Linfa de María Gómez de León

“Soy una tilde, el mundo que depende”, dice un verso de Linfa  (ganador del 17 Premio de Internacional de Poesía ‘Gilberto Owen Estrada’) de María Gómez de León. A partir de algunas preguntas sobre la herida común que, de manera inevitable, intentamos curar o cicatrizar, Gómez de León me compartió lo que Rilke –esencial para la escritura de su poemario– dice en El Libro de Horas sobre la Nada como herida que el Ser intenta curar todo el tiempo:

para que en el espacio pudiera completarse, 
colocaste la voz por delante de ti; 
para ti era la Nada como herida, 
y así la refrescaste con el mundo. 

Entre nosotros, ahora, suavemente se cura. 

¿La escritura surge para cubrir esa falta o para sanar algo? Con Linfa, Gómez de León se cuestiona si la escritura es un fenómeno cíclico que nos atraviesa. “Madre, no puedo desenredar mi vida. Es: nudo de pájaros, collar con una estrella de pendiente”, escribe a modo de respuesta. ¿Dónde se entrelaza el ciclo menstrual (u otro ciclo biológico) con la escritura como fenómeno que nos pasa? Para la autora, escribir es un fenómeno artificial que se gesta a partir de un fenómeno natural: la lectura. Pero, aclara, toda escritura es lectura y viceversa: siempre estamos en medio de algo por hacer, de algo que nos excede o que existe per se o a pesar de nosotros. Me atrevo a decir que la escritura es algo que pasa a través de nosotros y que, como bien lo explica la autora, “no es una herramienta. Es algo que buscamos transformar y nos transforma”. Por ello, somos nosotros, es el cuerpo, el verdadero verdugo de la escritura. Después de leer el primer poemario de Gómez de León me convencí, aún más, de esto último. La escritura como un artificio revelador que nos coloca entre lo divino y oscuro:

Imposible escribir.
Porque el día siempre en mi hoja
este doble rectángulo de espuma,
cauteriza las puntadas en el lomo,
enderezando las vértebras, renglones,
costillas cerrándose que abrazan mi bloqueo.
(…)
soy nada más
lo fresco de esa página, una virginidad
cubierta de algodones negros,
yo soy su rápido, su espina,
y es sólo un instante
cuando veo la nube y su vientre,
envés lampiño de pezón nocturno.

La autora cuenta que los primeros poemas del libro surgieron de un ejercicio: escribir un poema al día. A las nueve de la mañana exactamente. Esta acción coincidía con la hora en que tomaba la pastilla anticonceptiva. Este método hace que el embarazo no suceda porque, de forma artificial, fantasmal o imaginaria, hay algo gestándose que impide que eso otro se haga: algo no pasa porque ya pasó o está pasando (¿en otro lugar, en otro momento?). Para que nazca el poema uno debe colocarse “en una especie de tierra de nadie, entre lo negativo y positivo, entre el alma y el cuerpo, entre el silencio y la palabra”, dice Anne Carson en su ensayo “Writing on the World”. En esa tierra de nadie, ¿qué hay? Una herida. La herida que vuelve al cuerpo visible, gracias a ella se escribe. “Sólo se puede escribir con ese cuerpo”, sentencia. “Sólo por la opacidad de la nube, por ese vacío que deja en la luz”, llega el poema. Es por esa tierra de nadie, la opacidad y la luz, que existimos. Nosotros, el poema, la escritura. La escritura es entonces una acción, repetitiva y necia, necesaria y reveladora, un intento por volver al origen. “La escritura es una desnudez interna que no podemos vestir ni cubrir”, menciona. Se escribe para intentar curar a la página de la Nada, para luchar de la mano o contra lo que no es visible, pero el cuerpo siente:

Día once,
En tinta roja

Supongo que Dios existe: la gramática.
Yo soy la materia y la mala ortografía.
Dios me corrige,
con acentos me levanta.
Yo era un fruto oral rodando por el piso.
Pero la palabra tenía
ánimo de hueso,
luz en la sangre.
Soy una tilde, el mundo
que depende.

La menarca como revelación y la escritura como síntoma del intento por curar un cuerpo lleno de sombra: “Quiero ver a Dios, pero sólo veo sus síntomas”, escribe. Se dice que nos pasamos la vida escribiendo el mismo poema y es por eso que escribir se convierte en un fenómeno cíclico que va y viene. Siempre sangramos, pero nunca ante las mismas preguntas: “Los árboles ingresan al invierno como si entraran a otro país que ya no emite pasaportes”.

El dolor y la escritura conviven siempre, y en Linfa con cada verso el yo lírico sangra un poco. La autora dice que la pérdida se asocia con la inacción; no obstante, con este poemario, el extravío se convierte en hambre, en vida:

Al primer bocado después del funeral
nos pude ver: estábamos vivos: desnudos.

Y aunque el dolor siempre nos ronda, escribimos para mirarlo de frente, para atravesar la herida. “Escribir el dolor para proyectarlo”, dice Chantal Maillard en su poema “Escribir”. Gestar con el dolor: crear. El cuerpo como sombra que se proyecta para poder escribirse e intentar curarse, aunque, casi siempre, sea imposible. Tal vez la única y verdadera cura sea la presencia. Poder existir. La existencia como señal de una vuelta que no sea tan solitaria y dolorosa. “Quizá la escritura es ese camino brillante de linfa, un rastro que dejamos para poder volver después al pasado, incluso si ese regreso es una imposibilidad”, escribe María Gómez de León. Porque si algo nos atraviesa a todos es la herida. Tomar la feroz decisión de escribir (porque escribir es una decisión y de pronto ya no hay vuelta atrás) sabiéndolo ciclo infinito, pues para que haya vida se necesita la opacidad, para que exista el poema, para no estar vencidos del todo. Linfa es el intento de curar esa desnudez interna con música y palabras:

Voy de regreso.
nuestra herida es enorme y transparente,
es la totalidad
de nuestro cuerpo
y sangrarían

quizá las nochebuenas
a través de su bráctea,
su blanquecino mírame
y no me toques:
flor negra en la niñez
ortocromática.

 

Lorenza García Hegewisch
Poeta. Tiene estudios en Literatura Latinoamericana y Comunicación por la Universidad Iberoamericana.

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Publicado en: Ciudad de libros