mortem, las cápsulas de tiempo o la acumulación compulsiva de objetos:
tomamos fotografías, hacemos mermelada o deshidratamos fruta casi podrida, congelamos la carne en el refrigerador.
Después de todo, la conservación es el miedo a la pérdida, como si de verdad sirviera para algo.
En el anverso del lenguaje late el silencio.
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"En la hermosura, corazón, en la hermosura está la muerte ardiendo", escribe Manuel Iris en Los disfraces del fuego, y su versículo hace rima con los poemas de la última sección del libro de Torregrosa, donde la mayoría de los textos están titulados como piezas museográficas. En "Obj. 5", una mujer mira a un hombre dormido mientras amanece. "Las manchas que el sol dibuja sobre tu espalda". El hombre es comparado con un felino en reposo: "en tu espalda florece un ecosistema de sombras". De pronto, la mirada de la mujer se vuelca sobre sí misma quizás a causa de la misma belleza que contempla. El poema termina con una advertencia:
Te miro ser devorado por el tiempo
mientras duermes
"Llena de muerte toda la belleza", podría rematar Iris como si su verso fuera parte del mismo texto. La colección de "objetos" con la que cierra Lugar de taxidermia se enfoca en las relaciones amorosas. ¿Puede amar un depredador? ¿Pueden ser devorados los afectos? ¿Qué se hace ante el animal-racional que decide irse para no volver más?
Los seres humanos tienen la capacidad de crear. Aprenden, utilizan estructuras complejas de lenguaje, inventan escrituras. Los seres humanos son animales sociales, pero no sostienen la mirada cuando se van. Prefieren las explicaciones. Se mantienen fieles a sí mismos y matan siempre lo que aman. Abandonan.
Recuerdo que, mientras mi mamá platicaba con la dueña de la casa exótica, yo me aproximaba con miedo y curiosidad a los tigrillos que se mostraban feroces, animales al acecho que habían sido disecados con toda la tensión muscular previa al ataque. Yo era la presa que se movía entre la ropa colgada y las cajas que de pronto ya eran árboles. Me acercaba con mucha prudencia, sudaba en la humedad de la selva. El sonido caudaloso de un río cercano se mezclaba con el ruido de los pájaros. Y de pronto, los pies en el lodo: de un brinco yo ya estaba enfrente de los tigrillos siendo ya no presa sino cazador. Ahí se rompía la ficción. Cuando yo veía de frente a los tigrillos toda la simulación de vida en cada uno de sus miembros desaparecía ante el brillo de las canicas colocadas donde debían estar los ojos furiosos. Toda taxidermia es un fracaso, todo recuerdo —toda forma de conservación— es el simulacro de una vida que ya no es. Y sin embargo, a ese fracaso aspiran los poemas de Irma Torregrosa. Porque al final es a través de las palabras que traemos de vuelta las ausencias, y sólo a través de ellas podemos hacer hablar al silencio que hay en la naturaleza. Nos permiten disecar el tiempo por un momento para observarlo antes de que se nos escape entre los dedos.
Cuando mi mamá me llamaba para irnos, yo tomaba las canicas que antes había hecho rodar por el suelo y las volvía a colocar en las cuencas vacías. No fuera a ser que por mi culpa los tigrillos se quedaran ciegos.
José Castillo Baeza
Es profesor de literatura en la Universidad Modelo. Es autor de la novela Garabato (SEDECULTA, 2014) y de El secreto del hombre-lobo. Antología de textos sobre lectura, literatura y educación (Cátedra Pedagógica, 2021).